Elogio y vindicación del profesor
Luisa Juanatey
Queridos
lectores, el libro titulado Qué pasó con
la enseñanza. Elogio y vindicación del profesor ya se puede pedir a la librería
on line de la propia editorial: http://www.libreriacirculorojo.com/.
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Alicante: Compás (Universidad de Alicante –
Campus de S. Vicente del Raspeig)
80 MUNDOS
(Gral. Marvá, 14)
San Vicente (Alicante):
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(Villafranqueza, 16)
Madrid: Paradox (Sta. Teresa, 2)
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17)
Rafael Alberti (Tutor, 57)
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Valle Suchil, 8)
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Marín (Puerta Nueva, 8)
Santiago de Compostela: Follas
novas (Montero Ríos, 37)
Valencia: Tirant Lo Blanch
(Artes Gráficas, 14)
Viridiana (Artes Gráficas, 38)
Valladolid: Maxtor (Fray Luis
de León, 20)
Margen
(Enrique IV, 2)
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modalidad de impresión bajo demanda en: http://librosbajodemanda.elcorteingles.es.
Y como e-book en www.casadellibro.com/ebooks
Periódicamente se irá actualizando
aquí la lista de librerías de diferentes ciudades donde se podrá encontrar.
Gracias a todos y, en fin, creo
que ya conocéis mi eslogan promocional:
Amabilísimos
lectores, CRECED Y MULTIPLICAOS
Enero de 2012
ÍNDICE
II. ANTES DEL ADVENIMIENTO DE LA LEY
3. Generación espontánea
4. Sin clases
5. Anarquía y
libertad
III. DE EXPERTOS Y PROFESORES
1. Una conversación con don Gonzalo
2. Carácter de profesor
3. Expertos
IV. AÑOS DE PLOMO
1. Logsistas y antilogsistas
2. Palabras divinas y obras demasiado humanas
3. Lloviendo piedras y sin paraguas
4. De paraguas y sombrajos
5. Caminito de Damasco
6. Con la Logse por montera
V. DEPARTAMENTO DE DIAGNÓSTICO
1. Clínico
2. Dialogado (entre besugos)
3. Enrollao
4. Curioso e impertinente
5. Clásico
6. Estrictamente privado
7. De vértigo
8. De película
9. De madre megamaterna
10. De experto
11. De fábula
12. Tecnológico
13. Impersonal
14. De cajón de madera de tabla
15. Global
VI. AUTORIDADES EN PLURAL
1. Los inspectores
2. ¡Ah, esos!
3. La ciencia psicopedagógica. Sección del interior
4. La ciencia psicopedagógica. Sección del exterior
5. Gaseosa
VII. CARTAS EN EL ASUNTO
1. Cartas a la prensa
2. Batallitas ejemplares
3. Despedidos
VIII. BURBUJAS
1. Burbujas
2. Trastada
IX. BIENVENIDA
1. Hola, chicos
2. Decálogo
X. ELOGIO DEL PROFESOR
1. Defensa de la subjetividad
2. Collioure
3. Elogio del profesor
EPÍLOGO BASTANTE PERSONAL
Muchos años después, frente al pelotón de irresponsables infantiloides, el profesor que ya nunca esperaba un buen día había de recordar aquel tiempo remoto cuando al entrar a una clase de adolescentes era posible decir la primera gansada que le dictara el buen humor, dar un par de voces algo más destempladas para cuadrar a quien tuviera el día díscolo, esperar unos minutos a que libros y cuadernos acabaran de llegar a las mesas y, hecho esto, ponerse al trabajo durante un buen rato. Ya le interrumpirían cuando el rato pasara de bueno, no había cuidado.
- ¿Cómo están ustedeeees?
- ¡Bieeeen!
- Me alegro. Pues buenos días. Venga, seguimos con los romances. Hoy vamos a empezar leyendo el de Mudarra, que va de venganza. Os va a gustar, ya veréis. Es de esos que se pueden dibujar en viñetas como un tebeo, porque todo se ve o se oye. Tomás, no te dispares que aún estamos empezando la clase. Y tú, deja en paz a Ana. Página treinta y cinco, donde ayer. Ya sabéis que en la Edad Media casi nadie sabía leer y escribir, por eso hay tantos textos “audiovisuales”. Aquí las palabras solamente describen, o narran, o reproducen un diálogo… Tomaaaás, con esta van dos, no te lo digo la tercera. Treinta y cinco, he dicho página treinta y cinco. ¿A qué estás esperando, Bea? El de Mudarra, la treinta y ciiiinco…¿Estáis sorditos o qué? ¡TREIN-TAY- CIN-CO!
- ¡Jo, profe, cómo se pasa…!
- Pues Mudarra era un adolescente, como vosotros. Comparado con su enemigo –que es este don Rodrigo que va a cazar, el del primer verso- era prácticamente un niño. ¿Laura, nos lees hasta el verso 6?… Atención: ¿Cómo lo llama el narrador? ¿Lo veis?: Mudarrillo… Jovencito jovencito. Y tenía siete hermanos. Siete hermanos nos suena ¿no? Y él era el más pequeño, el que hacía ocho, peeero… solo era medio hermano… porque su padre lo había tenido más tarde, estando cautivo…
-¿Qué es ‘cautivo’?
-¿Quién sabe lo que significa ‘cau…? ¡Tomás! ¿A que ahora mismo te planto un cero?
Los ceros, aquellos utilísimos artículos de lujo, lejanos de ser la nada, como su propio nombre indica. Precisamente su solo nombre indicaba mucho, y lo hacía un instrumento bien útil en la vida del profesor. Indicaba “Bueno, ahora dejo de dar la lata un poco porque, si no, me complico la vida; se está cabreando en serio.” De pie frente al pelotón, el profesor añoraba el poder persuasivo del cero, o aquel mucho más terminante de “¿A que te echo de clase?” al que realmente recurría de uvas a peras… añoraba cualquier procedimiento expedito con que reducir la clase a eso: a los términos de una clase compuesta de adolescentes. Añoraba aquel tiempo cuando un grupo de alumnos de catorce años sabía distinguir entre ser –o estar- revoltoso y comportarse como un idiota. Manolito Gafotas y su pandilla, que tienen solo ocho años, distinguen perfectamente el momento en que la paciencia de la sita ha llegado al punto de caramelo: “somos pesados, pero no tontos”, sentencia Manolito dando una muestra de sabiduría que efectivamente parece estar al alcance de un niño de ocho años. Pero que hoy día, en la enseñanza pública, queda fuera del alcance de los grupos de quinceañeros… Manolito y sus colegas son seres de ficción… Los alumnos reales, hoy día, son de otro modo.
