Elogio y vindicación del profesor
Luisa Juanatey
Queridos lectores, el libro
titulado Qué pasó con la enseñanza.
Elogio y vindicación del profesor ya se puede pedir a la librería on line
de la propia editorial: http://www.libreriacirculorojo.com/.
También se puede adquirir en estas otras librerías:
Madrid: Paradox
(Sta. Teresa, 2)
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Machado (Fernando VI, 17)
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Alberti (Tutor, 57)
Valladolid: Maxtor
(Fray Luis de León, 20)
Margen
(Enrique IV, 2)
Además, está disponible en la modalidad de
impresión bajo demanda en: http://librosbajodemanda.elcorteingles.es
y, próximamente, como e-book en http://www.todoebook.com/.
Periódicamente se irá actualizando aquí la lista de
librerías de diferentes ciudades donde se podrá encontrar.
Gracias a todos y, en fin, creo que ya conocéis mi
eslogan promocional:
Amabilísimos
lectores, CRECED Y MULTIPLICAOS
Con mis mejores deseos para este nuevo año y para
todos los sucesivos, amén.
Enero
de 2012
ÍNDICE
II. ANTES DEL ADVENIMIENTO DE LA LEY
4. Sin clases
5. Anarquía y
libertad
1. Una conversación con don Gonzalo
3. Expertos
IV. AÑOS DE PLOMO
1. Logsistas y antilogsistas
2. Palabras divinas y obras demasiado humanas
3. Lloviendo piedras y sin paraguas
4. De paraguas y sombrajos
5. Caminito de Damasco
6. Con la Logse por montera
V. DEPARTAMENTO DE DIAGNÓSTICO
4. Curioso e impertinente
6. Estrictamente privado
7. De vértigo
8. De película
9. De madre megamaterna
10. De experto
14. De cajón de madera de tabla
15. Global
VI. AUTORIDADES EN PLURAL
1. Los inspectores
2. ¡Ah, esos!
3. La ciencia psicopedagógica. Sección del interior
4. La ciencia psicopedagógica. Sección del exterior
5. Gaseosa
VII. CARTAS EN EL ASUNTO
1. Cartas a la prensa
2. Batallitas ejemplares
3. Despedidos
VIII. BURBUJAS
1. Burbujas
2. Trastada
IX. BIENVENIDA
1. Hola, chicos
2. Decálogo
X. ELOGIO DEL PROFESOR
1. Defensa de la subjetividad
2. Collioure
3. Elogio del profesor
EPÍLOGO BASTANTE PERSONAL
Muchos años después, frente al pelotón de irresponsables infantiloides, el profesor que ya nunca esperaba un buen día había de recordar aquel tiempo remoto cuando al entrar a una clase de adolescentes era posible decir la primera gansada que le dictara el buen humor, dar un par de voces algo más destempladas para cuadrar a quien tuviera el día díscolo, esperar unos minutos a que libros y cuadernos acabaran de llegar a las mesas y, hecho esto, ponerse al trabajo durante un buen rato. Ya le interrumpirían cuando el rato pasara de bueno, no había cuidado.
- ¿Cómo están ustedeeees?
- ¡Bieeeen!
- Me alegro. Pues buenos días. Venga, seguimos con los romances. Hoy vamos a empezar leyendo el de Mudarra, que va de venganza. Os va a gustar, ya veréis. Es de esos que se pueden dibujar en viñetas como un tebeo, porque todo se ve o se oye. Tomás, no te dispares que aún estamos empezando la clase. Y tú, deja en paz a Ana. Página treinta y cinco, donde ayer. Ya sabéis que en la Edad Media casi nadie sabía leer y escribir, por eso hay tantos textos “audiovisuales”. Aquí las palabras solamente describen, o narran, o reproducen un diálogo… Tomaaaás, con esta van dos, no te lo digo la tercera. Treinta y cinco, he dicho página treinta y cinco. ¿A qué estás esperando, Bea? El de Mudarra, la treinta y ciiiinco…¿Estáis sorditos o qué? ¡TREIN-TAY- CIN-CO!
- ¡Jo, profe, cómo se pasa…!
- Pues Mudarra era un adolescente, como vosotros. Comparado con su enemigo –que es este don Rodrigo que va a cazar, el del primer verso- era prácticamente un niño. ¿Laura, nos lees hasta el verso 6?… Atención: ¿Cómo lo llama el narrador? ¿Lo veis?: Mudarrillo… Jovencito jovencito. Y tenía siete hermanos. Siete hermanos nos suena ¿no? Y él era el más pequeño, el que hacía ocho, peeero… solo era medio hermano… porque su padre lo había tenido más tarde, estando cautivo…
-¿Qué es ‘cautivo’?
-¿Quién sabe lo que significa ‘cau…? ¡Tomás! ¿A que ahora mismo te planto un cero?
Los ceros, aquellos utilísimos artículos de lujo, lejanos de ser la nada, como su propio nombre indica. Precisamente su solo nombre indicaba mucho, y lo hacía un instrumento bien útil en la vida del profesor. Indicaba “Bueno, ahora dejo de dar la lata un poco porque, si no, me complico la vida; se está cabreando en serio.” De pie frente al pelotón, el profesor añoraba el poder persuasivo del cero, o aquel mucho más terminante de “¿A que te echo de clase?” al que realmente recurría de uvas a peras… añoraba cualquier procedimiento expedito con que reducir la clase a eso: a los términos de una clase compuesta de adolescentes. Añoraba aquel tiempo cuando un grupo de alumnos de catorce años sabía distinguir entre ser –o estar- revoltoso y comportarse como un idiota. Manolito Gafotas y su pandilla, que tienen solo ocho años, distinguen perfectamente el momento en que la paciencia de la sita ha llegado al punto de caramelo: “somos pesados, pero no tontos”, sentencia Manolito dando una muestra de sabiduría que efectivamente parece estar al alcance de un niño de ocho años. Pero que hoy día, en la enseñanza pública, queda fuera del alcance de los grupos de quinceañeros… Manolito y sus colegas son seres de ficción… Los alumnos reales, hoy día, son de otro modo.
El profesor, que en este caso es profesora, echaba de menos poder ser momentáneamente autoritario, en beneficio de todos los presentes. Pero para el concepto de autoridad ya no había cabida en una clase donde los estudiantes no tenían noción de él: no que lo rechazaran deliberadamente, sino que, desconociéndolo por completo, malamente podían interpretarlo. Así que al profesor únicamente le cabía tratar de no perder la dignidad, y echar de menos sus antiguos instrumentos de trabajo. Ver cómo podía arreglárselas sin el cero (¡un cero, qué risa, ya tengo siete!), sin el temible “¿A que te echo de clase?”, sin que al menos cada estudiante tuviera delante su propio libro, y un cuaderno donde trazar una viñeta de don Rodrigo durmiendo la siesta debajo de un árbol con Mudarrillo asomando… don Rodrigo –no sabes la que te espera- que se delata, y entonces Mudarrillo conque sí, conque eres Rodrigo de Lara, pues vas a ver quién soy yo: “¡Aquí morirás, traidor…!”. Fin de la historieta.
Arreglárselas con su propia soledad, con la soledad de sus pensamientos. ¿Y cuáles son los pensamientos del profesor? Pues, por ejemplo, el profesor medita con tristeza en que si el pelotón que tiene delante se comporta como se comporta no es porque todo él en bloque haya nacido tonto perdido, ni porque mancomunada y aviesamente haya decidido en algún momento amargarle a él la vida.
El profesor siente que ante él no tiene aquellos adolescentes que él tan bien conocía y conoce, esos que a veces actúan como niños y otras veces casi como adultos, personitas en ese estado intermedio y fluctuante en que aún eluden la responsabilidad siempre que pueden pero que, si no pueden eludirla, saben reconocerlo, y la aceptan. Esos que añoran la existencia de los Reyes Magos y quisieran prolongar la infancia engañada y tranquila que aún tienen tan reciente, pero que a la vez sienten gran curiosidad por lo que pasa en el mundo de los mayores, y la necesidad imperiosa de acceder a él cuanto antes. Los adolescentes. Esos extraterrestres. Que quieren que les sigan llevando de la manita y al mismo tiempo pugnan por soltarse de ella en busca de una autonomía a veces razonable, temeraria las más de las veces…
El pelotón que ahora contempla –medita el profesor– se compone mayoritariamente de criaturas aniñadas e inconscientemente arrogantes, avisadísimas en ciertos aspectos de la vida pero absolutamente inmaduras para dejarse enseñar lo que les correspondería estar aprendiendo a los catorce años; exigiendo sin fin que les adulen, que les mimen, que les consientan: jamás que les enseñen. Y sobre todo –fundamental para lo que nos ocupa aquí– casi completamente in albis respecto a los conocimientos previos que para ello serían necesarios. Ni el profesor puede trabajar como debería, ni el pelotón puede beneficiarse de la gran ayuda que hace tiempo él estaba seguro de poder prestarle.
El profesor medita en estas cosas.
En momentos de desconcierto y tribulación ha pensado mal del pelotón que tiene delante, de otros pelotones análogos; pero acabó por avergonzarse. Que parecen idiotas sigue pensándolo muchas veces, para desconsuelo suyo (le consuela, y al mismo tiempo le desespera aún más, saber que una pequeña parte del propio pelotón comparte su dictamen y está igualmente desesperada) pero a estas alturas se da perfecta cuenta de que el estado de cosas que induce a actuar así a un grupo de estudiantes de esta edad, y a otro, y a otro… difícilmente puede haber sido proyectado por ellos mismos cuando eran niños, ni puede ser que en el año de su llegada al instituto de improviso se hayan vuelto unos inmaduros ignorantes, groseros, gandules y pretenciosos. Lo que ocurre no es esto, evidentemente, sino que desde pequeños han sido encaminados a comportarse ahora así, e inocentemente creen que este es el modo normal de comportarse a su edad ante un adulto que viene a darles clase.
El profesor es mayor. Y procura tener presente que está muy feo en los mayores echar la culpa a los niños.
Y pensar que va a sentir gran tristeza, cuando los pierda de vista.¿Vivir en un mundo poblado sólo de adultos? Qué perspectiva tan poco apetecible… En realidad, lo que al profesor que en este caso es profesora le hubiera gustado es haber seguido siendo estudiante hasta hoy: será por eso por lo que siempre se ha sentido tan a gusto entre estudiantes. El profesor piensa en sus compañeros recién jubilados (cuánto disfrutan los muy ladinos, no hay uno que no tenga mil cosas en que emplear el tiempo y la libertad, para sí mismo y para otros), recién liberados de esta penosa, constante impotencia, del castigo de la diaria decepción. Piensa en ellos con afecto y con nostalgia, y siente que si ella les envidia en algo, tampoco ellos dejan de envidiarla un poco. Les sabe encantados de su nueva situación, pero reconociendo que echan de menos enseñar, seguir enseñando; por eso hay tantos que a modo de hobby ahora enseñan… a quien se lo pide, a quien se deja, a quien lo agradece…
Cómo no echar de menos la enseñanza. Cómo no añorar lo que más que nuestra profesión ha sido nuestra vida, sabiendo como sabemos que en pocos sitios se está mejor que en una buena clase con gente que quiere aprender y un profesor que quiere enseñar: quienes lo hemos disfrutado durante mucho tiempo sabemos qué lujo es ese. Y si los que están allí para aprender tienen alrededor de quince años, crea el lector que pocos trabajos habrá tan estimulantes en esta vida. Se pueden gastar energías a espuertas y no tener la sensación de que se está trabajando. Se puede pasar en grande, y así se lo ha pasado durante muchos años el profesor que hubiera querido seguir siendo estudiante para siempre, porque según es sabido ser estudiante y ser profesor viene a ser más o menos lo mismo. Pero para seguir siendo profesor ahora hace falta (no solo, pero primordialmente) una gran fortaleza física. Y es ley de vida que, aun quien la haya tenido, la pierda con la edad. A un profesor de la actual enseñanza pública no le hace falta llegar a la senectud para saber que las mañas y ligereza / y la fuerza corporal de juventud / todo se torna graveza…y que ya su energía, en estos tiempos modernos, resulta insuficiente. En realidad, a él tampoco le falta mucho para ir a pasarlo bien en otra parte… Y sabe que ese otro pasarlo bien no será sin nostalgia.
Aunque –medita el profesor– también es una gran verdad que hace ya mucho tiempo que ni sus alumnos ni él están en una buena clase con gente que quiere aprender (sí con un profesor que quiere enseñar: al profesor nada le complacería más, una vez que está allí). Siente un presagio de melancolía, sí, pero disuelta en un mar de escepticismo. El profesor, no nos engañemos, lleva demasiado tiempo gastando a espuertas la energía que ya no tiene sin apenas recibir a cambio sensaciones gratificantes. Hace tiempo que el ir a clase tiene para él un significado bastante menos amable –y menos noble– que el que solía tener: se trata sólo de trabajar para vivir, para cobrar a fin de mes. Como prácticamente todo el mundo… Y tantos, pero tantísimos otros, en condiciones peores… Es verdad. Habría que tener muy estrecha experiencia del mundo y de la vida –habría que permitirse una visión adolescente–para quejarse de semejante cosa. Y sin embargo… él sabe bien que en su caso el trabajo solía ser, a la par, disfrute. Él escogió una profesión privilegiada, que le venía como anillo al dedo. Y sabe que hizo bien, y así lo experimentó durante mucho tiempo… En cambio ahora…
Ahora hay que ir a trabajar como van tantas veces los mayores: sabiendo que es grande el esfuerzo que a uno le espera, y que va a resultar casi del todo inútil… que muchas veces, muchos días, de nada va a servir el llegar a casa exhausto. Se trata de hacer lo que es el deber de cualquiera… ir e intentarlo, de todos modos, y guardarse con pudor la melancolía. Pues sí, como es de razón. La vida es injusta a veces, a veces se hace ingrato cumplir con el deber. Así medita el profesor, acordándose de sus ausentes compañeros, y echándolos de menos… mientras sonríe para sus adentros evocando a la señora venida de Vallecas que, manifestándose contra la invasión de Irak, resoplaba apretujada y sudorosa abanicándose el sofoco, recibiendo empellones por todas partes, con los pies destrozados a pisotones y medio muerta de sed… pero aguantando el tirón. Ella no tenía delante a sus alumnos, sino que iba rodeada de sus iguales. Por eso meneaba la cabeza y recomponía el gesto como el profesor trata de hacer ahora, expresando en voz bien alta lo que él en este momento sólo puede pensar entre sí: ¡Ahú, ehtamoh tó lo mal que queremoh!
Pero la melancolía del profesor no le viene sólo de la conciencia de lo mal que está: de ahí vienen el disgusto, la desazón, muchas veces la rabia. Su inmensa melancolía proviene principalmente de una frustración que va más allá de lo personal. Es la melancolía de una época, tal vez una melancolía… literaria. El profesor enseña Lengua y Literatura castellana. Una lengua en la que seguirán hablando millones y millones de personas y una literatura que dentro de muy poco ya no leerá prácticamente nadie.
- ¡Fiiir-bé! ¡Presenteeen líbr! ¡Presenteeen Cuadérn!- Ahora hay que entrar en el aula así.
Entrar como si tuvieras tres veces más energías que ellos (¡a veces uno piensa que es verdad, viendo cómo aman la inercia, cuántas horas pueden pasarse sin hacer nada!) para que reaccione esa mitad que te recibe espachurrada encima de la mesa, la cabeza apoyada eternamente en la palma de la mano como si no se les sostuviera sola, y se calme la otra mitad que habla a gritos encaramada a las mesas de los otros, o se pelea en la parte de atrás, o saca más de medio cuerpo fuera de las ventanas y según llegas te propina un sobresalto que más vale tener el corazón fuertecito y los nervios bien templados.
Entrar jugando a tener aire marcial para afrontar con algún recurso el hecho de que al pelotón, por sí mismo, no se le va a ocurrir modificar en nada su conducta a causa de un acontecimiento por el cual no se sienten concernidos, que les resulta del todo insignificante: la llegada del profesor.
- ¡Fiiir-bé!
Gracias a Dios, cierta ingenuidad conservan:
- ¡Profe, eres una máquina!
Una máquina. Si supierais. Si supierais que estoy a punto de marearme, solo con entrar. Si supierais que esto que estoy haciendo me parece una ñoñería y una solemne memez (pero nos faltan meses, aún, para que pueda explicaros un poco de lo que pienso). Que si yo no estuviera resignada a trataros como tontitos infantiles y mimados saludaría como antes con un “Buenos días” y una broma cualquiera, tranquilizaría a dos o tres, y en un par de minutos habríamos empezado a trabajar. Si supierais que aquí solo yo soy consciente de que eso ya no es posible, y de lo mucho que con ello perdéis.
Si supierais. Con qué antipatía empiezo por dar estas dos voces que tanta gracia os hacen para obligaros a que os enteréis de que estoy aquí. Pero más esfuerzo me costaría perder los primeros diez minutos en nada, en exasperarme y aburrirme, en gastar mi tiempo y el vuestro con mala conciencia esperando a que os sentéis, a que dejéis de hablar, a que –solamente unos cuantos– saquéis cuadernos y libros, a que guardéis las lapiceras llenas de colorines que se caen todo el rato al suelo, a que dejéis de pasaros cosas, de enseñaros el i-Pod nuevo… Y, entre tanto, gritar, gritar, gritar con la potencia de voz que ya no tengo, para no conseguir nada en absoluto. Si supierais que no me acostumbro a la idea de que podáis actuar de esta forma pueril todos los días de vuestra vida, todos los días que llego a clase, qué desazón me producen vuestras caras de cansancio, vuestros ojos faltos de sueño, vuestra falta de reparo en despanzurraros así en público… el que no sepáis ni sentaros siquiera, y el que ya se haga imposible haceros comprender que en una clase no se puede estar así, a los catorce años…
Prefiero sentirme ñoña, aguantar la repugnancia que me inspira el daros coba y dejar las reprimendas para mejor ocasión, condescender y abandonaros como si tal cosa a vuestra tontería infantil, con tal de salvar lo poquito que se pueda, con que al menos no me os pongáis en contra; fingir que a mí también me hace mucha gracia entrar en clase con mi grito de guerra. Y a vosotros, por el momento, también os conviene más. A cambio de eso tal vez me escuchéis –tal vez– y os pongáis al trabajo unos cuantos minutos y podamos tener un poco de normalidad para los tres o cuatro que quieren aprender. Unos minutos de clase como la que tienen a diario tantos coetáneos vuestros de la enseñanza privada, esos con los que luego tendréis que competir…
- A ver, los que no tenéis el cuaderno: un negativo y a hacer los ejercicios –oh, perdón, las actividades– que hay en este papel. Seguramente os aburriréis, es una pena… Si tuvierais todos el libro, y el cuaderno…
- ¡Lo pasaríamos mejoooor!