El profesor, que en este caso es profesora, echaba de menos poder ser momentáneamente autoritario, en beneficio de todos los presentes. Pero para el concepto de autoridad ya no había cabida en una clase donde los estudiantes no tenían noción de él: no que lo rechazaran deliberadamente, sino que, desconociéndolo por completo, malamente podían interpretarlo. Así que al profesor únicamente le cabía tratar de no perder la dignidad, y echar de menos sus antiguos instrumentos de trabajo. Ver cómo podía arreglárselas sin el cero (¡un cero, qué risa, ya tengo siete!), sin el temible “¿A que te echo de clase?”, sin que al menos cada estudiante tuviera delante su propio libro, y un cuaderno donde trazar una viñeta de don Rodrigo durmiendo la siesta debajo de un árbol con Mudarrillo asomando… don Rodrigo –no sabes la que te espera- que se delata, y entonces Mudarrillo conque sí, conque eres Rodrigo de Lara, pues vas a ver quién soy yo: “¡Aquí morirás, traidor…!”. Fin de la historieta.
Arreglárselas con su propia soledad, con la soledad de sus pensamientos. ¿Y cuáles son los pensamientos del profesor? Pues, por ejemplo, el profesor medita con tristeza en que si el pelotón que tiene delante se comporta como se comporta no es porque todo él en bloque haya nacido tonto perdido, ni porque mancomunada y aviesamente haya decidido en algún momento amargarle a él la vida.
El profesor siente que ante él no tiene aquellos adolescentes que él tan bien conocía y conoce, esos que a veces actúan como niños y otras veces casi como adultos, personitas en ese estado intermedio y fluctuante en que aún eluden la responsabilidad siempre que pueden pero que, si no pueden eludirla, saben reconocerlo, y la aceptan. Esos que añoran la existencia de los Reyes Magos y quisieran prolongar la infancia engañada y tranquila que aún tienen tan reciente, pero que a la vez sienten gran curiosidad por lo que pasa en el mundo de los mayores, y la necesidad imperiosa de acceder a él cuanto antes. Los adolescentes. Esos extraterrestres. Que quieren que les sigan llevando de la manita y al mismo tiempo pugnan por soltarse de ella en busca de una autonomía a veces razonable, temeraria las más de las veces…
El pelotón que ahora contempla –medita el profesor– se compone mayoritariamente de criaturas aniñadas e inconscientemente arrogantes, avisadísimas en ciertos aspectos de la vida pero absolutamente inmaduras para dejarse enseñar lo que les correspondería estar aprendiendo a los catorce años; exigiendo sin fin que les adulen, que les mimen, que les consientan: jamás que les enseñen. Y sobre todo –fundamental para lo que nos ocupa aquí– casi completamente in albis respecto a los conocimientos previos que para ello serían necesarios. Ni el profesor puede trabajar como debería, ni el pelotón puede beneficiarse de la gran ayuda que hace tiempo él estaba seguro de poder prestarle.
El profesor medita en estas cosas.
En momentos de desconcierto y tribulación ha pensado mal del pelotón que tiene delante, de otros pelotones análogos; pero acabó por avergonzarse. Que parecen idiotas sigue pensándolo muchas veces, para desconsuelo suyo (le consuela, y al mismo tiempo le desespera aún más, saber que una pequeña parte del propio pelotón comparte su dictamen y está igualmente desesperada) pero a estas alturas se da perfecta cuenta de que el estado de cosas que induce a actuar así a un grupo de estudiantes de esta edad, y a otro, y a otro… difícilmente puede haber sido proyectado por ellos mismos cuando eran niños, ni puede ser que en el año de su llegada al instituto de improviso se hayan vuelto unos inmaduros ignorantes, groseros, gandules y pretenciosos. Lo que ocurre no es esto, evidentemente, sino que desde pequeños han sido encaminados a comportarse ahora así, e inocentemente creen que este es el modo normal de comportarse a su edad ante un adulto que viene a darles clase.
El profesor es mayor. Y procura tener presente que está muy feo en los mayores echar la culpa a los niños.
Y pensar que va a sentir gran tristeza, cuando los pierda de vista.¿Vivir en un mundo poblado sólo de adultos? Qué perspectiva tan poco apetecible… En realidad, lo que al profesor que en este caso es profesora le hubiera gustado es haber seguido siendo estudiante hasta hoy: será por eso por lo que siempre se ha sentido tan a gusto entre estudiantes. El profesor piensa en sus compañeros recién jubilados (cuánto disfrutan los muy ladinos, no hay uno que no tenga mil cosas en que emplear el tiempo y la libertad, para sí mismo y para otros), recién liberados de esta penosa, constante impotencia, del castigo de la diaria decepción. Piensa en ellos con afecto y con nostalgia, y siente que si ella les envidia en algo, tampoco ellos dejan de envidiarla un poco. Les sabe encantados de su nueva situación, pero reconociendo que echan de menos enseñar, seguir enseñando; por eso hay tantos que a modo de hobby ahora enseñan… a quien se lo pide, a quien se deja, a quien lo agradece…
Cómo no echar de menos la enseñanza. Cómo no añorar lo que más que nuestra profesión ha sido nuestra vida, sabiendo como sabemos que en pocos sitios se está mejor que en una buena clase con gente que quiere aprender y un profesor que quiere enseñar: quienes lo hemos disfrutado durante mucho tiempo sabemos qué lujo es ese. Y si los que están allí para aprender tienen alrededor de quince años, crea el lector que pocos trabajos habrá tan estimulantes en esta vida. Se pueden gastar energías a espuertas y no tener la sensación de que se está trabajando. Se puede pasar en grande, y así se lo ha pasado durante muchos años el profesor que hubiera querido seguir siendo estudiante para siempre, porque según es sabido ser estudiante y ser profesor viene a ser más o menos lo mismo. Pero para seguir siendo profesor ahora hace falta (no solo, pero primordialmente) una gran fortaleza física. Y es ley de vida que, aun quien la haya tenido, la pierda con la edad. A un profesor de la actual enseñanza pública no le hace falta llegar a la senectud para saber que las mañas y ligereza / y la fuerza corporal de juventud / todo se torna graveza…y que ya su energía, en estos tiempos modernos, resulta insuficiente. En realidad, a él tampoco le falta mucho para ir a pasarlo bien en otra parte… Y sabe que ese otro pasarlo bien no será sin nostalgia.