- Eso es, insensatos.
- ¡Insensaaaatos, incaaaautos… Haced caso a vuestra anciana profesoooora!
- Pues sí… Venga, a ello. Vale, a ello. Venga. A ello. Vale…
Qué lástima que vaya a ser sobre todo por esto por lo que alguna vez, en un futuro instante de vuestras vidas, os acordaréis de mí… No porque en clase cantamos “Gerineldo” con la guitarra –Gerineldo Gerineldo, / Gerineldito pulido, / quien estuviera esta noche / sólo dos horas contigo…; ni porque fuimos de visita a los castillos a imaginar la Edad Media-¿a qué hora, la mi señora,/ me tendrá abierto el castillo? –Entre las once y las doce,/ cuando el rey se haya dormido… (picardías que ya no casan con la vuestra), ni porque entre todos representamos Fuenteovejuna muertos de risa, cada cual semidisfrazado según su personal inspiración; ni porque me imitabais entrando en clase con cuatro bufandas, varias carteras y una pila de libros inverosímil y maliciosamente inestable. Ni porque Garcilaso, y Bécquer, y Pablo Neruda os tocaron la fibra sensible a esta edad tan bonita que en realidad no estáis teniendo, y que ya no tendréis… Ni caso vais a hacer, cuando dentro de poco lo leamos: Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto… ¿Qué fruto, qué dulce fruto estáis cogiendo ahora mismo, qué significa en vuestro caso la metáfora?
Así que era esto, la melancolía cervantina. Eso es lo que el profesor medita ahora. Qué temprano ha llegado (como siempre). Sobrepasar los cincuenta, asistir a un cambio de época y ver que algunas cosas verdaderamente nobles del tiempo que uno ha vivido están llamadas a desaparecer, ver cómo van desapareciendo para no volver más, ante los propios ojos. Al profesor que en este caso es profesora le viene a la mente el espléndido libro de un compañero suyo de profesión –entre nosotros siempre ha habido gente de más valer, que no por ello desdeña enseñar en secundaria– titulado Cervantes y la melancolía. Compañero de compañeros, nunca fue compañero suyo, pero estos días su libro le hace gran compañía, por si el Quijote en sí mismo le hiciera poca.
No volverá a haber una enseñanza pública como la que conocimos nosotros. Pues aceptémoslo.
Pero, ¿y estos que están aquí conmigo? Ellos no pasan de los cincuenta, no tienen un pasado risueño y estimulante incorporado a este presente junto con todo lo que dura desde entonces; ellos deben aún construir sus vidas, y están perdiéndose lo mejor sin siquiera saberlo, y malgastando la edad inmejorable para aprender y el privilegio de poder ser enseñados. Desperdiciando la primerísima juventud –vuestra alegre primavera– que no por eso parece ser más excitante, ni más feliz, ni más provechosa, ni más llena de nada que la que vivió el profesor mismo, y tantas promociones de estudiantes que en su día pasaron por sus manos. Y esto ya no le corresponde aceptarlo al profesor.
Y aunque le correspondiera: no podría. Si estos fueran sus hijos bramaría de indignación. De una indignación que por momentos se alterna con la tristeza de ver tantos años juveniles echados a perder como van transcurriendo ante su vista sin que él nada, o casi nada, pueda hacer. Ahora mismo, por ejemplo, quedarse un rato mirando cómo juegan, y meditar. Aprender de la vaca Cordera a estar con los niños apaciblemente serena (nostalgia: el profesor que es profesora sabe mugir la mar de bien: en tiempos, esta solía ser una actuación de gran éxito, aparejada a la lectura de Clarín; otro lujo que ya no puede permitirse…) Aprender, pues, de la vaca abuela, a rumiar la soledad y la nostalgia por el tiempo pasado, esperando a que llegue la jubilación.
Y por fin, dejarlos para siempre. Pero… ¿con quién van a estar mejor? Nadie es imprescindible, cierto. Y sin embargo, otras certezas tiene el profesor en mente, cuando le toca rumiar. Certezas que son preguntas con respuestas evidentes. Pero vamos a ver, ¿Quién sabe más sobre ellos? ¿Quién, en ninguna parte, se habrá preocupado más por los alumnos de la enseñanza pública en conjunto sino precisamente nosotros, el profesor?
(continuará…)
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Amable lector:
No solo de melancolía vive el profe. Uno no puede mantenerse largo tiempo en estado melancólico sin caer en la amargura, y de la amargura él nunca ha sido partidario. Así que siguió yendo a clase a hacer aquello en que su oficio se había convertido, trató de explicar lo que estaba sucediendo con la enseñanza pública al mundo ancho y ajeno de fuera del instituto, comprobó que, sin hacerle mayor caso, la gente le tomaba por un quejica… y, como de esto tampoco es partidario, cuando muy pronto estuvo hasta la coronilla de hacer de involuntaria plañidera, se calló y se adaptó como pudo a lo que había.
Lógico. A la gente no le gusta que le hables demasiado de tus problemas. Y además, siempre que alguien ha vivido atribulado porque, viendo acabarse su mundo, pensaba que el mundo se iba a acabar, ha salido chasqueado: no se acabó ni una sola vez, y lo único que consiguió el interesado fue haber perdido tontamente el tiempo.
En todas partes se aprende. Durante una excursión de domingo el profe almorzó en un bar de pueblo que, satisfactoriamente adaptado a los nuevos tiempos, había sustituido los rótulos donde la voluntad de prohibir y la alusión a realidades desagradables habían quedado sustituidas por una admonición que a nadie podía ofender, ni siquiera molestar. Un único rótulo bien visible recomendaba: “En beneficio de todos, se ruega la mayor moderación”.
Eso es, pensó el profe, moderémonos; dejemos en paz a la gente. Pero hagamos algo con la melancolía, el descontento, los buenos recuerdos, la satisfacción de haber enseñado, la experiencia acumulada y compartida, la preocupación por el presente y el futuro de todo esto… Escribamos. Haber, hay mucho que decir: vayamos poco a poco diciéndolo por escrito, y así el que quiera leerá y el que no, se evitará que le den la lata. Al fin y al cabo el profe llevaba mucho tiempo predicando en clase la libertad radical que para el lector ofrece la lectura.
Y a lo que vamos.
Estas páginas son, y pretenden ser, un libro. Lo son porque el libro ya está escrito, pretenden serlo porque no está publicado. Su título es el que arriba se lee, Elogio y vindicación del profesor; su comienzo, los tres capitulillos melancólicos de que constaba la primera entrega de esta versión virtual –y que componen el apartado I- a los cuales seguía la promesa del ‘continuará’.
He aquí, pues, como continuación, el comienzo del apartado II.
Queda bastante libro, aún… Ahora trataré de buscar forma de publicarlo impreso. Como sé que, suponiendo que llegue a conseguirlo, no será pronto, si entre tanto el lector tiene la paciencia de volver por aquí alguna otra vez verá que se han incorporado más entregas. Y si al final no encuentro quien lo ponga sobre papel… pues no sé: tendré que pensarlo y dejar que, como hasta ahora, me asesoren los próximos. No se descarta que acabe entero en la red: mejor estará que en casa porque, como digo, lo he escrito para que se lea, para que lo lea quien quiera. Y ahora vamos a otra cosa.
A estas alturas huelga decir que estas páginas que por ahora solo llevan camino de folletón virtual no pretenden hablar objetivamente de la enseñanza: demasiado se ve que son un relato-meditación escrito desde dentro. Puede que al lector le parezca como a mí que la mirada subjetiva, si se orienta entre datos reales, posee una gran virtud aclaratoria tanto para quien se explica como para quien lee (sobre todo, por contraste con la de otros productos subjetivos que basados en fantasías más o menos ideológicas, se arrogan el estatuto de objetivos, consiguen ser aceptados como tales… y así nos ha ido a todos).
En fin esto es, fundamentalmente, un elogio y una vindicación de los profesores. Quizá el lector convendrá igualmente conmigo en que a los profes también nos gusta que se hable bien de nosotros: somos así… de raros. Y como elogiar siempre es agradable y elogiar con verdadero fundamento lo es mucho más, pues adelante…
Una última cuestión: la autora tiene poco interés y ninguna prisa en divulgar su nombre y apellido completos, pero tampoco intenta ser descortés ni esconderse tras un anónimo. Para quienes creen haberme reconocido, o lo creerán próximamente, en efecto las iniciales de mis apellidos son J D… y sí, soy Luisa. Soy yo, que me he metido a escribidora: mis saludos a todos. ¡Va por vosotros, queridos compañeros! (A quienes no me conocen, doy por sentado que para ellos el saber cómo me llamo exactamente es lo de menos.)
Y ya hoy nada más. Gracias, lector. Quedamos en que, por mí, hasta muy pronto.
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II. ANTES DEL ADVENIMIENTO DE LA LEY
Era un mundo de amigos. Tanto si el instituto era grande como si era más pequeño, solía haber dos bandos (esto ha seguido siendo así: se ve que es consustancial a la especie), de modo que en ese caso los grupos o digamos bandos de amigos eran dos. Y, dentro de ellos, estaban los grupos –generalmente no reducidos- de amiguísimos que no solo trabajaban juntos sino que juntos pasaban mucho tiempo fuera del instituto, y juntos hacían planes frecuentes de fin de semana y vacaciones.
Aprender, divertirse, enseñar, estimularse los unos a los otros: las aspiraciones, miradas desde fuera y desde hoy, eran modestas, sí, pero diría yo que como aspiraciones juveniles eran realmente sanas, y muy en especial si se miran desde ahora. El futuro al que (no) aspirábamos era igual al presente, y el presente estaba muy bien: un trabajo que nos gustaba y que por tanto nos resultaba fácil, compañeros agradables, un sueldo que era el único que habíamos conocido (ya llegaría el momento de pensar en ser pagados con mayor justicia), y muchas vacaciones. Viajar. No había nadie que no aspirara a eso. Viajar y conocer. Y para todas estas cosas se necesita tiempo libre. ¡Cuánto amábamos nuestros horarios de trabajo, cuánto las largas vacaciones de la enseñanza, que a nuestro entender deberían ser las de todo el mundo!
Llegamos muchos, de golpe, todos jóvenes. No tardamos en conquistar nuestro lugar y en labrarnos una atmósfera en la que respirar a gusto.
Dudo que en ningún otro ambiente se hubiera podido encontrar mayor número de lectores. (Aquí quiero hacer un excurso dedicado a la inolvidable Margarita, profesora de Física y Química y una de las lectores más voraces que he conocido, cuyo excelente criterio literario admitía desde los clásicos consagrados hasta lo que un estudioso juzgaría pacotilla. Su clasificación de los escritores ha seguido pareciéndome formidable para siempre. Era en dos grupos, a saber: el de los que le gustaban a ella y el de los pesaos. No puedo imaginar un criterio mejor para un lector maduro. ¡Salud, Marga, donde estés, ojalá que volvamos a encontrarnos!)
Como además, naturalmente, no teníamos pensado envejecer… qué más queríamos. A ninguno de mis compañeros de entonces me lo hubiera imaginado yo desempeñando otro oficio. Y no me parecía extraño, ni reparaba siquiera en ello: me doy cuenta ahora. Entonces me parecía lo natural o, para más precisión, no me parecía nada; simplemente nosotros éramos profesores igual que éramos hombres, o mujeres: era nuestra manera de estar presentes en el mundo. Creo que nunca se me ocurrió que alguno quisiera cambiar de profesión, que lo que hacíamos pudiera dejar de gustarnos.
Nuestro tiempo transcurría enseñando, aprendiendo, pasándolo bien. Tanto en el instituto como fuera de él: vivíamos en una especie de intercambio continuo de entusiasmos, el que cada uno sentía por aquello que enseñaba.
Yo recuerdo tardes en la Alhambra -¡cuando pienso que fue así!- o mañanas de domingo en las que Juan nos explicaba, de aquella maravilla, hasta el significado de las inscripciones árabes que para él, oh asombros del saber, no eran jeroglíficos. Recuerdo a Antonio organizando una semana cultural en el pueblo adonde acabábamos de llegar –entonces no había Casas de la Cultura- y obligándome a dar una charla sobre Quevedo, Dios qué vergüenza: hala, a repasar Quevedo entero… Desconfiábamos –pero daba igual- del éxito que pudiera tener la cosa. ¿Les interesaría, a los del pueblo?: hasta la bandera. De no haberme obligado él, yo nunca hubiera salido a hablar en público; y sin embargo me sirvió para perder el miedo a expresarme ante un auditorio no compuesto de estudiantes. Me siguen imponiendo, esos auditorios, y donde verdaderamente me siento a mis anchas es viendo caras adolescentes, pero en todo caso, cuando me toca hablar ante personas mayores pienso en Antonio y me lanzo… igual que entonces.
Recuerdo que Mariantonia, explicándome el proceso de formación de las margas de Despeñaperros, me descubrió la belleza de las piedras. Desde entonces he sido admiradora y hasta un tanto coleccionista, gratis total, de sugestivas esculturas naturales. Mariantonia, otra lectora voraz. Era geóloga de formación, pero a los bichos nos los describía como si fueran amigos suyos. Gracias a ella incorporé yo a las lecturas que recomendaba en clase Mi familia y otros animales, junto con otros títulos no menos atractivos para un adolescente, y que yo desconocía.
Recuerdo tardes con Teresa –en Esteiro, no era en Barcelona- cogiendo setas con los nombres más bonitos del mundo; recuerdo cómo Rosa me descubría otros nombres cautivadores de flores y de hierbas, que parecían provenir de un Macondo gallego –herba da fame, herba de namorar:.. aún siguen aquí conmigo, entre páginas de cuaderno- mientras paseábamos por los montes de Serres, y ella, a la vez que nombraba las hierbas, trazaba perspicaces apuntes sociolingüísticos sobre la gente que asistía –que asistíamos- a sus clases de gallego en el Ayuntamiento. Y en gallego Cristina nos contaba nuestros cuentos tradicionales, la mayor parte de los cuales desconocíamos; y canciones, y dichos, y leyendas, y refranes…
Alicia daba inglés –entonces no impartíamos docencia: solo dábamos clase- pero a mí me enseñaba la gramática alemana. Ya la he olvidado casi toda, Alicia; pero sí siguen en mi memoria muchos nombres de cosas de la casa, que tú me hiciste rotular con papelitos. Aún hoy, muchas veces, miro hacia la ventana y, acordándome de ti, -¿Dónde estarás? ¿A quién le contarás ahora cómo es Montevideo?- digo ‘Das Fenster’, y tengo un movimiento de alegría.
Yo en casa conservo traducciones manuscritas de las que no me desharé jamás. Luz: no he olvidado nunca que tuviste la generosidad y la santa paciencia (solo más tarde supe lo que valían) de traducirme relatos del inglés para que yo los empleara en clase. A Paz, que era socióloga, le apasionaba el cine clásico. Daba filosofía, y pertenecía a esa clase de personas con las cuales la charla cae siempre del lado intelectual sin que uno se dé cuenta: era su forma de charlar informalmente. En su casa vi mis primeros grandes clásicos del cine. Luego, detrás, con sucesivos y numerosos compañeros también cinéfilos, vinieron muchos otros…
Ricardo amaba la música, y tocaba el piano. Daba filosofía… Federico estaba loco por la ópera, y no podía evitar instilarte el venenillo, así que, en este caso, dos pájaros de un tiro: tú, que ni conocías la ópera ni sabías gran cosa de italiano, empezabas a emplear –y a compartir- el tiempo libre oyendo grabaciones y leyendo los libretos. No hacía falta estar en una gran ciudad para sentirte estimulado, si convivías con aquellos compañeros. Y años después, cuando dejada atrás la vida retirada podías, por fin, ir a oír y a ver la ópera, no sabías qué te hacía disfrutar más: si lo que estaba pasando en el escenario o la marea agradable de recuerdos. O tener al lado a Pilar, profesora de historia, una de las más intensas amantes del conocimiento en general, y de la ópera en particular, que han existido en el universo.
Entre los tesoros de mis cajas y carpetas también hay retratos a lápiz, o a tinta, que te hacía “la gente de dibujo”: de Carmen tengo uno mío, hecho en aquellas tardes de charla y sobremesa; de Abelardo, los retratos de un grupo de COU entero, un folio único en todos los sentidos de la palabra. Por cierto, que en esos retratos –y lo mismo sucede con las fotografías antiguas del cuaderno del profesor- se aprecia una madurez física chocante. Nuestros alumnos de entonces, con dieciséis o diecisiete años, tenían el aspecto y la expresión de un veinteañero de ahora. Es algo que llama mucho mi atención siempre que los miro, y que no deja de ser indicativo, según creo. De Rubén tengo, además de un grabado que me regaló, un retrato de lujo: el de Gonzalo Torrente Ballester, nada menos. Pues si ponías en marcha una revista de instituto, allí estaba Rubén para ilustrar lo que hiciera falta sin reparar en tiempo ni en esfuerzo (¿pero era esfuerzo, aquello?)
María Teresa, que daba Francés, te animaba a que tradujeras junto con ella (pues sí, ese curso me tocó dar francés, además de literatura española; sobrevivimos todos, aunque segurísimo que no fui la profesora ideal, pero entonces en la enseñanza se podía no ser ideal sin sentirte una piltrafa). Qué pasatiempo estupendo, traducir a dúo: qué de ratos placenteros, qué de tropiezos, cuántos momentos de absurdo y carcajada de donde resultan complicidades imprescindibles y entrañables… Luego María Teresa insistía y tú acababas yendo a París en viaje de estudios –¡y aún más de placer, naturalmente!- anudando así amistades que habían de acompañarte toda la vida. Por mi memoria pasa ahora Alfonso identificando las estrellas, desgranando aquellos nombres luminosos en una noche de primavera entrada…
De Raúl, profesor de Química –cuántas noches, cuántas charlas- tengo una tabla “peryódica” con imaginativos nombres para cada uno de los elementos y con una caricatura asociada a cada nombre: he usado esta tabla durante años para explicar la función creativa del lenguaje. Mi primer viaje a Inglaterra fue un intercambio de instituto acompañando a Ana, que me enseñaba a decir lo elemental en inglés, porque yo no sabía nada. Y no era broma, allí, no saber inglés: en la Torre de Londres se nos perdió una alumna durante varias horas (Ana, ¿te acuerdas?) y aquella joven profe valerosa –vista desde hoy, jovencísima para la responsabilidad que se había echado encima- no tenía otra ayuda que la mía, prácticamente muda. Cómo podíamos atrevernos a aquellas cosas… A quien hoy pierda a una alumna en Londres por unas horas, mejor recomendarle arrojarse al Támesis directamente: muchísimo más digno y más estético un suicidio folletinesco que la orgía de histeria mediática –o sea aniquilación por linchamiento- que le espera a la vuelta si por desdicha a la niña le pasa algo…
Aquí están los vinilos: las canciones tradicionales catalanas cantadas por Serrat, María del Mar Bonet, grandes del jazz, romances, Jacques Brel… Evocarán para siempre a Luis A., y junto con él, a Marisa, queridos entusiastas, nuevos heridos de amor a la literatura incorporados a las compañías que ya serán para siempre. Los viajes a Italia, a Francia, a Holanda… a donde nos aguardaban la literatura y la historia y la pintura y la charla y los paseos por los bosques de Europa; con ellos, y con tantos más, monasterios, iglesias románicas, ermitas visigóticas… Asociado con Luis A.. y con Marisa, y con las literaturas todas, con los viajes y los paseos y las charlas, otra compañía cercana para siempre: Luis R., ingeniero de caminos metido a profesor, el hombre que lo sabía… todo, aunque no sabía cómo había hecho para saber tanto… Y después Delia, y Esperanza, y Antonio, y Concha; Blanca, Isabel, y Miguel, y antes Braulio, y Miguel y Rosa juntos; y mucho antes Rafael, y más tarde María, y Joëlle, y Ana, y Pablo, y Elena, y Carmen y Reiné, y luego Nuria… Fueron tantos, son tantos… que tengo que conformarme con evocar solamente a unos pocos. Mis sucesivos compañeros de trabajo los profesores de instituto, amigos de privilegio, queridos amantes de la vida buena y de la buena vida con los que verse a diario y compartir el tiempo, amadas gentes siempre generosas de lo que eran y de lo que sabían… Hablo aquí en pasado porque, aparte de que a los más recientes no los nombro, muchos de los que nombro ¡ay! Me los han alejado el tiempo y la distancia, inevitablemente; pero segura estoy de que no han cambiado mucho, a juzgar por cómo siguen siendo los que han continuado estando próximos.
- ¡Oh! Idealizas…
- ¿Sí? No creo. Esta antigua profesora de materias que no eran la suya ha tenido siempre la manía de la escritura. Y todo esto lo recuerda, pero si no lo recordara no tendría más que ir a buscarlo a donde están los dibujos y los cuadernos de años y de lugares sucesivos –de hasta ocho institutos diferentes de las cuatro esquinas del mapa, más el centro- donde menudean las anotaciones a propósito de excursión, cena, visita, Generalife, en San Baudelio de Berlanga, comilona, paseo al faro de Louro, a buscar setas, comida, San Pantaleón de Losa, vuelta de Grecia, por los montes de Serres, con Carmen y los niños pintando camisetas, intercambio con Brighton: apuro en la Torre de Londres, disfrazados para la fiesta de fin de curso, alemán con Alicia, escuchando Don Giovanni, Les bas fonds en casa de Paz, en París con Mª Teresa…, etcétera, etcétera, etcétera.
Metida entre las hojas de un cuaderno lleva diecinueve años una felicitación de Navidad. Es de Carmen, “la de Dibujo”, cuando ya había mudado de paradero y antes de que acabáramos por perder el contacto (¿volveremos a vernos, Carmen?). Un diablete gamberro, fumándose un cigarro, mira al espectador con cara de malicia. Está plantado ante el caballete, y en la mano sostiene la paleta: su imaginación se debate entre pintar un esquemático abeto adornado de bolitas o un portal de Belén elemental, con las tres figuritas indispensables (el diablo no quiere trabajar mucho: quiere sencillamente pasarlo bien y trabajar lo necesario). Feliz 1990. Por detrás, el texto escrito a mano termina dirigiéndose a mis hijos con “besitos de todos los colores…” Cómo me encanta pensar que, si esto que escribo llega a publicarse, tal vez a más de uno aún pueda volver a verlo…
Ya entonces teníamos cierto sentimiento de culpa por pasarlo tan bien… Algunos conocidos nos reprochaban nuestras vacaciones con verdadero ensañamiento, como si las hubiéramos instituido nosotros, o como si se las hubiéramos robado a ellos, que, por lo demás, también solían ser licenciados. Hubiera bastado con responderles: - Pero tú también podrías ser profesor… esto no es nada exclusivo. En cambio, no. Mis compañeros no solían responder así, sino más a la defensiva, como pillados en falta: era quizá un avance de lo culpables que un día habrían de sentirse.
Desde luego –y esto podrá deducirse fácilmente de lo que aquí voy contando- nada había más lejano a su intención que el convertirse en apóstoles y mártires. No se tomaban “la vida en serio” en ese sentido, no se atribuían a sí mismos tal trascendencia… En cambio, parece que sí podemos afirmar que a apóstoles quisieron meterse otros; en cuanto a si hubo mártires… eso lo dejo al pudor de cada cual, pero ¡ay de aquel a quien la salud no le haya acompañado en estos últimos tiempos!
Yo, en fin, tengo perfecta conciencia de que casi todo lo que sé, poco o mucho que sea, lo aprendí principalmente de mis compañeros –no en el colegio, ni en la Universidad, ni por cuenta mía buscando, sino principalmente a instancias o a través de ellos. ¡Sabían tantas cosas, entre todos, y les gustaba tanto hablar de ellas!
Por eso ningún apóstol fallido puede venir ahora a contarme a mí que en realidad durante años y años estuve compartiendo trabajo y tiempo libre, y ganas de vivir… con una panda de sosos, de gente roma y estrecha de miras además de apocada y asustadiza, incapaz de entender los misterios del saber y de la educación… ¡Incapaces de reciclarse, incapaces de motivar, aquellos grandes amantes de la diversión que no tenían afición mayor que enseñar y aprender, precisamente! ¿Aquella gente despierta, de vitalidad atractiva y dinámica, desprejuiciada y abierta a todo lo nuevo, dedicada a disfrutar de su profesión y despreocupada de escalar en la vida porque con lo que hacía estaba más que satisfecha? ¿Aquellos eran en realidad los causantes futuros de la liquidación y el derribo de la enseñanza pública?
Venga, hombre. Un poquito de honradez, ¿no?, en el diagnóstico.
Fue uno de nuestros caballos de batalla. Porque llegamos, por ejemplo, a institutos de ciudad donde los catedráticos tenían reservada su propia zona en el bar de profesores (compartir el bar con los alumnos era cosa que allí a nadie se le pasaba por la cabeza). El catedrático daba clase de 9 a 12; tú conciliabas por ejemplo hijos pequeños con una jornada laboral repartida en mañana, tarde y nocturno: era una vida loca. Empezamos a protestar, a pedir moderación en los privilegios.
Protestar contra un autoritarismo realmente rancio. Recuerdo una polémica memorable sobre si hacer o no mixto aquel instituto, que aún era solo femenino. Memorable, digo. No era moco de pavo, una polémica en aquel sitio. Muchos serían clasistas y anticuados, pero qué categoría. Parece que lo estoy viendo: la directiva en el escenario del salón de actos, que era un teatro ni más ni menos, y los demás allí abajo… Los argumentos iban y venían de arriba abajo, de abajo arriba y en horizontal, pero en todo caso a una altura que hoy daría yo cualquier cosa por escuchar en un instituto. Ahora ya no hablamos. Rellenamos papeles que no va a leer nadie…. Y en el bar, a la hora del recreo, forcejeamos con los alumnos para que nos sirvan el café antes que a ellos los bocadillos: veinticinco democráticos minutos de melée en medio de un griterío ensordecedor significan que a menudo resulta preferible quedarse sin café, a cambio de un poquito de descanso. Pero pedir otra cosa que poder retirarnos discretamente nos valdría el sambenito de defensores de privilegios…¡Vade retro! ¡Va de resto!, que decía el personaje de Buñuel… A callarse.
En el primer instituto adonde yo llegué todavía mandaba el cura. Era un instituto de pueblo, y aún no se concebía poner en cuestión la autoridad natural. La cuestionamos. Era una autoridad que habíamos disfrutado a fondo, y sabíamos que a este país empezaba a no hacerle ninguna falta.
Autoridad para nosotros, en tanto profesores, no reclamamos: ya la teníamos. En realidad nuestro problema fue más bien el inverso…
Casi todos los padres eran mucho menos conscientes que nosotros de que habían cambiado los tiempos y, verdaderamente, para ellos y para sus hijos apenas habían cambiado: así que ya era hora de que cambiaran. Nos pusimos a ello y, gracias también a la ayuda que de forma natural proporcionaban las circunstancias, lo que conseguimos no estuvo mal, y se prolongó durante años… nuestros años dorados de la enseñanza pública.
Sí. Durante mucho tiempo tuvimos gran autoridad sobre los adolescentes, autoridad en el sentido mejor de la palabra; no porque nadie nos la diera –que sí nos la daba el ambiente, aunque nosotros de esa autoridad ambiental más bien insistiéramos en desprendernos-, sino porque siendo alguien que está por encima, que debe mandar y dirigir sin necesidad de que se lo reconozcan los jueces –pues eso era entonces un profesor- teníamos una edad no lejana a la de ellos, les tratábamos con mayor camaradería y confianza que sus padres, y sabíamos muchas cosas que sus padres no sabían. En institutos de ciudad, con alumnado numeroso, a casi todos nos ha ocurrido que los primeros días el conserje nos tomara por alumnos. Nos encantaba esa posición como intermedia en que nos movíamos, y nos facilitó mucho las cosas.
Sabido es que un adolescente tiende a fiarse más de alguien cercano en edad que de ninguna persona mayor, por próxima que sea. Y si aquel alguien cercano en edad le hablaba de literatura, de historia, de filosofía, de cine, de viajes, de juergas, de sus tiempos de estudiante… todo ello de tú y sin circunspección… he aquí el contenido del prestigio que ni se nos ocurrió que estábamos disfrutando, y que mucho después descubrimos que –siendo el que a la enseñanza le interesa- nos lo había arrebatado la ley nueva y el nuevo medio ambiente. El que carezcamos de prestigio (social, lo llaman) ante los señores y señoras que van por ahí conduciendo prestigiosos 4x4 –“cortijos imaginarios”, según Antonio Elorza-, a la enseñanza en nada tendría por qué afectarle, con tal de que padres y madres sean prudentes en casa y tengan conciencia de que de las cosas del instituto saben menos que nosotros; con que pongan atención a la hora a la que se acuesta su hijo, y con que vengan a preguntar educadamente por él cuando sea necesario o conveniente.
A los padres de entonces nadie les daba alas. Teníamos que dárselas nosotros. Encontraban inapropiado que sus hijos nos trataran de tú, ¡qué tiempos!... Pero imponer el usted realmente ya resultaba forzado: teníamos solo veintitantos años. En cambio el tú quedaba perfectamente natural, y esto era lo que buscábamos entre todos. ¿Te acuerdas, Cristina, de aquella madre que vino a hablarte de su hijo, que era mal estudiante, y te animaba con energía a que le dieras un cachete “si hacía falta”? “Vosté déalle, déalle”. Estaba en COU, el muchacho… Era un tío estupendo y, a todo esto, nos sacaba la cabeza… Con expresión eternamente risueña, razonaba sobre su propia situación como un hombre cabal, al explicar por qué nunca estudiaba: “Pero mujer, tu tranquila… tú no lo pases mal, no te preocupes… ¿No ves que yo el año que viene me voy a ir a la mar?... ¿Para qué quiero saber la esa, la metáfora? Tú me lo cuentas y yo lo oigo, y ya está… ¿No ves que mi vida ya está pensada? Yo este año aquí estoy bien… No te preocupes, tú no te preocupes…” Naturalmente, ni mucho menos pretendía que le aprobáramos. Tampoco la madre. Pero ella quería que, ya que estaba en un sitio adonde uno iba a estudiar, él hiciera buen papel y estudiara… Bendito sea el recuerdo de aquellos padres.
Empezamos a conocer muy bien a los adolescentes. Algunos no tardaron en estar dispuestos a contarnos ciertas cosas, no todas, claro: digamos las que le cuentan a algún hermano mayor; y cobramos gran ascendiente sobre ellos. Veníamos de fuera, del mundo desconocido; éramos, como personas, gente moral: no enseñábamos nada inmoral ni con nuestra apariencia ni con nuestras vidas ni con el contenido de nuestras clases. Ellos y nosotros sentíamos que en nuestras manos estaban bien. Éramos algo a medio camino entre la autoridad paterna y el amigo al que se le pueden confiar ciertas cosas que en casa serían “fuertes”. Se nos veía ir de juerga, a veces decidíamos que alguna lección era un rollo que servía para poco y decidíamos saltarla… (pues, por supuesto, de parte de ellos era impensable que nadie discutiera los programas o las lecturas, así que empezamos nosotros mismos a podar por donde parecía sensato).
Nos tocó esta labor e, insistamos, el resultado fue bueno. Establecimos gran camaradería con los alumnos sin por ello dejar de estar “socialmente” en nuestro sitio. Como cada vez iba habiendo más institutos, y por tanto mayor número de estudiantes de secundaria, colaboramos en gran medida al cambio que se fraguaba en el país…Y en cuanto a las tensiones, las gamberradas, la haraganería, los suspensos –los cuales no han gustado nunca a los estudiantes, es más, a aquellos les causaban mucha más preocupación que a los de ahora- los roces inevitables entre un grupo de gentes que conviven a diario se iban resolviendo como se resuelven en tantos otros ámbitos de trabajo: poco a poco y sin que la sangre llegue al río.
Era la ley, y la costumbre.
Con un grupo que yo tuve durante los tres años del BUP recuerdo que, al margen del programa, por decisión mía podían elegir para trabajar en clase lecturas de otro tipo que presentaban la ventaja de ser más fáciles y, por otro lado, la de estar más cercanas al interés del quinceañero. Naturalmente, se acostumbraron. Así que cuando llegó el COU con solo clásicos españoles del siglo XX, de donde no nos salíamos porque ahí el tiempo apremiaba y era necesario limitarse a leer y comentar solo esos autores, al empezar con el tercero o el cuarto una de mis alumnas me miró con desánimo pero con confianza en mí y dijo resignada: -Desde logo este ano, non hai un con xeito (desde luego este año, no hay ni uno apañao)-, ¿Te acuerdas, Rosa, con qué sentido de lo prudente y posible opinabas tú, y con qué naturalidad te escuchaba yo, que en absoluto me sentía presionada por tu actitud y que, por lo demás, carecía de autonomía para cambiar aquel programa?
Había una madurez en aquellos adolescentes (hasta sus fotografías la dejan ver, como ya he dicho) y un ambiente en sus casas, que los profesores de ahora no pueden ni imaginar. Como jamás, ni en la más loca pesadilla, hubiéramos nosotros imaginado que un día nuestros compañeros saldrían en los periódicos a título de gente maltratada (mártires sin haberse propuesto hacer de apóstoles), que llegaría a existir tal cosa como un “Defensor del profesor” o que acabaríamos teniendo que acudir a los tribunales para que, si en clase está prohibido sacar el móvil, la profesora que lo retira –tal como está obligada a hacer por el reglamento de régimen interno- no quede expuesta a que la insulten y la amenacen.
No se trata de cultura: nuestros alumnos de entonces, muchos de ellos, tuvieron padres notoriamente más ignorantes que los actuales. Se trataba de educación, es decir, de prudencia y contención, de ausencia de atrevimiento. Y sobre todo, ¡ay!, de que la ley no fomentara la adulación barata y la democracia de pega que en lo sustancial, en lo que más importa, no beneficia a nadie: tenga usted a su hijo hecho un zopenco y diga que tiene problemas de aprendizaje y que encima el psicólogo tiene que trabajarle la autoestima en vez de que alguien le haga el favor de ponerle en su sitio para que deje de comportarse como un tirano malcriado al que desde que nació nadie ha tenido el buen juicio y la valentía de pararle… Y ahora le viene la profesora con que el móvil se lo lleva ella para entregarlo en Jefatura de Estudios, sí hombre: mañana vienen mis padres y te vas a enterar, mentecata insolente, tú no sabes a quién te has atrevido a quitarle el móvil. Elabórese un democratiquísimo reglamento de régimen interno y apruébelo un Consejo Escolar compuesto por profesores, alumnos, padres y personal no docente… y luego, cuando la profesora lo aplique en clase, permítasele al chiquillo y a sus papás venir a discutir su autoridad y a exigirle explicaciones sin que nadie les dé con la puerta en las narices. ¿Que tampoco la directiva del instituto le da la razón? No dé usted su brazo a torcer… insista, a ver si consigue que algún otro padre de la asociación se sienta ofendido por tamaña arbitrariedad e insulte a la profesora e incluso le envía cartas amenazantes… y así hasta los tribunales. Ahí, por fin, como el juez no está al tanto de los nuevos catecismos pedagógicos, queda claro que la razón la tenía la profesora. Se necesita una sentencia judicial, hay que fastidiarse. (Paciencia, este pobre juez no se da cuenta de que está obsoleto: habrá que reciclarle).