Aunque –medita el profesor– también es una gran verdad que hace ya mucho tiempo que ni sus alumnos ni él están en una buena clase con gente que quiere aprender (sí con un profesor que quiere enseñar: al profesor nada le complacería más, una vez que está allí). Siente un presagio de melancolía, sí, pero disuelta en un mar de escepticismo. El profesor, no nos engañemos, lleva demasiado tiempo gastando a espuertas la energía que ya no tiene sin apenas recibir a cambio sensaciones gratificantes. Hace tiempo que el ir a clase tiene para él un significado bastante menos amable –y menos noble– que el que solía tener: se trata sólo de trabajar para vivir, para cobrar a fin de mes. Como prácticamente todo el mundo… Y tantos, pero tantísimos otros, en condiciones peores… Es verdad. Habría que tener muy estrecha experiencia del mundo y de la vida –habría que permitirse una visión adolescente–para quejarse de semejante cosa. Y sin embargo… él sabe bien que en su caso el trabajo solía ser, a la par, disfrute. Él escogió una profesión privilegiada, que le venía como anillo al dedo. Y sabe que hizo bien, y así lo experimentó durante mucho tiempo… En cambio ahora…
Ahora hay que ir a trabajar como van tantas veces los mayores: sabiendo que es grande el esfuerzo que a uno le espera, y que va a resultar casi del todo inútil… que muchas veces, muchos días, de nada va a servir el llegar a casa exhausto. Se trata de hacer lo que es el deber de cualquiera… ir e intentarlo, de todos modos, y guardarse con pudor la melancolía. Pues sí, como es de razón. La vida es injusta a veces, a veces se hace ingrato cumplir con el deber. Así medita el profesor, acordándose de sus ausentes compañeros, y echándolos de menos… mientras sonríe para sus adentros evocando a la señora venida de Vallecas que, manifestándose contra la invasión de Irak, resoplaba apretujada y sudorosa abanicándose el sofoco, recibiendo empellones por todas partes, con los pies destrozados a pisotones y medio muerta de sed… pero aguantando el tirón. Ella no tenía delante a sus alumnos, sino que iba rodeada de sus iguales. Por eso meneaba la cabeza y recomponía el gesto como el profesor trata de hacer ahora, expresando en voz bien alta lo que él en este momento sólo puede pensar entre sí: ¡Ahú, ehtamoh tó lo mal que queremoh!
Pero la melancolía del profesor no le viene sólo de la conciencia de lo mal que está: de ahí vienen el disgusto, la desazón, muchas veces la rabia. Su inmensa melancolía proviene principalmente de una frustración que va más allá de lo personal. Es la melancolía de una época, tal vez una melancolía… literaria. El profesor enseña Lengua y Literatura castellana. Una lengua en la que seguirán hablando millones y millones de personas y una literatura que dentro de muy poco ya no leerá prácticamente nadie.
- ¡Fiiir-bé! ¡Presenteeen líbr! ¡Presenteeen Cuadérn!- Ahora hay que entrar en el aula así.
Entrar como si tuvieras tres veces más energías que ellos (¡a veces uno piensa que es verdad, viendo cómo aman la inercia, cuántas horas pueden pasarse sin hacer nada!) para que reaccione esa mitad que te recibe espachurrada encima de la mesa, la cabeza apoyada eternamente en la palma de la mano como si no se les sostuviera sola, y se calme la otra mitad que habla a gritos encaramada a las mesas de los otros, o se pelea en la parte de atrás, o saca más de medio cuerpo fuera de las ventanas y según llegas te propina un sobresalto que más vale tener el corazón fuertecito y los nervios bien templados.
Entrar jugando a tener aire marcial para afrontar con algún recurso el hecho de que al pelotón, por sí mismo, no se le va a ocurrir modificar en nada su conducta a causa de un acontecimiento por el cual no se sienten concernidos, que les resulta del todo insignificante: la llegada del profesor.
- ¡Fiiir-bé!
Gracias a Dios, cierta ingenuidad conservan:
- ¡Profe, eres una máquina!
Una máquina. Si supierais. Si supierais que estoy a punto de marearme, solo con entrar. Si supierais que esto que estoy haciendo me parece una ñoñería y una solemne memez (pero nos faltan meses, aún, para que pueda explicaros un poco de lo que pienso). Que si yo no estuviera resignada a trataros como tontitos infantiles y mimados saludaría como antes con un “Buenos días” y una broma cualquiera, tranquilizaría a dos o tres, y en un par de minutos habríamos empezado a trabajar. Si supierais que aquí solo yo soy consciente de que eso ya no es posible, y de lo mucho que con ello perdéis.
Si supierais. Con qué antipatía empiezo por dar estas dos voces que tanta gracia os hacen para obligaros a que os enteréis de que estoy aquí. Pero más esfuerzo me costaría perder los primeros diez minutos en nada, en exasperarme y aburrirme, en gastar mi tiempo y el vuestro con mala conciencia esperando a que os sentéis, a que dejéis de hablar, a que –solamente unos cuantos– saquéis cuadernos y libros, a que guardéis las lapiceras llenas de colorines que se caen todo el rato al suelo, a que dejéis de pasaros cosas, de enseñaros el i-Pod nuevo… Y, entre tanto, gritar, gritar, gritar con la potencia de voz que ya no tengo, para no conseguir nada en absoluto. Si supierais que no me acostumbro a la idea de que podáis actuar de esta forma pueril todos los días de vuestra vida, todos los días que llego a clase, qué desazón me producen vuestras caras de cansancio, vuestros ojos faltos de sueño, vuestra falta de reparo en despanzurraros así en público… el que no sepáis ni sentaros siquiera, y el que ya se haga imposible haceros comprender que en una clase no se puede estar así, a los catorce años…
Prefiero sentirme ñoña, aguantar la repugnancia que me inspira el daros coba y dejar las reprimendas para mejor ocasión, condescender y abandonaros como si tal cosa a vuestra tontería infantil, con tal de salvar lo poquito que se pueda, con que al menos no me os pongáis en contra; fingir que a mí también me hace mucha gracia entrar en clase con mi grito de guerra. Y a vosotros, por el momento, también os conviene más. A cambio de eso tal vez me escuchéis –tal vez– y os pongáis al trabajo unos cuantos minutos y podamos tener un poco de normalidad para los tres o cuatro que quieren aprender. Unos minutos de clase como la que tienen a diario tantos coetáneos vuestros de la enseñanza privada, esos con los que luego tendréis que competir…
- A ver, los que no tenéis el cuaderno: un negativo y a hacer los ejercicios –oh, perdón, las actividades– que hay en este papel. Seguramente os aburriréis, es una pena… Si tuvierais todos el libro, y el cuaderno…
- ¡Lo pasaríamos mejoooor!
- Eso es, insensatos.
- ¡Insensaaaatos, incaaaautos… Haced caso a vuestra anciana profesoooora!
- Pues sí… Venga, a ello. Vale, a ello. Venga. A ello. Vale…
Qué lástima que vaya a ser sobre todo por esto por lo que alguna vez, en un futuro instante de vuestras vidas, os acordaréis de mí… No porque en clase cantamos “Gerineldo” con la guitarra –Gerineldo Gerineldo, / Gerineldito pulido, / quien estuviera esta noche / sólo dos horas contigo…; ni porque fuimos de visita a los castillos a imaginar la Edad Media-¿a qué hora, la mi señora,/ me tendrá abierto el castillo? –Entre las once y las doce,/ cuando el rey se haya dormido… (picardías que ya no casan con la vuestra), ni porque entre todos representamos Fuenteovejuna muertos de risa, cada cual semidisfrazado según su personal inspiración; ni porque me imitabais entrando en clase con cuatro bufandas, varias carteras y una pila de libros inverosímil y maliciosamente inestable. Ni porque Garcilaso, y Bécquer, y Pablo Neruda os tocaron la fibra sensible a esta edad tan bonita que en realidad no estáis teniendo, y que ya no tendréis… Ni caso vais a hacer, cuando dentro de poco lo leamos: Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto… ¿Qué fruto, qué dulce fruto estáis cogiendo ahora mismo, qué significa en vuestro caso la metáfora?
Así que era esto, la melancolía cervantina. Eso es lo que el profesor medita ahora. Qué temprano ha llegado (como siempre). Sobrepasar los cincuenta, asistir a un cambio de época y ver que algunas cosas verdaderamente nobles del tiempo que uno ha vivido están llamadas a desaparecer, ver cómo van desapareciendo para no volver más, ante los propios ojos. Al profesor que en este caso es profesora le viene a la mente el espléndido libro de un compañero suyo de profesión –entre nosotros siempre ha habido gente de más valer, que no por ello desdeña enseñar en secundaria– titulado Cervantes y la melancolía. Compañero de compañeros, nunca fue compañero suyo, pero estos días su libro le hace gran compañía, por si el Quijote en sí mismo le hiciera poca.
No volverá a haber una enseñanza pública como la que conocimos nosotros. Pues aceptémoslo.
Pero, ¿y estos que están aquí conmigo? Ellos no pasan de los cincuenta, no tienen un pasado risueño y estimulante incorporado a este presente junto con todo lo que dura desde entonces; ellos deben aún construir sus vidas, y están perdiéndose lo mejor sin siquiera saberlo, y malgastando la edad inmejorable para aprender y el privilegio de poder ser enseñados. Desperdiciando la primerísima juventud –vuestra alegre primavera– que no por eso parece ser más excitante, ni más feliz, ni más provechosa, ni más llena de nada que la que vivió el profesor mismo, y tantas promociones de estudiantes que en su día pasaron por sus manos. Y esto ya no le corresponde aceptarlo al profesor.
Y aunque le correspondiera: no podría. Si estos fueran sus hijos bramaría de indignación. De una indignación que por momentos se alterna con la tristeza de ver tantos años juveniles echados a perder como van transcurriendo ante su vista sin que él nada, o casi nada, pueda hacer. Ahora mismo, por ejemplo, quedarse un rato mirando cómo juegan, y meditar. Aprender de la vaca Cordera a estar con los niños apaciblemente serena (nostalgia: el profesor que es profesora sabe mugir la mar de bien: en tiempos, esta solía ser una actuación de gran éxito, aparejada a la lectura de Clarín; otro lujo que ya no puede permitirse…) Aprender, pues, de la vaca abuela, a rumiar la soledad y la nostalgia por el tiempo pasado, esperando a que llegue la jubilación.
Y por fin, dejarlos para siempre. Pero… ¿con quién van a estar mejor? Nadie es imprescindible, cierto. Y sin embargo, otras certezas tiene el profesor en mente, cuando le toca rumiar. Certezas que son preguntas con respuestas evidentes. Pero vamos a ver, ¿Quién sabe más sobre ellos? ¿Quién, en ninguna parte, se habrá preocupado más por los alumnos de la enseñanza pública en conjunto sino precisamente nosotros, el profesor?
(continuará…)
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Amable lector:
No solo de melancolía vive el profe. Uno no puede mantenerse largo tiempo en estado melancólico sin caer en la amargura, y de la amargura él nunca ha sido partidario. Así que siguió yendo a clase a hacer aquello en que su oficio se había convertido, trató de explicar lo que estaba sucediendo con la enseñanza pública al mundo ancho y ajeno de fuera del instituto, comprobó que, sin hacerle mayor caso, la gente le tomaba por un quejica… y, como de esto tampoco es partidario, cuando muy pronto estuvo hasta la coronilla de hacer de involuntaria plañidera, se calló y se adaptó como pudo a lo que había.
Lógico. A la gente no le gusta que le hables demasiado de tus problemas. Y además, siempre que alguien ha vivido atribulado porque, viendo acabarse su mundo, pensaba que el mundo se iba a acabar, ha salido chasqueado: no se acabó ni una sola vez, y lo único que consiguió el interesado fue haber perdido tontamente el tiempo.
En todas partes se aprende. Durante una excursión de domingo el profe almorzó en un bar de pueblo que, satisfactoriamente adaptado a los nuevos tiempos, había sustituido los rótulos donde la voluntad de prohibir y la alusión a realidades desagradables habían quedado sustituidas por una admonición que a nadie podía ofender, ni siquiera molestar. Un único rótulo bien visible recomendaba: “En beneficio de todos, se ruega la mayor moderación”.
Eso es, pensó el profe, moderémonos; dejemos en paz a la gente. Pero hagamos algo con la melancolía, el descontento, los buenos recuerdos, la satisfacción de haber enseñado, la experiencia acumulada y compartida, la preocupación por el presente y el futuro de todo esto… Escribamos. Haber, hay mucho que decir: vayamos poco a poco diciéndolo por escrito, y así el que quiera leerá y el que no, se evitará que le den la lata. Al fin y al cabo el profe llevaba mucho tiempo predicando en clase la libertad radical que para el lector ofrece la lectura.
Y a lo que vamos.
Estas páginas son, y pretenden ser, un libro. Lo son porque el libro ya está escrito, pretenden serlo porque no está publicado. Su título es el que arriba se lee, Elogio y vindicación del profesor; su comienzo, los tres capitulillos melancólicos de que constaba la primera entrega de esta versión virtual –y que componen el apartado I- a los cuales seguía la promesa del ‘continuará’.
He aquí, pues, como continuación, el comienzo del apartado II.
A estas alturas huelga decir que estas páginas que por ahora solo llevan camino de folletón virtual no pretenden hablar objetivamente de la enseñanza: demasiado se ve que son un relato-meditación escrito desde dentro. Puede que al lector le parezca como a mí que la mirada subjetiva, si se orienta entre datos reales, posee una gran virtud aclaratoria tanto para quien se explica como para quien lee (sobre todo, por contraste con la de otros productos subjetivos que basados en fantasías más o menos ideológicas, se arrogan el estatuto de objetivos, consiguen ser aceptados como tales… y así nos ha ido a todos).
En fin esto es, fundamentalmente, un elogio y una vindicación de los profesores. Quizá el lector convendrá igualmente conmigo en que a los profes también nos gusta que se hable bien de nosotros: somos así… de raros. Y como elogiar siempre es agradable y elogiar con verdadero fundamento lo es mucho más, pues adelante…
Y ya hoy nada más. Gracias, lector. Quedamos en que, por mí, hasta muy pronto.