Veníamos de un tiempo en que la vida se planificaba poco. En general, a la edad en que fuimos estudiantes, no nos habíamos planteado si nuestras carreras tenían “salidas”. Cada uno había hecho la suya; a continuación, aún muy joven, había entrado en la enseñanza; y allí estábamos. Como en tantas otras cosas, fuimos en esto una generación espontánea. Y más espontánea, aún, en lo que se refiere a cómo enseñar. En general, la lucha con los alumnos era con ellos, y con nada externo: era la de siempre. Lado de aquí: a ver si te aprendes todo esto, a ver si puedo explicar hoy un poco más, a ver si me prestas atención otro par de minutos que ya sé que me estoy alargando mucho, no he calculado bien, hoy estoy rollo; lado de allá: a ver si puedo estudiar un poco menos, a ver si esto no entra en el examen, a ver si te distraigo para que no lo expliques, a ver si te camelo con esta otra preguntita, a ver si me perdonas las dos décimas… Nos pusimos a lidiar con ellos con lo que habíamos aprendido cuando éramos alumnos y nos tocó lidiar con nuestros correspondientes antecesores.
“Los profesores nuevos llegan perdidos”, se lee ahora en un diario cualquiera de cualquier día (por ejemplo, EL PAÍS, edición digital, 24 de abril de 2007). Es un diagnóstico de experto –exaltado a titular- donde destella una vez más el aire de compasiva superioridad de aquel que juzga y la mísera y lamentable condición de los juzgados. El experto es psicólogo y pedagogo, por supuesto: la autoridad competente. Igual que por supuesto era militar aquella famosa autoridad competente que tanto se demoraba en llegar al Congreso. Mira por dónde: la autoridad competente militar no pudo dar el “golpe de timón” que por lo visto el país necesitaba, y en cambio la autoridad competente psicopedagógica se hizo con el poder y dio su “golpe de timón” sin despeinarse, lo que son las cosas… Pero vayamos al grano: ¿En qué sentido llegan perdidos los profesores? ¿En dónde y por qué se pierden? ¿Se han perdido ellos, realmente? ¿Por tan poca cosa como llegar a un instituto o a un colegio? ¿Qué les pasa: no saben Física, no saben hablar, no saben coger una tiza o manejar un mapa, no conocen el DVD ni el ordenador, no saben explicar su asignatura, plantear preguntas, dirigir prácticas? Qué raro es todo, ahora. Volvamos al pasado.
Nadie nos enseñó a enseñar. Fuimos dando palos de ciego, y seguro que al principio lo hacíamos peor. ¿Peor? Lo hicimos como habíamos visto hacerlo. Otra cosa quizá no, pero tiempo en las aulas habíamos pasado (ventaja grande de nuestra profesión: que a nadie pilla de nuevas). Y entre nuestros maestros los había habido flojitos, pero también había habido pedagogos admirables.
La primera vez que yo di clase en un instituto las únicas asignaturas que enseñaba eran latín y griego. Por entonces una y otra se daban en serio, y cualquiera que haya enseñado latín o griego hace treinta años y siga haciéndolo ahora sabe de qué estoy hablando. Pero no había nadie que me dijera lo que tenía que hacer. Allá yo: se suponía que estaba preparada. Y con razón, creo. Tus propios estudios de Bachillerato más los de Filología Románica te preparaban para enseñar latín y griego aun cuando esa no fuera tu especialidad, si habías estado un poco atento. Cierto que yo me quedaba traduciendo a Homero a veces hasta altas horas, pero también eso se te suponía: que si necesitabas suplir carencias, te las arreglarías. Los comienzos siempre son difíciles.
No por eso me sentía en inferioridad de condiciones ante los alumnos, pues en todo caso yo sabía mucho más que ellos, que no sabían nada, como yo cuando estaba en su lugar… exactamente igual que ocurre ahora, por mucha Internet que tengan en su cuarto. En inferioridad de condiciones, maniatada e impotente me sentí mucho después, cuando entre otras cosas ya llevaba un montón de años enseñando mi propia asignatura y además conocía toda clase de recursos para darla a conocer y para suscitar el interés por sus incontables atractivos
¿Cómo eran, entonces, las condiciones de trabajo? Bueno, pues normales. A mí me lo parecían. Había que trabajar bastante en casa, pero luego en la clase se enseñaba razonablemente. Los chicos me escuchaban casi todo el tiempo, igual que yo a ellos cuando hablaban. Unos aprobaban, otros suspendían –como siempre- pero las horas que pasábamos juntos eran agradables. Lo que no se entendía se explicaba otra vez, y aunque algunas nociones les resultaban muy difíciles, nadie ponía en cuestión ni las clases ni la asignatura ni a mi persona. Al contrario: se te estimaba porque, tratando de acercar las cosas al punto de vista de un quinceañero, contabas historietas para rebajar la sequedad de las declinaciones, que en todo caso nadie te reprochaba tener que aprenderse. Desde luego que unos las estudiaban y otros ni se lo proponían, pero –contrariamente a lo que ocurrió después- nadie pensaba que tú eras culpable de que la asignatura figurara en el Bachillerato, ni de su grado de dificultad ni de ignorar que no servía para nada…. Así que en condiciones en principio desfavorables –inexperta y no especialista- yo enseñaba y ellos, si estudiaban, aprendían, y se estaba bien en clase.
El que un profesor no esté preparado al punto de dominar su materia –aun siendo mil veces preferible el que sí lo esté- no tiene por qué interferir demasiado en la enseñanza. Es cuestión de tiempo, y en general el profesor –bien entendido que no estarán todos dotados de igual talento o habilidad, como en cualquier profesión- aprende progresivamente sobre su asignatura, y sobre cómo enseñarla, justamente con la práctica, conforme va ejerciendo: muchos aprendizajes se producen así; y solo así, básicamente. En fin, pretender enseñar a enseñar a aprender a aprender a quien lleva algo de tiempo ya enseñando –en cuanto no sea hacerle alguna sugerencia sobre aspectos particulares- no pasa de ser arrogancia mezclada de ingenuidad, y un esfuerzo inútil por ambas partes. Últimamente puede leerse cómo algún profesor universitario lo llama estafa, directamente. No seré yo quien le desmienta, si bien encuentro que el juicio está formulado de manera un tanto desabrida (con todo, se comprende: estaban tan tranquilos en la Universidad y ahora ven las orejas al lobo; suerte sería, si llegaran a tiempo de evitarlo, pero mucho me temo que no será…) Y sí, es una gran vaciedad, esa pretensión: enseñar a enseñar a aprender a aprender… Vamos a ver, ¿a qué me suena a mí esto?... Pues a lo mismo que he visto hacer, sin llamarlo así, a todos mis compañeros de más de treinta años: a los que acabo de describir y a tantos más cuyo prototipo serían estos pocos (y que a su vez aprendieron de sus buenos maestros, aunque de estos últimos no aprendieron a hacer trabalenguas con estas cosas: a ellos no les hubiera parecido serio).
… Sí interfiere mucho, en cambio, que a los alumnos, o al propio profesor, les hagan creer que este no está preparado, que no está a la altura, que está en posición de inferioridad en algún sentido. A mí –como a tantas personas de mi generación- me dieron clase en bachiller no una, sino bastantes profesoras pésimamente preparadas. Aprendí poco, pero mucho más de lo que se puede aprender en una clase donde los estudiantes traen asimilado el derecho a despreciar lo que se enseña (y a quien viene a enseñar) sin siquiera esperar a que la clase empiece. El derecho a considerar al profesor un monigote que tal vez posee saberes, pero anticuados e inservibles.
En cuanto a los profesores que llegan ahora, y que según los titulares llegan perdidos, si uno lee más allá del titular encontrará que en opinión del experto necesitan que se haga con ellos lo siguiente, en palabras textuales: “…lo que se llama una inoculación de estrés, esto es, aumentar su tolerancia ante los conflictos.” Acabáramos… Es que yo creía que se trataba simplemente de querer ser profesor, pero resulta que no es eso. Desde luego los antiguos hubiéramos salido todos corriendo nada más oír decir estrés, uno de los horrores que nos llevaron a descartar con cordura más o menos consciente otras posibles profesiones… En cambio los de ahora, por lo visto, deben estar dispuestos a dejárselo inocular de antemano, acudiendo para ello a estos “talleres”, otra vez en palabras del experto “casi nada teóricos y muy participativos” (atención a cuáles son, a su vez, los horrores que atemorizan al pedagogo, y aun a lo de casi nada teóricos seguramente le sobrará el casi) y empezar por relatar “las situaciones conflictivas que ya han vivido, que les han contado, o que más temen en clase”. Uno no se explica cómo aún hay quien quiere dedicarse a esto…
¿Los profesores, pues, llegan perdidos a la enseñanza, exactamente? Nada de eso. Llegan sobrecogidos al ambiente de trabajo propio de la actual enseñanza pública, más exactamente al contacto con aquello en lo que el experto se especializó en su día: y razones tendrá para haber podido o debido especializarse “en un tema que entonces apenas si tenía repercusión: la conflictividad escolar”, explica el redactor de la noticia. Vaya. (Ciertamente hoy día ya ha alcanzado una repercusión innegable, hasta el punto de que un experto máximo ha llegado a reconocer que “posiblemente ahora hay más violencia en los centros docentes que hace unas décadas, o al menos así se percibe”: eso declara el experto máximo, en tono dubitativo…).
Cuando el recién llegado descubre que a su papel de monigote debe añadir –contradictoriamente, pero en esto quién se fija- el de autorizado resolvedor de conflictos porque resulta que en las aulas públicas se tolera la amenaza, la agresión y desde luego el boicoteo constante sin que nadie ajeno al propio profesor haga nada consistente por impedirlo, no es que se sienta perdido, es que se asusta, como se asustaría cualquiera que esté en su sano juicio. Pero no de la enseñanza, sino de la perspectiva de lidiar con energúmenos y tiranuelos que campan a sus anchas –ellos sí, perdidos por completo- (des)amparados por la ley educativa. Y entonces, al parecer, resulta que, nuevamente en palabras del experto, “para el profesor es muy liberador darse cuenta de que no es el único que tiene esos problemas a la hora de dar clase”. El muy pánfilo no se había dado cuenta. Suerte que existe la ciencia pedagógica para hacerle caer en ello, elevándose a sí misma una vez más por encima del profesor… ese pobre infradotado.
Por encima de nosotros no trató de elevarse nadie; y gracias eso, a que nos dejaron en paz, en lugar de emplear el tiempo en pensar si nos sentíamos perdidos o no, nos pusimos a ello con sana espontaneidad, y poco a poco, tranquilamente, ayudados por la experiencia (verdadera, rica y varia) de quienes estaban a nuestro alrededor, fuimos ganando experiencia propia. Que es la que verdaderamente vale.
A todo esto, si el lector siente curiosidad por saber en qué gasta su tiempo y su talento el joven profesor que acude a estos “talleres casi nada teóricos y muy participativos”, sepa que, por ejemplo, “en cada sesión, tres profesores escenifican esa experiencia asumiendo un rol determinado, mientras que el resto actúa como lo haría una clase de ESO ante una pelea, una agresión u otra situación”. Tres profesores juegan a pelearse y a insultarse (rol determinado) y los otros juegan a participar en la pelea o a contemplarla saltando enardecidos, por ejemplo (rol sin determinar), lo cual hará aumentar su tolerancia ante la conducta que se da por sentado será la de sus alumnos.
No me digan que no mola.
(continuará…)
4. Sin clases (…)
5. Anarquía y libertades (…)
1. Una conversación con don Gonzalo
Cuando el profesor contempla el entorno de adultos dimitidos donde se mueven sus alumnos y la avalancha de propaganda antieducativa en que les dejan perderse, animándoles a pensar que su opinión y sus caprichos valen lo mismo que el criterio del profesor –tanto monta- se pregunta cómo es que quienes hablan así no advierten la (in)consecuencia: -¿Entonces por qué crees que el profe soy yo, y no tú? ¿Crees que yo a tu edad estaba preparado para hacer lo que ahora hago, que no he tenido que aprenderlo?-, y encuentra inexplicable que tantos supuestos adultos olviden tantas verdades elementales que poco tienen que ver con que cambien los tiempos, pues las necesidades de una persona que está empezando a formarse pueden cambiar, y mucho, en lo accesorio; pero, en lo esencial, o no cambian o cambian bien poco.
Una cosa parece clara: que precisamente ellos deben estar a resguardo de tener que decidir sobre su propia educación. Solo muy gradualmente, paso a paso, deben ir aprendiendo a tomar las riendas de su vida. A los niños y a los adolescentes no se les puede pedir que sean consecuentes, ni que sean justos, ni siquiera que sean sensatos. Ellos no lo son por naturaleza: no saben serlo aún. Los que tienen obligación de serlo son sus padres, sus profesores, sus inspectores, sus gobernantes. A los chicos se les puede pedir que vayan desarrollando una tendencia a ser prudentes, justos y razonables que consiga doblegar la tendencia opuesta, de la que nadie nace exento. Pero es difícil lograrlo si el criterio moral del educando empiezan por viciarlo los mayores, y justamente a costa del prestigio de quien le enseña.
Cuando yo daba clase en el instituto “Gonzalo Torrente Ballester” celebramos un homenaje a nuestro escritor epónimo, que vino y nos dio una gratísima conferencia de escritor y de profesor experimentado. Luego comió con nosotros, y durante la comida yo, que coordinaba La (j)aula, la revista del instituto, le pedí que de sobremesa me respondiera a dos o tres preguntas acerca de la enseñanza. Su generosidad no se contentó con tan poco. Me invitó a visitarle en su casa de Salamanca, a comer con él y con su mujer, Fernanda, y a pasar una de las tardes más placenteras de mi vida hablando de lo divino, lo humano, lo literario, lo gallego, lo americano, lo divertido y humorístico, de ciertas realidades que inspiran melancolía… y de la enseñanza. Una mínima parte de lo que hablamos se publicó en la revista, acompañada del estupendo retrato a tinta que Rubén le había hecho.
- El alumno es insensato por naturaleza, porque para eso está en edad de serlo- me dijo, entre otras cosas, don Gonzalo.- Quienes tienen que aplicar la sensatez para tratar de encaminarle por donde le conviene, y que no se perjudique a sí mismo más de lo inevitable, son los adultos. A los adultos se les debe pedir que velen por ellos, por sacarlos de la insensatez: que les toleren una rabieta, pero no que al final les den la razón o les concedan lo que con la rabieta pedían…
Fue una conversación que influyó no poco en mi forma de tomarme la enseñanza. Por edad y por experiencia, don Gonzalo estaba en situación de reflexionar muy sabiamente sobre nuestro oficio. Por él supe yo que este oficio nuestro no tiene –no tiene por qué tener- compensaciones visibles. No solemos ver al adulto que ha salido de nuestras manos… y que unas veces se acuerda de nosotros y otras veces nos conserva poco o nada en el recuerdo.
- Es ley de vida, que cada cual siga luego su camino. Yo no he solido tener contacto después… Pero sé que he ayudado a que una persona se haga persona. Lo de menos es que sepa o no distinguir el complemento directo, que maldita la falta que le hace a nadie, igual que la raíz cuadrada a casi todo el mundo… lo importante es el tiempo que han pasado contigo –en el caso de nuestra asignatura- ejercitando la mente con los complementos o con las metáforas, distinguiendo lo moral de lo inmoral, educando el gusto… en fin haciéndose personas, que era de lo que hablábamos hace un momento, y que es de lo que se trata. Y ese es el valor de lo que nosotros hacemos, que igual podría estar haciéndolo cualquier otro… pero es una satisfacción saber que lo has hecho tú… Y no hay más: es solo esto. Nuestra compensación es lo de ahora: es el enseñar, en sí mismo.
Aprecié en lo que valía esta lección de modestia, porque no suele uno recibir muchas, de personas que son (o que se creen) importantes.
Hablamos de la reforma que se anunciaba. Don Gonzalo se mostró escéptico. En un momento dado, me hizo una declaración que entonces, careciendo yo aún de ciertos elementos de juicio necesarios, no supe bien en qué sentido interpretar; si bien no había de tardar mucho en poderla interpretar perfectamente (al primer cursillito que me endilgaron). Él había vivido y enseñado en Estados Unidos, era muy sabedor de por dónde iban los tiros de la inminente reforma y debía de prever con claridad qué parirían al final los montes…
- No me fío de los pedagogos- decía don Gonzalo- y explicaba su razón en palabras diáfanas- porque ellos saben –o dicen que saben- enseñar inglés, francés, geografía, matemáticas…: pero inglés, francés, geografía y matemáticas… no saben. Entonces, yo no entiendo cómo es que saben enseñarlo.
A este no saben había yo de darle muchas vueltas en tiempos venideros. En aquel momento me pareció obvio que no podían saber de todo, sino que poseerían un conocimiento más abstracto y amplio sobre el proceso de aprender, aplicable a la enseñanza de nociones relativas a áreas diferentes -¿es que no es eso, la pedagogía?- y que a su vez luego afinarían ese conocimiento investigando sobre la enseñanza específica de las distintas ramas o saberes. Pero poco después, cuando empecé a leer y a oír en qué español explicaban ciertos pedagogos cómo había que enseñar el español –precisamente- aquella frase acudía una y otra vez a mi memoria. A esas alturas ya eran muchas clases y muchos cursos los que un profesor de mi especialidad había recibido en nuestro idioma, a cargo de conocedores y estudiosos profundos… Así que, al igual que mis colegas de asignatura, durante los cursillos pedagógicos, aburrida –perdón, desmotivada- como una ostra, desconectaba de contenidos procedimentales, de estrategias educativas y de banalidades expresadas abstrusamente y pensaba para mí: “Entender no se entiende mucho, pero una cosa al menos sí se percibe bien: estos señores, español no saben. En español español, poquito pueden haber leído cuando solo son capaces de emplear este “discurso” del vocabulario mostrenco y la sintaxis cojitranca que nos está durmiendo a todos, porque es que de puro vacío no se deja siquiera ni acompañar con gestos… Conque esto de la enseñanza es cosa de motivar… Ya veo.