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II. ANTES DEL ADVENIMIENTO DE LA LEY
Era un mundo de amigos. Tanto si el instituto era grande como si era más pequeño, solía haber dos bandos (esto ha seguido siendo así: se ve que es consustancial a la especie), de modo que en ese caso los grupos o digamos bandos de amigos eran dos. Y, dentro de ellos, estaban los grupos –generalmente no reducidos- de amiguísimos que no solo trabajaban juntos sino que juntos pasaban mucho tiempo fuera del instituto, y juntos hacían planes frecuentes de fin de semana y vacaciones.
Aprender, divertirse, enseñar, estimularse los unos a los otros: las aspiraciones, miradas desde fuera y desde hoy, eran modestas, sí, pero diría yo que como aspiraciones juveniles eran realmente sanas, y muy en especial si se miran desde ahora. El futuro al que (no) aspirábamos era igual al presente, y el presente estaba muy bien: un trabajo que nos gustaba y que por tanto nos resultaba fácil, compañeros agradables, un sueldo que era el único que habíamos conocido (ya llegaría el momento de pensar en ser pagados con mayor justicia), y muchas vacaciones. Viajar. No había nadie que no aspirara a eso. Viajar y conocer. Y para todas estas cosas se necesita tiempo libre. ¡Cuánto amábamos nuestros horarios de trabajo, cuánto las largas vacaciones de la enseñanza, que a nuestro entender deberían ser las de todo el mundo!
Llegamos muchos, de golpe, todos jóvenes. No tardamos en conquistar nuestro lugar y en labrarnos una atmósfera en la que respirar a gusto.
Dudo que en ningún otro ambiente se hubiera podido encontrar mayor número de lectores. (Aquí quiero hacer un excurso dedicado a la inolvidable Margarita, profesora de Física y Química y una de las lectores más voraces que he conocido, cuyo excelente criterio literario admitía desde los clásicos consagrados hasta lo que un estudioso juzgaría pacotilla. Su clasificación de los escritores ha seguido pareciéndome formidable para siempre. Era en dos grupos, a saber: el de los que le gustaban a ella y el de los pesaos. No puedo imaginar un criterio mejor para un lector maduro. ¡Salud, Marga, donde estés, ojalá que volvamos a encontrarnos!)
Como además, naturalmente, no teníamos pensado envejecer… qué más queríamos. A ninguno de mis compañeros de entonces me lo hubiera imaginado yo desempeñando otro oficio. Y no me parecía extraño, ni reparaba siquiera en ello: me doy cuenta ahora. Entonces me parecía lo natural o, para más precisión, no me parecía nada; simplemente nosotros éramos profesores igual que éramos hombres, o mujeres: era nuestra manera de estar presentes en el mundo. Creo que nunca se me ocurrió que alguno quisiera cambiar de profesión, que lo que hacíamos pudiera dejar de gustarnos.
Nuestro tiempo transcurría enseñando, aprendiendo, pasándolo bien. Tanto en el instituto como fuera de él: vivíamos en una especie de intercambio continuo de entusiasmos, el que cada uno sentía por aquello que enseñaba.
Yo recuerdo tardes en la Alhambra -¡cuando pienso que fue así!- o mañanas de domingo en las que Juan nos explicaba, de aquella maravilla, hasta el significado de las inscripciones árabes que para él, oh asombros del saber, no eran jeroglíficos. Recuerdo a Antonio organizando una semana cultural en el pueblo adonde acabábamos de llegar –entonces no había Casas de la Cultura- y obligándome a dar una charla sobre Quevedo, Dios qué vergüenza: hala, a repasar Quevedo entero… Desconfiábamos –pero daba igual- del éxito que pudiera tener la cosa. ¿Les interesaría, a los del pueblo?: hasta la bandera. De no haberme obligado él, yo nunca hubiera salido a hablar en público; y sin embargo me sirvió para perder el miedo a expresarme ante un auditorio no compuesto de estudiantes. Me siguen imponiendo, esos auditorios, y donde verdaderamente me siento a mis anchas es viendo caras adolescentes, pero en todo caso, cuando me toca hablar ante personas mayores pienso en Antonio y me lanzo… igual que entonces.
Recuerdo que Mariantonia, explicándome el proceso de formación de las margas de Despeñaperros, me descubrió la belleza de las piedras. Desde entonces he sido admiradora y hasta un tanto coleccionista, gratis total, de sugestivas esculturas naturales. Mariantonia, otra lectora voraz. Era geóloga de formación, pero a los bichos nos los describía como si fueran amigos suyos. Gracias a ella incorporé yo a las lecturas que recomendaba en clase Mi familia y otros animales, junto con otros títulos no menos atractivos para un adolescente, y que yo desconocía.
Recuerdo tardes con Teresa –en Esteiro, no era en Barcelona- cogiendo setas con los nombres más bonitos del mundo; recuerdo cómo Rosa me descubría otros nombres cautivadores de flores y de hierbas, que parecían provenir de un Macondo gallego –herba da fame, herba de namorar:.. aún siguen aquí conmigo, entre páginas de cuaderno- mientras paseábamos por los montes de Serres, y ella, a la vez que nombraba las hierbas, trazaba perspicaces apuntes sociolingüísticos sobre la gente que asistía –que asistíamos- a sus clases de gallego en el Ayuntamiento. Y en gallego Cristina nos contaba nuestros cuentos tradicionales, la mayor parte de los cuales desconocíamos; y canciones, y dichos, y leyendas, y refranes…
Alicia daba inglés –entonces no impartíamos docencia: solo dábamos clase- pero a mí me enseñaba la gramática alemana. Ya la he olvidado casi toda, Alicia; pero sí siguen en mi memoria muchos nombres de cosas de la casa, que tú me hiciste rotular con papelitos. Aún hoy, muchas veces, miro hacia la ventana y, acordándome de ti, -¿Dónde estarás? ¿A quién le contarás ahora cómo es Montevideo?- digo ‘Das Fenster’, y tengo un movimiento de alegría.
Yo en casa conservo traducciones manuscritas de las que no me desharé jamás. Luz: no he olvidado nunca que tuviste la generosidad y la santa paciencia (solo más tarde supe lo que valían) de traducirme relatos del inglés para que yo los empleara en clase. A Paz, que era socióloga, le apasionaba el cine clásico. Daba filosofía, y pertenecía a esa clase de personas con las cuales la charla cae siempre del lado intelectual sin que uno se dé cuenta: era su forma de charlar informalmente. En su casa vi mis primeros grandes clásicos del cine. Luego, detrás, con sucesivos y numerosos compañeros también cinéfilos, vinieron muchos otros…
Ricardo amaba la música, y tocaba el piano. Daba filosofía… Federico estaba loco por la ópera, y no podía evitar instilarte el venenillo, así que, en este caso, dos pájaros de un tiro: tú, que ni conocías la ópera ni sabías gran cosa de italiano, empezabas a emplear –y a compartir- el tiempo libre oyendo grabaciones y leyendo los libretos. No hacía falta estar en una gran ciudad para sentirte estimulado, si convivías con aquellos compañeros. Y años después, cuando dejada atrás la vida retirada podías, por fin, ir a oír y a ver la ópera, no sabías qué te hacía disfrutar más: si lo que estaba pasando en el escenario o la marea agradable de recuerdos. O tener al lado a Pilar, profesora de historia, una de las más intensas amantes del conocimiento en general, y de la ópera en particular, que han existido en el universo.