Ricardo Moreno Castillo se pregunta en su Panfleto antipedagógico cómo es que en el momento de emprender la reforma no se consultó a grandes expertos verdaderos –esto es, a profesores de gran experiencia- entre ellos a Gonzalo Torrente Ballester. Es una buena pregunta. Por un lado, recordando esta conversación yo he pensado más de una vez que, de haberles consultado, quizá se hubieran (a)cometido algunos disparates menos de los que por desventura se (a)cometieron; de otro lado, tal vez esta declaración de don Gonzalo contenga la respuesta –siquiera parcial- a por qué, efectivamente, con gran cuidado se evitó que fueran consultados ni él mismo ni otros ilustres expertos verdaderos…
Una de mis preguntas versaba sobre cómo creía él que podía y debía diseñarse una buena programación de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana. Era la cuestión que a mí más me preocupaba. Había que ajustar las cosas. Se trataba de conjugar factores: edad del alumnado, número de cursos y de horas semanales asignables a la materia –que iban a disminuir, con la reforma- importancia jerárquica del conjunto de nociones donde había que elegir… Se imponía desbrozar los programas del BUP, actualizar algunos enfoques, desechar otros que sin duda ya resultaban anticuados, dejar caer los que eran producto de meras modas… Le pedí su opinión. El estudio de la literatura, en el BUP, se abordaba a los quince años, y el programa abarcaba la entera historia de nuestra literatura: ¿le parecía a él que en un curso que ya no tendría cinco horas semanales, sino cuatro –tres, en las comunidades con dos lenguas- podía o debía estudiarse toda la historia de la literatura?
- No sé… Sí, -me decía- posiblemente haya que hacer ajustes, es menester hacerlos cada cierto tiempo. ¿Toda la historia de la literatura? No, no tiene por qué ser necesario estudiarla entera, pero eso sí: habrá que seleccionar a partir de un criterio muy bien fundado, ponderado con esmero… Yo he conocido varias reformas de la enseñanza y he de decir que mi plan favorito es el que yo mismo estudié…. ¿Sabes? El primer año de literatura lo dedicábamos sólo a leer romances. Éramos casi unos niños, realmente, pero terminábamos el curso sabiendo distinguir, a primera vista, entre un romance con calidad literaria y un mal romance de ciego: nos habían ido educando el gusto. Y, de paso, habíamos conocido innumerables aventuras y aprendido un poco de todo sobre nuestra lengua y sobre nuestra historia, porque lo legendario, lo literario todo, tiene siempre una base real, y nunca deja de reflejar acciones y circunstancias y actitudes reales. En cualquier caso, el criterio histórico yo lo encuentro imprescindible, porque la literatura, como todas las artes, es el producto de una evolución, y así conviene aprenderla. Mal puedes explicar ciertos rasgos literarios o, en general, estéticos, sin mostrar de dónde sale cada cosa y qué transformaciones ha sufrido para llegar a un cierto estado, qué rasgos suponen continuidad con lo anterior y cuáles se producen como una reacción o por una necesidad de cambio … también así el conocimiento de esos rasgos arraiga mejor en la memoria.
Poco imaginaba yo durante aquella entrevista que algunos logsistas, entre otros hallazgos de gran mérito, se habían puesto a descubrir la enseñanza de la literatura “marcha atrás” y que poco después me iban a conminar a que pusiera en práctica este gran descubrimiento.
-¿Los métodos?- respondía don Gonzalo- Yo veo que los alumnos entienden mejor las cosas si se va de lo concreto a lo abstracto, de lo particular a lo general… y que el profesor debe atenerse a esta máxima dentro de lo posible… pero con esto no estoy diciendo nada nuevo… fuera de eso, cada maestrillo tiene su librillo, cada cual su manera de hacer y de entender –incluso de improvisar- las enseñanzas, y justamente es importante que su quehacer sea más bien personal, que no se haga rutinario… En la enseñanza no caben grandes inventos… Lo que es imprescindible es ejercitarse…
Recuerdos. A mí la conversación me sirvió de mucho, y durante largo tiempo también a mis alumnos les resultó útil sin ellos saberlo.
Por lo demás, el mundo ha cambiado mucho desde esta conversación, y a mí sí me ha cabido la satisfacción de seguirle la pista a más de un antiguo alumno. Mucho, mucho, ha cambiado el mundo: hace poco supe que en un sitio de la red se hablaba de los profesores de un instituto donde yo estuve dando clase, de mí entre ellos. Había comentarios cariñosos, laudatorios. Lo cierto es que correspondían a una época en la que yo ya no lo estaba pasando muy bien en el oficio… pero en esta profesión, por mal que vayan las cosas, raro es el año en que no te encuentras al menos un grupo capaz de hacerte olvidar cualquier preocupación siquiera por una hora (evidentemente, con esto quiero decir que a mí me ha cabido esa suerte). Me agradaron los comentarios, claro: dan calor, aunque no sepas de quién vienen, y hacen pensar en rostros y en escenas que se presentan envueltos en auténtico afecto, por muy desdibujados que ya estén en la memoria. Acudamos a las apoyaturas visibles y palpables: los romances a coro musicados por un alumno, Miguel Ángel: tengo aquí la partitura; los castillos en una sucinta viñeta descacharrante donde una profe hecha con cuatro rayas se descalabra desde una almena, porque es que en la Edad Media el día a día estaba lleno de peligros, que nosotros vivimos en una era privilegiada, que no os dais cuenta de que vivimos como príncipes, que nada es seguro nunca, pero entonces lo era muchísimo menos…
Un comentario en particular me emocionó como solo lo hace la evocación de la amistad y los afectos intensos. Era escuetísimo. Decía, nada más: “¡Oh, Juanatey, qué recuerdos!”
Eso mismo digo yo: queridos treintañeros desconocidos, almas adolescentes de mi recuerdo, insensatos, latosos, generosos, protestones, caprichosos, comprensivos, revoltosos, alegres, malhumorados, curiosos, inseguros, osados, atolondrados, prudentes, ojalá que la vida os esté tratando como a los quince años os merecíais… Sé que no habéis tirado la Antología de la lírica amorosa… (no la tiréis, aunque haga tiempo que ya no la abrís nunca… Quién sabe cuánta compañía os podrá hacer en algún momento, los libros son pacientes…) Adolescentes eternos de mi memoria, única verdadera eterna juventud que sea dado contemplar en este mundo, ojalá os vaya bien… ¡Oh, qué recuerdos!
(continuará…)
Un título no muy acertado…, pero no se me ocurre otra forma de llamar a este capítulo. Y me importa escribirlo, para hablar en él de cosas que, que yo sepa, nadie se ha preocupado de examinar a fondo, con seriedad y con auténtico conocimiento de causa –es decir desde una posición razonablemente rigurosa- cuando hubiera sido de gran interés el haberlo hecho. A lo mejor soy yo, que estoy mal informada, pero con los ríos de tinta que han corrido estos años a propósito de los profesores, ¿no llama la atención que no exista un estudio amplio y documentado sobre ellos: cómo viven, cómo piensan, cuál es su formación, sus aspiraciones, de qué manera afrontan su profesión, qué consideran ellos que facilita o estorba su trabajo…? Y teniendo en cuenta que en tiempos recientes se han hecho reformas y experimentos sin cuento donde precisamente los profesores eran piezas fundamentales, ¿no podríamos, quizá, considerarlo un descuido por parte de quien declara estar interesado en ayudarles (y, sobre todo, en que los experimentos y reformas hubieran tenido éxito…)? Quizá, quizá podamos.
No está a mi alcance hacer un tal estudio, claro. Pero sí estoy en situación de dar algunas pistas. Ya me parece haber dado más de una en capítulos precedentes, y también me parece que con algún estudio bien fundado que se hubiera sido hecho siguiendo por ejemplo esas pistas, y otras como esas, tal vez se hubiese evitado la demolición pública de la figura del profesor, sin duda una de las causas determinantes de la catástrofe educativa en curso. Evitarlo no podemos afirmar que hubiese sido factible; pero conseguirlo, ¡ay!, de más está decir que resultó factibilísimo.
Que el profesorado es incapaz de motivar a los alumnos, que está deprimido y sobrepasado, que no se preocupa de “estar al día”, que se queja de vicio, que trabaja poco: esos sí son temas muy tratados en este último decenio (¡ah! Y que está desprestigiado: imprescindible para quien desee opinar con peso)…, temas tratados hasta aburrir; más aún: que no solo se tratan en foros de presunta solvencia dedicados a analizar al profesorado y sus problemas, sino sobre los que todo el mundo opina sin parar con rotunda convicción de saberlo todo.
Por mi parte, quisiera hablar del tipo de personas a las que más o menos fundadamente se les achaca todo eso, guiándome por lo que he aprendido mirándolas a ellas desde cerca. No hablar para desahogarme de los fracasos de mis hijos, ni para argumentar contra aquellos que no han podido ni querido aplaudir un sistema que simplemente no vale y que consigue lo contrario de lo que pretendía. Contar lo que yo he visto mirando a los profesores desde cerca: no dictaminar sobre la profesión docente tal como hacen desde las teóricas alturas, o desde fuera, los que mucho han demostrado preferir no acercárseles, no sé si por si acaso, pero que no por eso se recatan en generar opinión acerca de ellos. A mí me importan mis compañeros. La profesión, en cambio, me importa un pito: ella no se levanta por la mañana para ir a salvar lo que puede del naufragio contra viento y marea o, si lo queremos más terrestre, para ir a tirar del carro sin parar de quitar palos de las ruedas.
El caso es que mi título desafortunado lo es, en parte, porque quiero evitar a toda costa expresiones como “psicología del profesor”, dado que yo de psicología no sé absolutamente nada. En esto me diferencio de casi todos mis connacionales, a quienes se ha hecho creer que es natural y oportuno disertar sobre “depresiones de caballo”, mobbings y bullings y anorexias y bulimias e hiperactividades y desmotivaciones y “autoestimas por los suelos” como quien estipula si hace sol o está nublado (vamos, como el que conoce de qué habla); y a los que por otra parte se les ha convencido de que para transmitir conocimientos relativos al castellano y a su literatura mi obligación es dominar esos otros difundidos y difusos conceptos igual o más que los relativos a mi asignatura, porque resulta que trabajar en la enseñanza pública ha pasado a consistir, principalmente, en lidiar con una extraña epidemia de males psicológicos que en un momento dado nos atacó a traición y, según todos los indicios, nos pilló sin vacuna.
Mucho menos querría emplear ‘perfil del docente’ o ‘perfil del enseñante’, sin duda muy finas, pero que son buenas para burócratas huidos de las aulas públicas, y en efecto son las que a estos les sirven a diario para distraer al respetable precisamente respecto a ese punto: respecto al hecho de que están hablando de personas, no de entidades abstractas, y por tanto, para saber lo necesario sobre ellas a fin de ayudarlas a resolver las enormes dificultades a que se enfrentan bastaría con acercárseles un poco en disposición de conocerlas, o sea de escucharlas. La profesión, en cambio, se comprende que es fácil de tratar: ella no habla.
Y una razón más me sugiere emplear el término “carácter”. La de que hay acuerdo general en que nuestro oficio imprime carácter, igual que el de médico, o el de marino. El ser profesor de secundaria requiere a priori –y seguramente determina a posteriori- un tipo de carácter con ciertos rasgos afines. Pero claro, “carácter” es algo que se tiene individualmente, y yo estoy hablando aquí de miles de personas: por eso es malo el título. No importa. Los profesores –diversísimos de temperamento, obviamente- presentan ciertos rasgos más o menos comunes en su modo de ser y de vivir, y aquí intentaremos referirnos a ese “carácter” que resultaría si sumáramos los rasgos compartidos por la notable mayoría: aquellos rasgos, podríamos decir, que parecen estar en la base de una autoselección a la que no podemos sino deducir que los profesores se han sometido a sí mismos, si no creemos en la casualidad de manera desmedida. Algo tiene que ver con la vocación, pero evitaremos asociarlo a esta, por más que abunde en el gremio. Las connotaciones de ‘vocación’ aquí no harían sino estorbar, una vez asumido que en la autoselección hubo mucho más de espontaneidad que de inclinación a la heroicidad y a las grandes empresas.
Recordaré que hablo tan solo, pues otra cosa no puedo hacer, de aquello que conozco: de los profesores de enseñanza secundaria y, más precisamente, de los de mi generación, de los nacidos en un lapso aproximado de quince años y que en el apogeo de su juventud/madurez extrañamente pasaron de ser competentes a ser incompetentes de manera inopinada. No me atrevería a generalizar sobre los profesores más recientemente llegados porque, aunque entre ellos tengo bien buenos amigos, lo que hemos vivido en común no me parece suficiente para hacerme una idea cabal de su modo de ser y de vivir. Por lo demás, aunque en muchos rasgos de carácter yo sigo viéndolos iguales o bastante parecidos, también es verdad que hay aspectos en que ya son bien diferentes.
Para empezar con un ejemplo no nimio, y que ahora viene al caso, el profesor de mi generación piensa en sí mismo como en un profesor que da clase, nunca como en un enseñante que imparte docencia. Cuando oye decir esto último no siente que la cosa va con él, no se siente designado. A él esta adulación cultista le resbala: incluso siente que esas palabras representan directamente al “otro bando”, el ajeno y –en no poca proporción- enemigo. Sabe bien que el prestigio que le ha robado el bando ajeno no se restituye combinando floriloquios, que las cosas nunca se arreglan únicamente con palabras, aunque suenen selectas y ampulosas: a otro perro con el hueso.
En cambio los más jóvenes se lo toman con menos reticencia: no se han pasado tan gran parte de su vida dando clase sin más, así, a pelo.
Y en cuanto a la “muestra” que yo empleo aquí, mis amigos y conocidos profesores son muchísimos y son de todas partes. Después de tantos años y de tantos institutos, el número de compañeros que han sido y son mis amigos es enormemente amplio, y mis contactos con buena parte de ellos no poco frecuentes, aunque ya no vivamos en el mismo sitio. Señalemos al pasar un notable rasgo de carácter: a lo largo de más de treinta años, para contar a los malos compañeros que me han tocado en suerte me sobrarían dedos de las manos; digo malos compañeros en plan serio, no personas con fallos, debilidades y descuidos, que en ese apartado, qué remedio nos queda sino acogernos a la sabiduría de Billy Wilder, que con el célebre “nadie es perfecto”, además de ofrecernos un final memorable para Con faldas y a lo loco, de paso dejó bien claro que ni los profes de secundaria quedábamos excluidos. Y a mis compañeros de tantos sitios se suman muchos otros que, sin que hayamos compartido instituto, integran mi círculo de relaciones desde tiempos inmemoriables, que decía uno jaleando a un cantaor, con acendrado instinto idiomático. Concédaseme pensar, pues, que tengo una cierta base para hacer un esbozo del modo de ser de mis compañeros, interpretando la palabra en el sentido sui generis, ligeramente abusivo, que he tratado de definir en estos párrafos.
De modo general, un profesor de instituto es alguien que no aspira a tener un superdeportivo, a vivir en urbanización de lujo y a practicar deportes minoritarios en selectos clubes donde los camareros le traten religiosamente de usted y le digan “señor” o “señora” todo el rato. Para alcanzar su ideal de vida no necesita pagar miles de euros al mes por mantener amarrado el yate, ni grandes extras para irse de montería con la escopeta nacional, ni disponer de equipo de invierno a la altura de Baqueira. Contempla estas necesidades en otro tipo de personas y las mira con algo más que despego…¿Querría algo de esto si se lo dieran hecho? Puede. ¿Forma parte de su programa de vida y piensa tomarse alguna molestia para conseguirlo? No, categóricamente. Sus hábitos consumistas son muy moderados: en muchísimos casos, harto más cautos que los de las familias de sus alumnos actuales. Desde luego la ostentación de signos de estatus social alto le parece una horterada: entre los profesores es rarísimo encontrar quien exhiba ropa de marca y objetos de valor con logotipo (no digamos ya dispendiosos cortijos imaginarios, turgencias falsas y otros publicitados artículos de moda). Sin embargo, podrían permitirse algún capricho de este tipo, como es notorio que se lo permiten –e incluso andan locos por permitírselo- tantísimos españoles con un sueldo inferior o equivalente. Pero las chucherías caras desde siempre le traen al pairo, y la autenticidad de su aspecto jamás le ha avergonzado ni le ha hecho sentirse incómodo. En eso los profesores han sido y son un estupendo ejemplo para los adolescentes, si bien hoy día, en tanto que modelo, la actitud y el aspecto de un profesor no significan nada en absoluto, pues los –y las- modelos están en otra parte.
Un dato a este respecto. Hace no pocos años que el profesor siente gran desaliento al leer las respuestas de los educandos a un ejercicio que se hace habitualmente en 3º de la ESO. En un folio donde figuran escritas, y ordenadas, ciertas expresiones con las que aprender a organizar un texto, ellos deben rellenar los espacios en blanco con frases propias. Se titula “¿Qué esperas de tu futuro?”, y sobre esta materia deben ellos idear sus frases. Qué hartazgo de leer modelos de coches –con todas sus letras y sus números aprendidos memorísticamente- y de que todo el mundo aspire a tener un gran “vestidor” lleno de “toda la ropa que me gusta”, un chalé con piscina, o un yate, y veranear en el Caribe (no saben dónde está; al profesor le consta porque se lo ha preguntado: bien empleado le está por preguntar, no sabrá bien que eso es meterse en camisa de once varas).
No haré aquí comentarios sobre de dónde creo yo que provienen estos espontáneos deseos que asaltan a tan gran número de chicos y chicas de entre catorce y quince años: a la sagacidad del lector lo dejo. Me bastará decir que estoy segura de que no se los ha inspirado su profesor, el cual más bien lo que hace es gobernar como puede la sensación de desinterés y de distancia que a él le inspiran los deseos y aspiraciones de estos “niños” (Un coche, dos coches, tres coches… ¿y qué corrijo yo en este ejercicio, si ya no añade más; qué hay escrito aquí que sea materia lingüística genuina y espontánea, que contenga los aciertos y desaciertos propios de la edad y el curso de quien lo ha escrito? ¿Y qué vocabulario pobre ni rico va a emplear, si apenas expresa ninguna idea, si se limita a nombrar cosas? ¿Y será así, CX PV 850? ¿O será VP XC 805…? Qué apasionante…Qué entretenida la clase de mañana, cuando intentemos corregirlos y comentarlos… (Es lo que hay… qué le vamos a hacer si suena a tópico… ¿Necesitaré hacer constar que también yo preferiría que fuese de otro modo?)
Sin estar demasiado bien pagado, el profesor actual no vive en la idea de que le paguen poco, no se percibe a sí mismo como lo hará un licenciado mileurista, sintiendo que la vida que lleva no está a la altura de su preparación y de sus necesidades. Se las arregla bien con su sueldo (téngase en cuenta que en su caso se trata de dos, mayoritariamente). Dicho queda que sus hobbies requieren gastos de cuantía más bien módica y que, además, son dados a numerosas aficiones que no les cuestan un duro, al abundar entre ellos el espíritu independiente que gasta buena parte de su tiempo en disfrutar al aire libre con su gente mirando a los bichos, o a las piedras, o a las estrellas, el que se sienta a pasar el rato en cualquier parte en compañía del periódico o de un libro… y si no ese tan modoso, tan poco amigo de dar guerra, capaz de entretenerse una tarde entera él solito en un rincón con un simple papel y un lapicero (y luego, encima, a nada que te empeñes te regala a ti el dibujo… : suntuosa diversión dominical: dibujar gratis)
¿Les gustaría ganar más? Sí, como a todo el mundo. ¿Hablan mucho de eso? No: es decir, bien pocas veces.
En cualquier caso, el profesor no relaciona directamente su tarea cotidiana con la idea de lucro; dicho más gráficamente, se halla en el extremo opuesto a lo que significa trabajar a comisión. Ajeno a trapisondas pecuniarias, jamás figurará en las edificantes tramas corruptas que sus alumnos perciben como práctica social consolidada y como mediático alimento moral de cada día. Fiel pagador de impuestos, vive a resguardo de tentaciones que fuera del redil de las nóminas abonadas por la administración al parecer acechan con perfidia formidable: Hacienda le protege cuidando de que sus cuentas sean transparentes por naturaleza, y ni se le pasa por las mientes asociar su trabajo con aventuras económicas de ningún género, ni lícitas ni ilícitas. Conciencia tranquila, pues, y ausencia de preocupaciones por ese lado: libertad, independencia…: y capacidad de preocuparse por otras razones que por su posible medro personal, que no le inquieta. Cualquier político o empresario de bajo nivel y éxito medianito puede considerar, como en efecto hace y no, por cierto, sin razón –sin su razón- que el profesor es un pardillo, un pardillo que no se afana en lograr “ser alguien”. Es una forma de verlo, y de decirlo, que a lo mejor expresa esto mismo que veníamos tratando de explicar con menor número de palabras y con mayor acierto.
El profesor tiene una pinta más juvenil que en general el resto de la gente adulta. Dicho afectadamente, consistiría en algo indefinible; pero real: no pocas veces adivinan que es profesor a juzgar por su aspecto, en lo cual tal vez intervenga alguna otra manifestación externa como, por ejemplo, el manejar el argot juvenil con naturalidad y con soltura. Este “algo indefinible” encierra escaso misterio: tiene que ver con el no mucho cuidar el atuendo (indumentaria no estudiada, poco selecta: cómoda) con el no gastar gran cosa en peluquería (el mismo corte de pelo durante años; nada de manicuras…): en fin, con que su arreglo personal y hasta su actitud corporal son marcadamente informales. Para entendernos, el profesor tiene pinta o como mucho aspecto, no tiene imagen ni look, su profesión no exige nada de eso. Uno tiende a pensar que acaso se deba al contacto continuo con adolescentes. Posible. Pero quizá también refleje un interior que por sí mismo conserva reminiscencias juveniles, que muestra ante la vida una actitud natural, poco resabiada, seguramente no ajena al hecho de que en su momento eligiera hacerse profesor. Este dato aparentemente fútil tiene su importancia: no es nada improbable que su aspecto contribuya a reportarle una consideración social y un tipo de trato diferente al que recibe el señor con corbata y traje –lo que el profesor considera disfraz, justo a la inversa de quien acostumbra a vestir así- o la señora señora, vestida y embolsada como Dios manda. A él, desde siempre, no solo no le incomoda ser tratado sin excesiva ceremonia sino que incluso lo propicia, como digo, sin asomo de resabio.
Recuerdo que Mariantonia, la geóloga que nos hablaba de los bichos como si fueran de su pandilla pero en cambio gastaba más sorna para diseccionarse a sí misma y a sus congéneres, solía ironizar con lucidez maligna: -¡Qué agradecidos debemos estarle al Ministerio! No solo nos tiene aquí recogidos, dejándonos hacer lo que nos gusta… Porque además –reconozcámoslo- otra cosa tampoco sabríamos hacer… No solo eso, sino que encima nos paga: no me digáis que no es para conmoverse…
Cierto. La nuestra es una actitud ¿cómo decir? ¿continuista? Nuestro aspecto refleja, aparte o además de lo que somos, lo que seguimos siendo…, aquello que expresaba Mariantonia hace ya tanto tiempo. A los profesores de instituto creo yo que siempre nos ha caracterizado una cierta capacidad reflexiva sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno, y que, a cambio de la ambición personal que no nos mueve, llevamos a gala el querer seguir siendo como somos y el mantener la misma relación con lo que nos circunda. No todos tenemos el dardo tan afilado y certero como Mariantonia, pero en los institutos se gasta ironía por un tubo sobre la España de nuevos ricos (peor, ¡ay!, semi-ricos) que hemos ido viendo crecer en los últimos años: sobre sus afanes, sus espejismos y sus a nuestro juicio insustanciales aspiraciones. Así como la cara es el espejo del alma, los críos son el espejo de sus mayores. Desde el aula realmente se ve todo: si uno quiere diseccionar, hay materia abundante. El profesor observa el paisaje social con tremenda, burlona, por momentos sarcástica distancia; o con gran desencanto, como cuando corrige ejercicios sobre el futuro que creen ambicionar sus estudiantes.
De los profesores se habla, están en el escaparate, pese a lo cual nuestra impresión es que en aquello que importa se les conoce poco, que su mentalidad es poco y mal conocida. Con todo, no es un gremio precisamente reservado, ni vive recluido en despachos inaccesibles, cosa que no querría: al contrario. Al profesor le gusta la gente, el intercambio; su desventura actual es que él ya no parece gustarle a nadie, y lo único que nota con claridad es que la famosa sociedad se ha hecho tal lío que no sabe lo que quiere de él y, para acortar camino, se ha convencido de que lo quiere todo: si no hay todo, no hay profe bueno, así que a la sociedad no le gusta el profe. ¿Y cómo vive él esta percepción que tiene la sociedad de su persona y de su figura? Pues… meditando. Meditando en que la pobre sociedad desearía, está deseando, que el profesor le resuelva el problema. Y el deseo es comprensible; lo que pasa es que ahora, precisamente, él es quien menos puede hacer por resolverlo. Le gustaría, pero sólo puede hacer por capearlo.
Aparte de que por inclinación natural no aspira a ser una estrella, el profesor está acostumbrado a verse permanentemente en la picota, a exponerse ante quien puede ridiculizarlo (¡Pero bueno, qué plancha, si llevo el bajo descosido! ¡Adiós, pero si me he echado un manchón de tinta! ¡Hala, otra vez, ya me he vuelto a equivocar de fotocopias, ahora me van a montar un pollo!). A ponerse y quitarse y perder todo el rato las gafas de cerca delante de los chicos, a ser duro de oído y tener que hacerles repetir varias veces lo que ellos nunca vocalizan, a admitir que se ha equivocado al sumar la nota… y a esperar a que escampe. Sabe que ellos descubren desde el primer día el acento gallego, el carácter inseguro, la voz chillona, la dicción precipitada, cierto defecto en la mano, una leve cojera, la tendencia a llevar los calcetines caídos: cualquier cosa. Están ahí para observar, fundamentalmente, sobre todo los primeros días: al segundo ya hay mote. Y saben ser bien crueles, desde luego, pero también saben ser muy indulgentes: su capacidad para tolerar todo tipo de defectos es enorme. La cosa empeora cuando son hijos de adultos desprevenidos a quienes la ley y la propaganda les han llenado la cabeza de fantasías omniexigentes (excepto, claro está, para con ellos mismos y con su prole), pero aun así muchos resisten incluso en esas condiciones… Ello es que en el caso de los que no son inmunes a ella, para neutralizar el efecto de esa boba propaganda sobre sus alumnos el profe ahora necesitaría un número de horas impensable… Así que, a falta del número de horas que le sería necesario, capea, como decimos, durante las que efectivamente tiene (por ejemplo tres clases semanales para ganarle la partida a la propaganda y para enseñarles a hablar, leer y escribir, al nivel propio de su edad, el castellano).
Consciente de que esto es así, el profesor debe intentar disimular su estado de ánimo –como los actores- y a veces es difícil. Se pasa ‘miedo’, sobre todo a principio de curso. Pero el profesor se lo traga. Es el miedo escénico; aunque si se empleara esta expresión referida a él en lugar de a un futbolista, todo el mundo lo consideraría una chorrada: él, el primero. Está hecho a que le imiten, a que esperen maliciosamente a que se equivoque, a que le comparen con el del año pasado… a estar en boca de todos: de quienes le conocen y de quienes no le conocen… Él espera a que escampe. Como no tiene un óptimo concepto de sí mismo, ni ha venido a las aulas a que se lo refuercen, agradece en el alma la buena acogida y la transigencia con sus defectos, pero puede pasarse sin el aplauso: su ego no le pidió hacerse actor, le bastó con ser profe.
Más cosas tiene en común con el actor: trabaja ante un público, empleando la voz y el gesto para atraer la atención de quien escucha…, solo que carece del egocentrismo que le haga estar seguro de merecer por sí mismo que su público le atienda, menos aún que le admire. En realidad es un actor de segunda: un actor sin glamoures, cosa que hoy día, cuando todo su público se pasa la vida contemplando la epifanía de gentes glamourosas verdaderas y falsas, le hace salir de la comparación muy malparado. Él todo esto lo sabe, y con ello se le agrava la timidez escénica; no es raro, pues, que salga a escena con desánimo (y también se lo traga).
Como decíamos, el público suele ser capaz de gran crueldad; no digamos si se trata de público adolescente. Por eso el umbral de soportar rechiflas y rechazos, de acomodarse a repetir las cosas, de soportar el obtener escaso éxito con lo que uno hace, en el profesor es muy elevado por necesidad, mayor que en el actor; y, desde luego, infinitamente superior al del adulto medio. Lo cierto es que yo he visto a actores hechos y derechos parar descompuestos la representación matutina destinada a colegios e institutos exigiendo respeto a voces. Si trabajaran a diario con algunos adolescentes les sería más fácil ver su esfuerzo, su ilusión y su estima propia reducidos a la nada más hiriente sin por eso creer que el mundo tiene que pararse. Y sabrían que hay públicos que no entienden qué es eso de que les exijan nada y, menos aún, respeto…
De la suma de estos factores se desprenderá que desprestigiar al profesor era un empeño realmente fácil. Fue fácil por demás empezar a hacerlo sin tener una sola idea clara sobre en qué debe consistir su valía y, por lo mismo, afirmando su minusvalía con rotundidad tan dañina como irresponsable. Está expuesto a que cualquiera pueda desprestigiarle, acostumbrado a que así sea, y de añadidura no era cosa que le preocupara mucho: no era esperable que reaccionara saliendo a defenderse públicamente con dureza cuando empezó a haber carta blanca para atacarle. Por lo demás, insistamos en que él sabía que propiamente hablando no tenía prestigio (más bien no se cuidaba de si lo tenía) ya antes de que los demás empezaran a hacer de esto materia de tertulia. Eso sí, cuando lo oyó formular en estos términos, ya era consciente de que le habían arrebatado la condición sine qua non para su trabajo, aunque él no la concebía en términos de prestigio. Lo que él acusaba –e incluso para entonces ya tenía digerido a medias- es que le habían despojado de su antigua autoridad que, sin ser excesiva, le bastaba para trabajar en paz y con eficacia aun cuando no estuviera contento de llevar mote. El legislador, que había sido el principal causante, guardaba silencio. La sociedad, esa señora tan lista, se puso a hablar de la cuestión a todas horas (horarios infantiles incluidos, por supuesto) como sabe hacerlo ella: con rotunda inconsciencia y desconocimiento.
Fue un ataque brutal al gremio como tal y, por ende, a todos y cada uno de nosotros. No creo que haya precedentes de un ataque así a un gremio entero… sobre todo considerando que al profesor no se le alcanzaba qué culpa repentina acababa de cometer para merecer semejante acometida. Sin intención de dar ideas, sólo por reflejar de nuevo ciertas meditaciones del profesor: puestos a demoler una profesión en este país, ¿no se podía haber pensado antes en los arquitectos? Cuitados, da él en pensar, con tantas culpas imperdonables repartidas por ahí, imposibles de no ver y de ocultar… Y sin embargo, ya ves: trabajando tan tranquilos sin que nadie les estorbe…, qué arte… En fin, bobadas, ocurrencias que asaltan al profesor cuando medita mientras anda de paseo…
En realidad, cavila el profe considerando el panorama que ofrece a la vista el país, si la señora sociedad quisiera ser consecuente, ¿no llevaría ya tiempo confiando la educación de sus niños al gremio de los banqueros funambulistas o al de los promotores de salvajadas? Porque esos sí que son socialmente autorizados y, sobrándoles prestigio como les sobra, campan pletóricos de la célebre autoestima que al parecer tanta falta hace en los institutos… Si estamos a eso, por Dios, qué mejores condiciones, a ver quién les iba a toser cuando les vieran llegar conduciendo el Mercedazos, la ventanilla bien abierta y el Rolex flameando al viento… A transmitir valores.
El profesor, se me olvidaba decirlo, no es un alma bella. Está callado pero, en silencio, no siente sólo esa honda decepción que tantas veces le oscurece, tenaz, el ánimo; en otras ocasiones le invaden un desprecio y una cólera de primera calidad, de primerísima.
… Y hablando de no ser…
Una cosa no es el profesor de secundaria: audiencia manipulable. Aquí no hay pardillo que valga. Cuando oye que quien se hace cargo del Ministerio de Educación empieza con cositas de botellas medio llenas y de que la enseñanza en nuestro país está estupendamente, al punto pierde el respeto. Con la que está cayendo, pierde el respeto. Se calla, porque no tiene voz pública ni la busca –dicho queda que lo suyo no es la notoriedad- pero, mientras vuelve a lo suyo, él prosigue con su monólogo: “No hay seriedad. Marchando otra más de positivismo. Esta vez tampoco hay coraje; hale, a seguir tó lo mal que queremoh…”
Y otra cosa tampoco es el profesor: un papagayo. Aclararlo no está de más, porque nuestros dirigentes –y la distraída sociedad detrás de ellos- parecen creerlo así. Durante el largo debate sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía, políticos de todos los partidos han hablado y hablan como si fueran ellos los que la van a explicar. Como si lo que ellos exigen (aquí todo cristo exige mucho, pero claro, luego no está a diario en el aula) como si lo que ellos exigen –digo- que se dé o que no se dé, se fuese a dar tal cual ellos exigen. Pero el profesor, ¡ay!, sin falsa modestia, sabe pensar por su cuenta desde hace mucho tiempo, y hasta sabe lo que quiere o no quiere decir en clase; y es él, únicamente, quien va allí y lo dice: no, por cierto, los señores diputados ni ningún consejero, bueno o malo. El de la asignatura de Educación para la Ciudadanía es un caso extremo –y reciente, por eso lo traemos a colación- dado lo específico de su contenido (el idioma, como queda sin especificar, puede fijarlo el consejero si le asaltan inquietudes plurilingües, buenas o malas ).
Pero hay muchas otras asignaturas con las cuales se educa y se orienta, sin falsa modestia, en la dirección que el profesor estima conveniente: ni más ni menos. Lo cual se ha hecho, por lo demás, siempre que se ha podido, aunque últimamente ya se pueda poco. La elección de los textos para comentar y el comentario mismo son competencia exclusiva del profesor, y sólo él la ejerce: es él quien selecciona los ejemplos que emplea en clase, y los textos literarios, históricos, periodísticos, científicos, donde se suscitan y se tratan todo tipo de cuestiones relativas a aspectos fundamentales en la formación de la persona como ciudadano y como individuo. Es él quien educa y quien instruye –incluso sólo con estar- y por cierto lo hace con un sentido ético y una conciencia cívica que en cambio están ausentes en prácticamente todas las demás instancias que se ocupan de imbuir ideas y pautas de conducta en los muy jóvenes, con el beneplácito –o sin oposición visible- del resto de los mayores. También en esto medita: en la tranquilidad moral que proporciona el deber tratar con los chicos desde la posición de quien no necesita los votos de sus padres, ni que le dejen tranquilo cuando quiere ver el fútbol, ni hacerles aspirar a futuros Caribes y vestidores.