Entre los tesoros de mis cajas y carpetas también hay retratos a lápiz, o a tinta, que te hacía “la gente de dibujo”: de Carmen tengo uno mío, hecho en aquellas tardes de charla y sobremesa; de Abelardo, los retratos de un grupo de COU entero, un folio único en todos los sentidos de la palabra. Por cierto, que en esos retratos –y lo mismo sucede con las fotografías antiguas del cuaderno del profesor- se aprecia una madurez física chocante. Nuestros alumnos de entonces, con dieciséis o diecisiete años, tenían el aspecto y la expresión de un veinteañero de ahora. Es algo que llama mucho mi atención siempre que los miro, y que no deja de ser indicativo, según creo. De Rubén tengo, además de un grabado que me regaló, un retrato de lujo: el de Gonzalo Torrente Ballester, nada menos. Pues si ponías en marcha una revista de instituto, allí estaba Rubén para ilustrar lo que hiciera falta sin reparar en tiempo ni en esfuerzo (¿pero era esfuerzo, aquello?)
María Teresa, que daba Francés, te animaba a que tradujeras junto con ella (pues sí, ese curso me tocó dar francés, además de literatura española; sobrevivimos todos, aunque segurísimo que no fui la profesora ideal, pero entonces en la enseñanza se podía no ser ideal sin sentirte una piltrafa). Qué pasatiempo estupendo, traducir a dúo: qué de ratos placenteros, qué de tropiezos, cuántos momentos de absurdo y carcajada de donde resultan complicidades imprescindibles y entrañables… Luego María Teresa insistía y tú acababas yendo a París en viaje de estudios –¡y aún más de placer, naturalmente!- anudando así amistades que habían de acompañarte toda la vida. Por mi memoria pasa ahora Alfonso identificando las estrellas, desgranando aquellos nombres luminosos en una noche de primavera entrada…
De Raúl, profesor de Química –cuántas noches, cuántas charlas- tengo una tabla “peryódica” con imaginativos nombres para cada uno de los elementos y con una caricatura asociada a cada nombre: he usado esta tabla durante años para explicar la función creativa del lenguaje. Mi primer viaje a Inglaterra fue un intercambio de instituto acompañando a Ana, que me enseñaba a decir lo elemental en inglés, porque yo no sabía nada. Y no era broma, allí, no saber inglés: en la Torre de Londres se nos perdió una alumna durante varias horas (Ana, ¿te acuerdas?) y aquella joven profe valerosa –vista desde hoy, jovencísima para la responsabilidad que se había echado encima- no tenía otra ayuda que la mía, prácticamente muda. Cómo podíamos atrevernos a aquellas cosas… A quien hoy pierda a una alumna en Londres por unas horas, mejor recomendarle arrojarse al Támesis directamente: muchísimo más digno y más estético un suicidio folletinesco que la orgía de histeria mediática –o sea aniquilación por linchamiento- que le espera a la vuelta si por desdicha a la niña le pasa algo…
Aquí están los vinilos: las canciones tradicionales catalanas cantadas por Serrat, María del Mar Bonet, grandes del jazz, romances, Jacques Brel… Evocarán para siempre a Luis A., y junto con él, a Marisa, queridos entusiastas, nuevos heridos de amor a la literatura incorporados a las compañías que ya serán para siempre. Los viajes a Italia, a Francia, a Holanda… a donde nos aguardaban la literatura y la historia y la pintura y la charla y los paseos por los bosques de Europa; con ellos, y con tantos más, monasterios, iglesias románicas, ermitas visigóticas… Asociado con Luis A.. y con Marisa, y con las literaturas todas, con los viajes y los paseos y las charlas, otra compañía cercana para siempre: Luis R., ingeniero de caminos metido a profesor, el hombre que lo sabía… todo, aunque no sabía cómo había hecho para saber tanto… Y después Delia, y Esperanza, y Antonio, y Concha; Blanca, Isabel, y Miguel, y antes Braulio, y Miguel y Rosa juntos; y mucho antes Rafael, y más tarde María, y Joëlle, y Ana, y Pablo, y Elena, y Carmen y Reiné, y luego Nuria… Fueron tantos, son tantos… que tengo que conformarme con evocar solamente a unos pocos. Mis sucesivos compañeros de trabajo los profesores de instituto, amigos de privilegio, queridos amantes de la vida buena y de la buena vida con los que verse a diario y compartir el tiempo, amadas gentes siempre generosas de lo que eran y de lo que sabían… Hablo aquí en pasado porque, aparte de que a los más recientes no los nombro, muchos de los que nombro ¡ay! Me los han alejado el tiempo y la distancia, inevitablemente; pero segura estoy de que no han cambiado mucho, a juzgar por cómo siguen siendo los que han continuado estando próximos.
- ¡Oh! Idealizas…
- ¿Sí? No creo. Esta antigua profesora de materias que no eran la suya ha tenido siempre la manía de la escritura. Y todo esto lo recuerda, pero si no lo recordara no tendría más que ir a buscarlo a donde están los dibujos y los cuadernos de años y de lugares sucesivos –de hasta ocho institutos diferentes de las cuatro esquinas del mapa, más el centro- donde menudean las anotaciones a propósito de excursión, cena, visita, Generalife, en San Baudelio de Berlanga, comilona, paseo al faro de Louro, a buscar setas, comida, San Pantaleón de Losa, vuelta de Grecia, por los montes de Serres, con Carmen y los niños pintando camisetas, intercambio con Brighton: apuro en la Torre de Londres, disfrazados para la fiesta de fin de curso, alemán con Alicia, escuchando Don Giovanni, Les bas fonds en casa de Paz, en París con Mª Teresa…, etcétera, etcétera, etcétera.