La clase política parece ‘estar convencida’ –tal como suelen decir ellos con desgastada táctica persuasoria- de que legisla sobre educación (entre ejemplificantes broncas y acusaciones) para piezas inertes de una máquina. No señores. Cuando el político habla, empezando con un “estoy convencido” que de inmediato delata la raíz y el propósito del discurso subsiguiente, el profesor, ajeno a tácticas persuasivas que se sabe de memoria –y que, por cierto, según la ley debe enseñar a identificar también a sus alumnos, como así hace- prosigue con su monólogo: “¿Pero estos qué creerán que manejan?... ¿Papagayos?”
El profesor es independiente de criterio. Muchísimo. Pocos sectores sociales habrá que lo sean tanto. A los institutos llegan cotidianamente uno o más periódicos, y él mismo es asiduo comprador de diarios, y tiene tiempo para leerlos: en muchas asignaturas, son parte importantísima del material con que trabaja, así que dedica a ello no solo el tiempo libre, sino también un tiempo que le pagan. Rodeado como está de personas preparadas en muy diversas áreas del saber (¿sucede esto en muchos centros de trabajo?), a diario comenta y oye comentar toda clase de asuntos por gente próxima a él, que relajadamente se explica sin más objeto que ese, el de aclarar lo que le preguntan –no le mueve otro interés, no empieza con un “estoy convencido”- y que por añadidura conoce a fondo –no de oídas y por encima- el tema de que está hablando: es el profesor de Química, o el de Historia, no el cliente del bar ni el vecino de al lado. La mente del profesor no se alimenta solo de información volátil, truncada y amputada y desvirtuada en aras del “dinamismo que necesita el público en estos tiempos modernos”, triturada como papilla para entrar y salir por orejas perezosas. “Vivimos tan de prisa…, la gente no tiene tiempo…” Ya. Pues el profesor no vive muy de prisa, no tiene esa costumbre. Él dispone de tiempo: del libre y del pagado. Por supuesto que no vive de solo tele, y, respecto al conocimiento y la información, precisamente es de lo menos perezoso y contentadizo, si se compara con ‘la sociedad’ en general (esa sabelotodo que de todo habla, cuando luego, como es natural, en el mejor de los casos sabe de una o de un par de cosas).
Partidario inconmovible de la justicia social y de la escuela laica y pública, que es como decir de la igualdad de oportunidades, nada le hubiera satisfecho más que haber visto instituida de una vez por todas en este país, y gozando de buena salud, esa enseñanza anticlasista que para él fue no un desiderátum cualquiera entre otros muchos, sino un objetivo realmente cardinal en su vida, que formaba parte de su credo vital y de su ocupación cotidiana: en esto sí que fue ambicioso. Por este motivo, más que por ningún otro, empezó a rechazar la reforma desde muy temprano, aun cuando también le impulsara a ello su malestar personal, desde luego innegable. (No estuvo mal, por ejemplo, el malestar de quien para colmo en un principio había sido favorable a la reforma, como la profe que esto escribe; no estuvo mal mirarse en aquel espejo que la reforma le presentó nada más arrancar, y tener que reconocerse como una auténtica pazguata. Empezar por tragar saliva y prepararse para tragar… de todo lo que se contará más adelante.)
En cualquier caso, por si hace falta decirlo, su malestar “personal” era a la vez causa y consecuencia directa del peligro que vio en una ley que claramente venía a dar al traste con aquella vieja aspiración de la propia izquierda y a fomentar otras enseñanzas más clasistas y menos independientes.
Esto hubiera debido saberlo –o no haber querido ignorarlo- cierto partido político que se tomó sus críticas a la Logse, cuando aún estábamos muy a tiempo de evitar el estropicio, como si fueran ataques ‘políticos’ en el mal sentido de la palabra, calificándolos de ataques derechistas, incluso franquistas, decían (¿Mande?) Qué lástima, qué gran lástima.
Fue un error político descomunal, de dimensión histórica. Se hablará de él, y mucho… Precisamente ahí los supuestos atacantes derechistas comprendimos que era político el error y política la intención de sostenerlo y no enmendarlo; político –este sí- en el mal sentido de la palabra: el de la política entendida como estrategia publicitaria de especialistas en ti, que nunca oirás de nosotros lo que a ti no te gusta que te digamos. Y sabiendo cuánto interés había de mostrar previsiblemente la derecha por robustecer o por mejorar cualquier sistema de enseñanza laica y pública, ahí fue cuando el profesor percibió con amarga certidumbre que se había quedado solo.
Ahí empezó a meditar sobre el desastre que se avecinaba, sobre quién iba ser el más perjudicado y sobre cómo a él, que en la clase era el único consciente, de momento le iba a tocar la peor parte. Pues, por otro lado, a esas alturas en el aula ya le habían ganado por la mano; y, fuera de ella, ya le habían comido el terreno que él no intentó disputar a nadie. En el aula, cualquier mequetrefe pretendía tener tanta razón o más que él (respaldado por democráticos Consejos Escolares que según se comprobó sabían de educación la intemerata); fuera de ella, cualquier indocumentado que manejara un poquillo de insulsa pedagoparla tenía vara alta en los medios para hablar de lo mal que el profesor lo hacía… y los medios, ya se sabe, siempre sirven para fines. ¿Para qué fines, en este caso? Pues para fines ajenos, y aun contrarios, a las aspiraciones del profesor.
El que pasa el día en las aulas no es un ser desinteresado de su tarea, ni le mueven ni le han movido en contra de ella intereses de otra clase. Bien al contrario: se trata de personas que aplican a su quehacer un más que notable sentido ético: innato, inducido, mantenido y reforzado por todas las circunstancias de la vida y el oficio que han elegido. A lo mejor su mentalidad resultaba difícil de comprender desde perspectivas visiblemente ajenas a la suya y, por otro lado, más dominantes en todos los sentidos.
Pasó, pues, a ser un incompetente oficial, como ya declaraban hasta las señoras ociosas mientras compartían desayuno hablando indistinta y conjuntamente de profesores que no saben motivar y de bolsos de última moda. Él siguió dando clase. Y lo único que a partir de ahí le protegió del hundimiento personal y le consintió seguir yendo cada día al instituto provisto sólo de su minada fortaleza física y anímica fue su carácter, precisamente: su sentido más o menos consciente del compromiso y su saludable falta de pretensiones. En ello continúa.
ADENDA:
UNO. Ciertos psicólogos clínicos, y abogados especialistas, saben bien que demasiados profesores han estado y están viviendo en un clima de trabajo asimilable al acoso laboral, con el consentimiento social y político y, de añadidura, cargando con las culpas de que así sea. Los casos extremos, los que han derivado en devastación personal porque pillaron al interesado en situación de debilidad por la razón que fuese, los han tratado profesionalmente y conocen bien el estrago que ha supuesto a veces también para su familia en casos en que el profesor hubiera podido perfectamente hacer suya aquella declaración que en el terreno de la violencia machista causó tanto escándalo en su momento: “en el instituto me maltratan lo normal”. Sin embargo, a diferencia del caso del machismo, en esto nadie decidió que se había hecho imprescindible cambiar de raíz las leyes o crearlas de nueva planta. ¿Por qué? Psss…A ver si no dan ganas de exigir una respuesta.
Y DOS. ¿Y no ha habido profesores de mi generación que han estado a favor de la Logse antes, durante y después del desastre? Sí los ha habido, y más adelante narraré cómo se vivió esta diversidad de puntos de vista en los institutos. También ellos apechugaron con lo que había… solo que de mejor humor, para su gran suerte; excepto, en fin… algunos: hubo un sector que se ocupó muy mucho de no apechugar con nada y lo consiguió, también para suerte suya (y desgracia de los restantes).
Y yo que creo que estos últimos tenían poco carácter de profesor, precisamente…
(continuará…)
3. Expertos (…)
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V. DEPARTAMENTO DE DIAGNÓSTICO
Estoy delante de una clínica esperando a un familiar, sentada frente a la puerta. El momento no es fácil, y mi expresión seguramente lo refleja. Hay un único carril para circular: naturalmente, no está permitido detener el coche ahí, porque la entrada y el paso quedan obstruidos para cualquier otro vehículo, notoriamente para las ambulancias. Por ese único carril llega conduciendo una señora, planta el coche justo a la entrada y se baja de él con un papel en la mano. Salgo un poco de mi ensimismamiento y me fijo en ella. Tiene unos cuarenta años, tiene un coche grandote –un cortijo imaginario de los de Antonio Elorza-, labios seudoturgentes, minifalda felina y un bolso disparatado, monstruoso –también tamaño cortijo- de marca o de imitación, da igual (¿o me equivoco yo, y no da exactamente lo mismo?).
No sé por qué se me ocurre que esta señora muy probablemente tiene un hijo en un instituto, que acaso podría estar en cierto 2º de Bachillerato. Nada más bajarse, tira el cigarrillo al suelo y descuidadamente lo pisa un poco (a metro y medio de ella, a ambos lados de la puerta, hay dos grandes ceniceros). Se la ve contenta. Me mira un momento -ya que estoy- en calidad de solución a su ligero problema y, a continuación, ahora casi sin mirarme, se encamina dinámica al interior de la clínica dejando el coche allí tal cual mientras con gran desenvoltura me encasqueta una orden:
- Si viene alguien, di que salgo enseguida ¿vale?
Esta señora está facultada para hablar pestes de los profesores todo el santo día: si no lo hace será porque no le apetece. También está facultada para ir y echarle una buena bronca al tutor, o al director, porque el instituto es un escándalo, y los alumnos hacen lo que quieren. Su imaginario hijo, a su vez, está facultado para suspender todas las asignaturas sin por ello dejar de estar sacándose el carné de conducir -o a lo mejor ni eso- para cogerle a ella el coche o sea cortijillo cuando le dé la gana. A las tres de la mañana de un sábado puede ir hasta el culo (simpática expresión que menudea los lunes) por la misma carretera por donde circulan todos los demás. Pero si en el instituto comete una imprudencia y de ahí resulta un accidente ligeramente más grave que un rasguño, la culpa de lo que le suceda la tendrán los profesores.
Por otro lado, a la mamá y a su marido -vamos a imaginarlo a él también- nuestras instituciones (educativas) los consideran incapaces de seguir con un poco de atención los estudios del muchacho, de preguntarle qué ha aprendido esta semana, o si ha faltado a clase más que alguna escapadilla..., de hacerle ver que están al tanto del asunto, que prestan interés, que engañarles no está chupao ni mucho menos. Y, en todo caso, si alguna vez les ha engañado, ya le han hecho saber que engañarles está mal, y que mejor será que no vuelva a repetirse.
No. Según nuestras instituciones (¡educativas!), ellos son incapaces de relacionarse con su hijo de este modo, del único modo normal de relacionarse con un hijo cuando este inspira a los padres un natural interés. Parecería chocante, ¿no? Pues no: en este bendito país de nuevos ricos habituados a exigir no parece que nadie, salvo Rafael Sánchez Ferlosio, perciba que tiende más a la indecencia que a otra cosa el dar por sentado que los padres, en general, son incapaces de enterarse por sí mismos de si su hijo falta a clase. Si yo fuera ese padre me daría por ofendido: tiene razón don Rafael, y mira que hace tiempo que lo dijo...
Sin embargo, qué va: bien lejos de ofenderse, buen número de padres exigen que se les juzgue incapaces al respecto. Y, en consecuencia, para que ellos no solo no se ofendan de verse pésimamente conceptuados sino que, antes bien, puedan tranquilamente ser padres con el máximo de comodidad y dejadez -y sentirse satisfechos de que su hijo asimile un tal concepto de educación- para eso, digo, están el profesor, el tutor, la jefatura de estudios y la dirección del instituto que entre todos les pagamos a todos los alumnos y a todos los padres y madres sin distinción: para rellenar partes y partes de faltas, pasarlos luego a ordenador y enviar centenares de cartas a sus domicilios cada quincena o cada mes.
Venga kilos y kilos de papel al año: el chico se ha saltado montones de clases exactamente tal día a tal hora y a tal otra y a tal otra: no basta con que los profesores digan que ha faltado mucho, no. Hay que justificarlo y probarlo y consignarlo con exactitud, no sea que el instituto abrigue la perversa intención de acusarle en falso… Es el espíritu de la ley (¡naturalmente, un gran éxito de público!) Los padres no tienen por qué fiarse del profesor, que en modo alguno está ahí para que nadie se fíe de él, sino para… pues para motivar a los niños y aprobarles cuanto más mejor..., para rellenar partes de faltas..., cosas de esas.
Yo me vuelvo a quedar ensimismada, preguntándome qué les hubiera parecido todo esto a los grandes educadores de la historia..., y recordando a otra madre de minifalda felina que he visto en otra parte, quizá en un instituto, quizá en una cafetería que me abstengo de frecuentar para ahorrarme la posibilidad de coincidir con la minifalda –bueno, con la portadora- y sus amigas conversando a un volumen que hace imposible no oír cuánto cuánto, pero cuánto saben ellas sobre las causas del estado actual de la enseñanza.
A meditar. ¿Y si no fuera ocioso del todo, tal como parece, reflejar en un libro lo que en su vida diaria le pasa por la cabeza al profesor? En tiempos la profesora meditabunda ya escribió alguna cosita contando algo de lo que había podido enseñar en su asignatura: pensó que podía ser útil. Ahora se trataría de lo contrario, de contar cómo y por qué, desde hace unos cuantos años, apenas puede ejercer sus enseñanzas. Tal vez el explicarlo pudiera servir de algo a alguno; y si no sirve…, pues bueno..., ¿en el terreno personal, qué tiene que ganar ni que perder quien eligió ser sólo profe?
Un libro… Pudiera ser. Para contarlo.
Porque es que en definitiva, si quiere como si no, el profesor también piensa. Si fuese experto, o padre o madre o tertuliano, o público en general, podría perfectamente opinar sobre las causas de nuestros males educativos, y hasta diagnosticar, e incluso aventurarse a prescribir algún remedio. Sólo hay un inconveniente: que sabe desde hace mucho que nadie le va a escuchar.
Pero en su cabeza hay un rincón, una especie de cuartito pequeño con la puerta siempre abierta, donde entran sin parar datos y datos a instalarse amontonados por allí donde les da la gana, con permiso o sin él. De buen grado el propietario del cuartito cerraría la puerta casi todo el tiempo, o de una vez por todas. No puede: no hay manera. Y tampoco es capaz de vaciarlo, qué engorro de cuartito, hay que dejarlo estar por imposible.
La de dolores de cabeza que le han dado los habitantes del cuartito; pero ahora el profe ya es realmente veterano. Últimamente, en efecto, los deja allí a su aire amontonarse como quieran, y que residan en él. Ya ni le enfadan, ya no los aborrece. Cada vez que sin querer pasa al lado del cuartito y lo ve abierto, mira burlón hacia dentro y empuja un poco la puerta, una media culadita, una pequeña patada perfectamente ineficaz, un leve desahogo. “¿Qué hacéis ahí, so inútiles? Qué bobos me parecéis..., cuánto mejor no estaríais en la cabeza de un experto. Hasta luego, cocodrilos”, les saluda ya de lejos, pensando en otras cosas.
Con tonta mordacidad, al rincón de los datos cocodrilos lo llama “departamento de diagnóstico”.
Y en esas está él cuando un día, delante de una clínica, se encuentra esa puerta abierta, como siempre, y esta vez no pasa de largo sin más. Un libro. Venga, que no se diga que no ha habido manera de que sirvan para algo. Así como están. Cojamos por separado uno a uno cada vez y compongamos, con los datos y con las meditaciones que suscitan, un apartado de libro hecho de cuadros costumbristas que en conjunto reflejen en qué entorno trabaja el profesor hoy día. Podría abarcar una docena de capitulillos o una docena de docenas, según queramos. En fin, haremos lo posible por no abrumar al lector, que es de justicia: el lector, en tanto que lector, no tiene culpa de nada.
No todos los episodios los ha protagonizado quien redacta: sólo la gran mayoría de ellos. Pero para simplificar –y de paso para no dar precisiones excesivas sobre dónde y en qué momento ha sucedido cada uno- los contaremos alternando la primera persona y la tercera, así, arbitrariamente. Lo que no haremos es contar ni una sola mentira. Mentiritas ya hemos tenido suficientes, acerca de la enseñanza.
Misterio: ¿cómo es que ahora abundan tanto los padres que no se acuerdan de cuando solo eran hijos? Nunca han tenido catorce años, nunca fueron contando a casa que el profesor es malo y les tiene manía, que hoy no tienen deberes, ni mañana, ni al otro, que las asignaturas son dificilísimas, que en realidad han sacado un dos por pura injusticia, por casualidad, por mala suerte. Con lo bien que se lo sabían todo, pero justo ese día… ¡Ay , ay! Qué tonto y qué injusto es el profesor, que les pone la nota “por ese día sólo”.
-Pero ustedes habrán visto su cuaderno...
-Es que él me ha dicho que de momento no tiene deberes.
“De momento” es finales de diciembre.
-¿Cómo no va a tener deberes a su edad? ¿Pues cuándo, entonces? Habrán visto en la hoja que lleva a casa al empezar el curso que el trabajo diario en el cuaderno supone la tercera parte de la nota, y que él casi no tiene nada hecho.
-Es que esa hoja a él no se la han dado.
-La tiene pegada en la primera página. La tienen todos, porque la hemos pegado en clase (monólogo interior: si se la hubiese mandado pegar en casa, no estaría; por eso, de la clase de castellano, invertimos un cuarto de hora pegando cositas, porque la mayoría aún no han acabado, porque aún les tienen que pasar el pegamento: lo traen cuatro y los demás lo pegan con su derecho inapelable a usar el pegamento ajeno).
-(…)
-¿Y no les extraña que en el cuaderno no haya prácticamente nada escrito, ni en casa ni en la clase? Así es imposible que aprenda ni que apruebe... llevamos una evaluación entera y debería haber hecho unas treinta páginas de cuaderno, más los ejercicios del libro.
-Lo del libro sí que lo tiene.