Metida entre las hojas de un cuaderno lleva diecinueve años una felicitación de Navidad. Es de Carmen, “la de Dibujo”, cuando ya había mudado de paradero y antes de que acabáramos por perder el contacto (¿volveremos a vernos, Carmen?). Un diablete gamberro, fumándose un cigarro, mira al espectador con cara de malicia. Está plantado ante el caballete, y en la mano sostiene la paleta: su imaginación se debate entre pintar un esquemático abeto adornado de bolitas o un portal de Belén elemental, con las tres figuritas indispensables (el diablo no quiere trabajar mucho: quiere sencillamente pasarlo bien y trabajar lo necesario). Feliz 1990. Por detrás, el texto escrito a mano termina dirigiéndose a mis hijos con “besitos de todos los colores…” Cómo me encanta pensar que, si esto que escribo llega a publicarse, tal vez a más de uno aún pueda volver a verlo…
Ya entonces teníamos cierto sentimiento de culpa por pasarlo tan bien… Algunos conocidos nos reprochaban nuestras vacaciones con verdadero ensañamiento, como si las hubiéramos instituido nosotros, o como si se las hubiéramos robado a ellos, que, por lo demás, también solían ser licenciados. Hubiera bastado con responderles: - Pero tú también podrías ser profesor… esto no es nada exclusivo. En cambio, no. Mis compañeros no solían responder así, sino más a la defensiva, como pillados en falta: era quizá un avance de lo culpables que un día habrían de sentirse.
Desde luego –y esto podrá deducirse fácilmente de lo que aquí voy contando- nada había más lejano a su intención que el convertirse en apóstoles y mártires. No se tomaban “la vida en serio” en ese sentido, no se atribuían a sí mismos tal trascendencia… En cambio, parece que sí podemos afirmar que a apóstoles quisieron meterse otros; en cuanto a si hubo mártires… eso lo dejo al pudor de cada cual, pero ¡ay de aquel a quien la salud no le haya acompañado en estos últimos tiempos!
Yo, en fin, tengo perfecta conciencia de que casi todo lo que sé, poco o mucho que sea, lo aprendí principalmente de mis compañeros –no en el colegio, ni en la Universidad, ni por cuenta mía buscando, sino principalmente a instancias o a través de ellos. ¡Sabían tantas cosas, entre todos, y les gustaba tanto hablar de ellas!
Por eso ningún apóstol fallido puede venir ahora a contarme a mí que en realidad durante años y años estuve compartiendo trabajo y tiempo libre, y ganas de vivir… con una panda de sosos, de gente roma y estrecha de miras además de apocada y asustadiza, incapaz de entender los misterios del saber y de la educación… ¡Incapaces de reciclarse, incapaces de motivar, aquellos grandes amantes de la diversión que no tenían afición mayor que enseñar y aprender, precisamente! ¿Aquella gente despierta, de vitalidad atractiva y dinámica, desprejuiciada y abierta a todo lo nuevo, dedicada a disfrutar de su profesión y despreocupada de escalar en la vida porque con lo que hacía estaba más que satisfecha? ¿Aquellos eran en realidad los causantes futuros de la liquidación y el derribo de la enseñanza pública?
Venga, hombre. Un poquito de honradez, ¿no?, en el diagnóstico.
Fue uno de nuestros caballos de batalla. Porque llegamos, por ejemplo, a institutos de ciudad donde los catedráticos tenían reservada su propia zona en el bar de profesores (compartir el bar con los alumnos era cosa que allí a nadie se le pasaba por la cabeza). El catedrático daba clase de 9 a 12; tú conciliabas por ejemplo hijos pequeños con una jornada laboral repartida en mañana, tarde y nocturno: era una vida loca. Empezamos a protestar, a pedir moderación en los privilegios.
Protestar contra un autoritarismo realmente rancio. Recuerdo una polémica memorable sobre si hacer o no mixto aquel instituto, que aún era solo femenino. Memorable, digo. No era moco de pavo, una polémica en aquel sitio. Muchos serían clasistas y anticuados, pero qué categoría. Parece que lo estoy viendo: la directiva en el escenario del salón de actos, que era un teatro ni más ni menos, y los demás allí abajo… Los argumentos iban y venían de arriba abajo, de abajo arriba y en horizontal, pero en todo caso a una altura que hoy daría yo cualquier cosa por escuchar en un instituto. Ahora ya no hablamos. Rellenamos papeles que no va a leer nadie…. Y en el bar, a la hora del recreo, forcejeamos con los alumnos para que nos sirvan el café antes que a ellos los bocadillos: veinticinco democráticos minutos de melée en medio de un griterío ensordecedor significan que a menudo resulta preferible quedarse sin café, a cambio de un poquito de descanso. Pero pedir otra cosa que poder retirarnos discretamente nos valdría el sambenito de defensores de privilegios…¡Vade retro! ¡Va de resto!, que decía el personaje de Buñuel… A callarse.
En el primer instituto adonde yo llegué todavía mandaba el cura. Era un instituto de pueblo, y aún no se concebía poner en cuestión la autoridad natural. La cuestionamos. Era una autoridad que habíamos disfrutado a fondo, y sabíamos que a este país empezaba a no hacerle ninguna falta.
Autoridad para nosotros, en tanto profesores, no reclamamos: ya la teníamos. En realidad nuestro problema fue más bien el inverso…
Casi todos los padres eran mucho menos conscientes que nosotros de que habían cambiado los tiempos y, verdaderamente, para ellos y para sus hijos apenas habían cambiado: así que ya era hora de que cambiaran. Nos pusimos a ello y, gracias también a la ayuda que de forma natural proporcionaban las circunstancias, lo que conseguimos no estuvo mal, y se prolongó durante años… nuestros años dorados de la enseñanza pública.
Sí. Durante mucho tiempo tuvimos gran autoridad sobre los adolescentes, autoridad en el sentido mejor de la palabra; no porque nadie nos la diera –que sí nos la daba el ambiente, aunque nosotros de esa autoridad ambiental más bien insistiéramos en desprendernos-, sino porque siendo alguien que está por encima, que debe mandar y dirigir sin necesidad de que se lo reconozcan los jueces –pues eso era entonces un profesor- teníamos una edad no lejana a la de ellos, les tratábamos con mayor camaradería y confianza que sus padres, y sabíamos muchas cosas que sus padres no sabían. En institutos de ciudad, con alumnado numeroso, a casi todos nos ha ocurrido que los primeros días el conserje nos tomara por alumnos. Nos encantaba esa posición como intermedia en que nos movíamos, y nos facilitó mucho las cosas.
Sabido es que un adolescente tiende a fiarse más de alguien cercano en edad que de ninguna persona mayor, por próxima que sea. Y si aquel alguien cercano en edad le hablaba de literatura, de historia, de filosofía, de cine, de viajes, de juergas, de sus tiempos de estudiante… todo ello de tú y sin circunspección… he aquí el contenido del prestigio que ni se nos ocurrió que estábamos disfrutando, y que mucho después descubrimos que –siendo el que a la enseñanza le interesa- nos lo había arrebatado la ley nueva y el nuevo medio ambiente. El que carezcamos de prestigio (social, lo llaman) ante los señores y señoras que van por ahí conduciendo prestigiosos 4x4 –“cortijos imaginarios”, según Antonio Elorza-, a la enseñanza en nada tendría por qué afectarle, con tal de que padres y madres sean prudentes en casa y tengan conciencia de que de las cosas del instituto saben menos que nosotros; con que pongan atención a la hora a la que se acuesta su hijo, y con que vengan a preguntar educadamente por él cuando sea necesario o conveniente.
A los padres de entonces nadie les daba alas. Teníamos que dárselas nosotros. Encontraban inapropiado que sus hijos nos trataran de tú, ¡qué tiempos!... Pero imponer el usted realmente ya resultaba forzado: teníamos solo veintitantos años. En cambio el tú quedaba perfectamente natural, y esto era lo que buscábamos entre todos. ¿Te acuerdas, Cristina, de aquella madre que vino a hablarte de su hijo, que era mal estudiante, y te animaba con energía a que le dieras un cachete “si hacía falta”? “Vosté déalle, déalle”. Estaba en COU, el muchacho… Era un tío estupendo y, a todo esto, nos sacaba la cabeza… Con expresión eternamente risueña, razonaba sobre su propia situación como un hombre cabal, al explicar por qué nunca estudiaba: “Pero mujer, tu tranquila… tú no lo pases mal, no te preocupes… ¿No ves que yo el año que viene me voy a ir a la mar?... ¿Para qué quiero saber la esa, la metáfora? Tú me lo cuentas y yo lo oigo, y ya está… ¿No ves que mi vida ya está pensada? Yo este año aquí estoy bien… No te preocupes, tú no te preocupes…” Naturalmente, ni mucho menos pretendía que le aprobáramos. Tampoco la madre. Pero ella quería que, ya que estaba en un sitio adonde uno iba a estudiar, él hiciera buen papel y estudiara… Bendito sea el recuerdo de aquellos padres.
Empezamos a conocer muy bien a los adolescentes. Algunos no tardaron en estar dispuestos a contarnos ciertas cosas, no todas, claro: digamos las que le cuentan a algún hermano mayor; y cobramos gran ascendiente sobre ellos. Veníamos de fuera, del mundo desconocido; éramos, como personas, gente moral: no enseñábamos nada inmoral ni con nuestra apariencia ni con nuestras vidas ni con el contenido de nuestras clases. Ellos y nosotros sentíamos que en nuestras manos estaban bien. Éramos algo a medio camino entre la autoridad paterna y el amigo al que se le pueden confiar ciertas cosas que en casa serían “fuertes”. Se nos veía ir de juerga, a veces decidíamos que alguna lección era un rollo que servía para poco y decidíamos saltarla… (pues, por supuesto, de parte de ellos era impensable que nadie discutiera los programas o las lecturas, así que empezamos nosotros mismos a podar por donde parecía sensato).
Nos tocó esta labor e, insistamos, el resultado fue bueno. Establecimos gran camaradería con los alumnos sin por ello dejar de estar “socialmente” en nuestro sitio. Como cada vez iba habiendo más institutos, y por tanto mayor número de estudiantes de secundaria, colaboramos en gran medida al cambio que se fraguaba en el país…Y en cuanto a las tensiones, las gamberradas, la haraganería, los suspensos –los cuales no han gustado nunca a los estudiantes, es más, a aquellos les causaban mucha más preocupación que a los de ahora- los roces inevitables entre un grupo de gentes que conviven a diario se iban resolviendo como se resuelven en tantos otros ámbitos de trabajo: poco a poco y sin que la sangre llegue al río.
Era la ley, y la costumbre.
Con un grupo que yo tuve durante los tres años del BUP recuerdo que, al margen del programa, por decisión mía podían elegir para trabajar en clase lecturas de otro tipo que presentaban la ventaja de ser más fáciles y, por otro lado, la de estar más cercanas al interés del quinceañero. Naturalmente, se acostumbraron. Así que cuando llegó el COU con solo clásicos españoles del siglo XX, de donde no nos salíamos porque ahí el tiempo apremiaba y era necesario limitarse a leer y comentar solo esos autores, al empezar con el tercero o el cuarto una de mis alumnas me miró con desánimo pero con confianza en mí y dijo resignada: -Desde logo este ano, non hai un con xeito (desde luego este año, no hay ni uno apañao)-, ¿Te acuerdas, Rosa, con qué sentido de lo prudente y posible opinabas tú, y con qué naturalidad te escuchaba yo, que en absoluto me sentía presionada por tu actitud y que, por lo demás, carecía de autonomía para cambiar aquel programa?
Había una madurez en aquellos adolescentes (hasta sus fotografías la dejan ver, como ya he dicho) y un ambiente en sus casas, que los profesores de ahora no pueden ni imaginar. Como jamás, ni en la más loca pesadilla, hubiéramos nosotros imaginado que un día nuestros compañeros saldrían en los periódicos a título de gente maltratada (mártires sin haberse propuesto hacer de apóstoles), que llegaría a existir tal cosa como un “Defensor del profesor” o que acabaríamos teniendo que acudir a los tribunales para que, si en clase está prohibido sacar el móvil, la profesora que lo retira –tal como está obligada a hacer por el reglamento de régimen interno- no quede expuesta a que la insulten y la amenacen.
No se trata de cultura: nuestros alumnos de entonces, muchos de ellos, tuvieron padres notoriamente más ignorantes que los actuales. Se trataba de educación, es decir, de prudencia y contención, de ausencia de atrevimiento. Y sobre todo, ¡ay!, de que la ley no fomentara la adulación barata y la democracia de pega que en lo sustancial, en lo que más importa, no beneficia a nadie: tenga usted a su hijo hecho un zopenco y diga que tiene problemas de aprendizaje y que encima el psicólogo tiene que trabajarle la autoestima en vez de que alguien le haga el favor de ponerle en su sitio para que deje de comportarse como un tirano malcriado al que desde que nació nadie ha tenido el buen juicio y la valentía de pararle… Y ahora le viene la profesora con que el móvil se lo lleva ella para entregarlo en Jefatura de Estudios, sí hombre: mañana vienen mis padres y te vas a enterar, mentecata insolente, tú no sabes a quién te has atrevido a quitarle el móvil. Elabórese un democratiquísimo reglamento de régimen interno y apruébelo un Consejo Escolar compuesto por profesores, alumnos, padres y personal no docente… y luego, cuando la profesora lo aplique en clase, permítasele al chiquillo y a sus papás venir a discutir su autoridad y a exigirle explicaciones sin que nadie les dé con la puerta en las narices. ¿Que tampoco la directiva del instituto le da la razón? No dé usted su brazo a torcer… insista, a ver si consigue que algún otro padre de la asociación se sienta ofendido por tamaña arbitrariedad e insulte a la profesora e incluso le envía cartas amenazantes… y así hasta los tribunales. Ahí, por fin, como el juez no está al tanto de los nuevos catecismos pedagógicos, queda claro que la razón la tenía la profesora. Se necesita una sentencia judicial, hay que fastidiarse. (Paciencia, este pobre juez no se da cuenta de que está obsoleto: habrá que reciclarle).