-Sí… pero lo hizo su primo Jorge el año pasado, que estaba en clase conmigo.
-No le voy a comprar otro libro, si a mi sobrino ya no le hace falta. Mi hijo me ha dicho que no importa que los ejercicios estén hechos.
Parece estar esperando a que yo le levante la voz, ¿creerá que me apetece, o que lo tengo por costumbre?; para animarme, la va subiendo ella.
-Y... no sé, es que hacer tanto caso de lo que diga él..., a lo mejor..., ¿no les habrá dicho también que a los quince años se puede empezar a escribir con minúscula, y las palabras mal separadas, y que en lugar de escribir se puede uno dedicar a no dejar en paz a todo cuanto alcanza a la redonda sin que valga reprenderle, más que para perder el tiempo discutiendo con él, porque no calla?
- Es que él es muy inquieto, no puede remediarlo. Pero él en el colegio escribía estupendamente.
-¿ ?
¡Cuántas veces el profesor pensó grabar estas conversaciones, en la idea de que alguien más debería oírlas! Sin esperar respuesta, se pregunta a sí mismo qué traen instalado de casa estas paternas pensantes cabecitas…¿Creerán que lo que yo quiero es no dar mi brazo a torcer… que estoy interesada en discutir y acalorarme? ¿Vienen aquí a que nos plantemos mutuamente cuatro frescas? ¿A ver quién tiene la razón, o sea a ver quién le echa más descaro? ¿Piensan que estamos en un show televisivo? ¿Creerán que aquí damos clase a su hijo belenes estébanez y campanarios? Para mí que aquí alguno anda perdido, pero que yo no soy...
¿Cómo es que ahora hay tal número de papás dispuestos a creerse lo que nadie se cree más que ellos, y a venir a reñirle al profesor para que el chico no se disguste y no sea víctima de atroces injusticias? Qué falta hace que llegue a haber violencia física para darse cuenta de que han venido a agredir y a intimidarme. Estamos a puntito de que salga lo de que no sé motivar...
Mientras se desahogan, meditando.
El profesor tiene la firme convicción de que en esto consiste el así llamado fracaso escolar en la gran mayoría de los casos. En que el chico no haga prácticamente nada por sí mismo, para sí mismo, y en que luego, para justificarlo a él y a quien no se preocupa de que lo haga, haya siempre respuesta para todo... ¿Y, llegados aquí, piensa él, ¿qué puedo hacer yo por ellos cuando ya el chico ha cumplido los catorce, aparte de esperar a que terminen de desahogarse, me den por imposible y se vayan donde el psicólogo a reclamar consuelo y después a casita, a ponerme verde? Como dijo Juan Marsé, hasta luego, corazones…
¿Es la escuela la que lleva mucho tiempo fracasando? ¿A un tal fracaso le conviene este adjetivo? Nuestro muchacho –lo sabe el profesor- es candidato aventajadísimo a abandonar el instituto a los dieciséis, a los diecisiete, incluso a los dieciocho años (¡tiene derecho, oiga!) como analfabeto funcional y como mano de obra no cualificada. Se le contabilizará como fracaso solamente si se marcha sin el título, pero da igual: el profesor ya ha conocido a muchos como él, y sabe que, en efecto, más de uno –este mismo, ¿por qué no?- se irá con título y todo; pero, en un caso o en otro, habrá sido un gran fracaso. Ahora bien, ¿’escolar’?..., ¿seguro?, ¿y qué tal ‘fracaso cívico’, ‘fracaso legislativo’, ‘fracaso político’...?, ¿qué tal todo esto sumado?, se pregunta en su fuero interno con un sentimiento de frustración sordo e impotente. ¿De qué sirve aguantar a diario a la criatura, literalmente inaguantable? Preguntas, sentimientos que no le importan a nadie, porque él no es legislador ni experto.
Bueno, sí: su vecina le comprende. La vecina tiene un hijo profesor en un colegio religioso, y está al tanto de que ahora algunos chicos realmente se pasan de malcriados. El año pasado, uno llegó a montar tamaña bronca que hasta le gritó al hijo profesor unas palabrotas, pero unas palabrotas… Este año ya no está: lo han expulsado, claro... Claro.
El profesor escucha atento el relato, y juega a adivinar dónde estudia este año el muchacho de conducta intolerable, y con cuántos más como él ha coincidido en el aula, y en practicar ciertas pautas de comportamiento que la enseñanza “seria” y bien pagada no tolera. Realmente ahora abundan demasiado los padres malcriadores y los hijos malcriados: así no hay quien enseñe. Esto no puede ser, hay que poner remedio, concluyen los responsables en colegios privados o privadísimos; y proceden sin cortapisas a aplicar el adecuado tratamiento. Y de paso nos ahorran el tener que cavilar: nos dan servido el diagnóstico.
La profesora madurita va por el pasillo, se dirige a su clase. Con ella se cruza un profesor jovencito, superenrollao con los alumnos, no como otros compañeros jóvenes que no saben lo que se pescan y se escandalizan de algunas cosas, igual que los veteranos. La aborda ya desde lejos, sonrisa beatífica, la voz bien alta, clarísima, natural:
- ¡Menudos angelitos, ¿eh?, tienes ahí en tu tutoría!
- Pues sí, los de este año realmente es que no dan golpe…
- No, si no te lo digo por eso; lo digo porque estoy de guardia y he entrado a echar un vistazo en los aseos y he pillado a fulanito, y ¿a que no sabes lo que me ha dicho?, me ha dicho: “¿a qué vienes? ¿a que te la chupe?” Desde luego… (balanceando melifluo la cabeza) ¡Menudos angelitos!
La profesora veterana, que se educó con las monjitas, jamás creyó que acabaría escribiendo esto. Pero piensa que si en los institutos se dice, y se jalea, también podremos oírlo los mayores. Y además, no quiere parecer tan antigua, ya le han dicho suficientes veces lo obsoleta que está: por eso ahora disimula. Disimula y diagnostica. Para sus adentros, claro; en alto no, que no es experta.
(Si las cosas continúan como están, este profe jovencito hará carrera.)
(continuará...)
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“Válete por ti…”, se repite interiormente en este momento el profesor que en este caso es profesora. Con esas palabras despide su madre a Lázaro de Tormes teniendo él poco más de ocho años: … yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo: “Hijo, ya sé que no te veré más; procura de ser bueno, y Dios te guíe; criado te he y con buen amo te he puesto, valete por ti.”
“Criado te he”, le dice a su hijo aún niño una mujer que está sola en la vida y que tiene otro hijo más pequeño por criar. Despide, pues, al mayor -¿qué hacer?- para que emprenda y afronte como pueda su propia vida, y de antemano renuncia a volverle a ver… La lectura no deja dudas acerca de por qué una sociedad donde una mujer por sí sola no puede aspirar siquiera a alimentar a sus hijos es una sociedad profundamente injusta, y de que en absoluto se trata de que la injusticia la alcance solo a ella, no: la injusticia es injusticia, punto. Y alcanza a quien le toque: para eso es injusticia, y no otra cosa…
En la clase de literatura, la lectura de los clásicos hará brotar más ocasiones de tratar la raíz y el significado profundo y verdadero de la palabra ‘injusticia’, pero esta ocasión es crucial, y se adapta muy bien a una mente de catorce o quince años. Hubo un tiempo en que por razones que entenderá quien lo lea de adulto (o bien de joven con ayuda de un profesor), la Iglesia prohibió la difusión del Lazarillo y su lectura: el libro era, y sigue siendo, dinamita. Ahora ya no lo prohíbe la autoridad eclesiástica: ahora lo desprecia otra omnímoda autoridad peliaguda de combatir..., la que tiene la fama de ser más atrevida.
Si una narración no le ha fallado jamás al profesor, esa es la de las andanzas de Lazarillo. Demasiado verídica, demasiado potente, demasiado genial. No hay reportero intrépido capaz de reproducir con tanta verdad lo que viven los niños de las calles de Sao Paulo, ni hay autor de sedicente literatura juvenil que tan imperiosamente anime a conocer y a afrontar ciertas realidades de la vida y del mundo tal como son, es decir, educativamente. A hacerse cargo de cuántas cosas se nos han concedido gratis por el hecho de haber nacido en un tiempo y en un lugar, mientras que a otros esas mismas cosas, por la misma razón –el azar, inexorablemente injusto- les han sido negadas de nacimiento: qué difícil parece que las lleguen a alcanzar y, si algún día lo logran –por ejemplo dejando a sus padres en una aldea de África para viajar en patera y, si sobreviven, siendo explotados inhumanamente- a costa de qué esfuerzos habrá sido. ¡Qué no darían millones de Lazarillos contemporáneos por sufrir diariamente el tormento de asistir a nuestra escuela!
Pero nunca se sabe. Hasta los textos con que el profesor cree estar seguro de que le esperan unos días de relativa atención, de interés garantizado en la lectura, la explicación y el comentario… pueden quedar descalificados antes de empezar a leer, e incluso antes de que a él le haya dado tiempo a generar expectación en la clase leyendo en primer lugar, y a quemarropa, ese tremendo pasaje de la despedida, para a continuación empezar a averiguar qué destino le espera a este niño, inocente de momento, que abandona su casa para buscarse la vida acompañando a un ciego...
Resulta que este año en el grupo hay un padre profesional cualificado, vaya por Dios, un poseedor de autoridad y de prestigio. Así que, al día siguiente de haber pedido que quien tenga el Lazarillo en casa que lo traiga, que vamos a empezar a leerlo para todos, el muchacho se presenta con su Lazarillo, sí, pero sin dejar de advertir a la clase y al profesor que su padre considera esta lectura una antigualla, y se pregunta cómo aún seguimos explicando lo mismo que se explicaba en aquel tiempo remoto cuando él estudiaba el Bachillerato. Qué cansancio.
El profesor, poco a poco, ha aprendido a tener reflejos. No pierde el tiempo en responder a la provocación involuntaria, aunque como con un grupito tan poco numeroso es imposible fingir que no hemos oído todos a la perfección, se queda momentáneamente callado, disimulando que está molesto, por un par de segundos... durante los cuales cada estudiante digiere individualmente otra pequeña ración de descrédito de la persona del profesor (¡anticuado, carroza!), de la materia que explicamos (¡qué ladrillo!), en fin, de nuestro trabajo diario (¡menudo aburrimiento!), hasta del más placentero y valioso. Pequeña ración más que esta vez les ha llegado, mira por dónde, de las instancias cultas y sapientes: así medita el profesor poniendo cara de bobo, y tratando de recordar dónde ha leído aquello de que mucho peor que un ignorante suele ser un semiculto.
Lástima.
Porque, una vez más, los recursos de que dispone el profesor -ese que según los expertos ha de aprender estrategias- adquiridos sin más con la experiencia cotidiana, han quedado desvirtuados por las buenas, sin objeto ninguno, en aras de la mera petulancia y la irreflexión. Qué cansancio, qué grandísimo cansancio. Al principio, cuando en la clase los hijos empezaron a reproducir la indiscreción paterna, el profe sentía alarma. Ahora ya está curado de espantos, sólo que inevitablemente todo esto le sigue cansando y distrayendo, royendo sin parar lo que aún pueda quedarle de entusiasmo.
Al papá profesional cualificado se le va a quedar el prestigio algo maltrecho dentro de breves instantes, pues su hijo no es tonto, el profesor tampoco, y nuestro anónimo autor –huelga decirlo- es una de esas pruebas irrefutables de que el arte tiene poco que ver con el progreso. Virgilio sigue siendo hoy Virgilio, un poeta superior a casi todos los que hace menos tiempo que nacieron, y las Meninas sigue siendo un milagro superior a millones de cuadros que se han pintado más tarde. Más tarde no es igual a mayor mérito; más antiguo no significa de menor interés educativo en ningún caso… ¿Sabe esto el papá? Misterio: el profesor no le conoce ni tendrá nunca el gusto de conocerle.
Como dijo el general, no hay mal que por bien no venga (anda que...), y a veces se cumple el dicho. En situaciones así el profesor, al menos, tiene ocasión de sentir que está actuando con auténtica superioridad moral, que tácitamente está ejerciendo una recta influencia sobre sus alumnos (sí, él: el profesor, precisamente). Si el progenitor atolondradillo estuviese ahora aquí, tal vez se hiciera cuenta de que, para modelo de su hijo, a lo mejor haría bien en adoptar el que en este momento aplica el profe pasado de moda: callarse y esperar, tener paciencia, ser prudente. Primero porque, aunque al papá tal vez le parezca raro, los papás muchas veces se equivocan y hasta los hay que a veces sueltan verdaderas melonadas; y segundo porque si tiene razón, con paciencia se acaba conduciendo las cosas a su lugar debido. Que es lo que va a pasar en la clase a continuación, ya que el grupito no es de los muy revoltosos, en general les gusta que les lean… y el Lazarillo nunca falla.
No hay mal que por bien no venga… No es verdad, qué va: pero a veces se cumple. Porque el niño que roba vino malo para colocarse –no hay pegamento a su alcance- y que debe llevar el timón de su propia vida, cambiar de amos, aprender solito a engañar, a remediar el hambre, a protegerse, a encajar palizas brutales y prevenir nuevos golpes, a robar, a desconfiar, a ser cruel, a guardar el rencor sin rabietas en espera de la venganza, tiene una fuerza incontestable a ojos de un adolescente, y sus venturas y desventuras, una virtud aleccionadora realmente insuperable… ¿Dónde se puede aprender más sobre cuán importante es educarse en la escuela, y no en la calle, sobre dónde reside la injusticia de verdad, con su cortejo de lacras inseparable?
Sigamos a lo nuestro, los insipientes...
…Y así también, dentro de muy poco, ese mismo adolescente lector de textos anticuados verá al niño Lázaro remediar piadosamente el hambre del presuntuoso a sabiendas de que este último, con tal de de mantener su presunción, vive resignado a ser un muerto de hambre que acepta saciarla con la limosna del propio criado-niño, pero en cambio no acepta dejar de tratarle presuntuosamente… Lecciones contra la tentación de ser presuntuoso... Las mejores… Están dadas inmejorablemente desde hace mucho tiempo, no importa cuánto; y, de añadidura, expresadas con rotunda excelencia literaria. En fin, a lo mejor podemos desdeñar todo esto, nosotros que vivimos en tiempos tan modernos… y que para aprender a vivir ya no necesitamos esta clase de lecciones….
Por otro lado –reflexiona el profesor, distraído y un poco ajeno a las risotadas que provoca la venganza de Lazarillo contra el ciego- efectivamente en algunos institutos, por ejemplo en este mismo, todo está un tanto antiguo y escasean los medios. A diario, y en el aula, hay poco más que un libro por cabeza que debe traer cada alumno -o un montoncito de ellos que ha de traer y llevar el profe- la pizarra, la tiza y el borrador… No es muy moderno.
El papá estará al tanto de que algunos cursos estudian metidos en barracones desde hace años… Y sabrá a qué instancias habría que acudir para afearle su labor a quien debe responder de eso… Sabrá que para remediar esas carencias sería eficaz su ayuda y la de otros padres a quienes él podría animar… Claro que más confortable es -ronronea el profesor- hacer comentarios frívolos circunscritos a la crítica de lo que pasa en la clase… Hala, no te distraigas y sigue explicando el Lazarillo, que para que lo interpretan bien y no se queden sin aprovechar el valor inmenso de este relato singular eres necesario tú: para esto no les sirve la Internet, y del papi ya ni hablamos… Venga, válete por ti, que aquí estás solo; no hay ayuda que valga: ya te darías por contento con que no fuese al contrario...
Y, con todo, el profesor tiene cada vez más dudas sobre si no sería un buen experimento dejarse decir alguna vez en voz audible lo que está pensando. Así como así, despreocupadamente… Es fácil… Pero cómo es posible, es que hace falta ser melones. ¿Pero por qué a la juventud más privilegiada de la historia, a la que vive en el área más opulenta del planeta, pedagogos y padres se empeñan en darle razones para que se perciba a sí misma como víctima de constantes perjuicios? Víctima de exigencias y suspensos inmerecidos, víctima de profesores anticuados que no saben divertir al que viene aquí a aprender, víctima de no poder oír en todo momento lo que al niño le place y le lisonjea, víctima, víctima, víctima, de un mundo injusto y adverso… ¿Qué es esto, es estupidez?, ¿es ignorancia?, ¿es querer dar un plus de “cariño”, de complicidad buen rollo gratuita y rápida, a cambio de la atención reflexiva y adulta que no pueden o no saben concederles? A estos jóvenes mejor que bien alimentados para los cuales la salud y la higiene son como el aire que respiran, y que reciben caprichos y cachivaches como quien bebe el agua que otros no tienen ni para beber, no Coca-Cola, no: agua, agua. Víctimas, estos jóvenes, verdaderas víctimas... ¿O es no haber reflexionado nunca en que no tiene perdón de Dios amargarles la vida así a quienes han venido a nacer y a ser criados en el mejor de los mundos existentes ni que hayan existido, acostumbrándoles a sentir que nada tienen de sobra, que todo lo que tienen les es debido y que aún se les adeuda la diversión en la escuela, que aún les falta? A ver quién nos lo explica. ¿Lo sabrá explicar el padre?
Bueh, exactamente fácil, no; porque si esto lo hiciera el profesor en lugar del padre, ahí mismo se armaba la marimorena, vamos a comparar: veríamos la ofensa, ahí veríamos el drama; vería el profe si le tocaba pedir perdón, y cumplir la penitencia.
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Don Cuervo descansaba sobre un árbol
con un queso en el pico
y pasando don Zorro por debajo,
como el olor le atrajo,
alzando la cabeza, así le dijo:
- ¡Buen día, señor Cuervo,
qué magnífico os veo;
sinceramente creo
que si vuestro gorjeo
fuera tan bello como vuestras plumas,
entre todas las aves
seríais más excelente que ninguna!
Don Cuervo reventaba de contento,
y con el pensamiento
de demostrar cuán bello era su canto
abrió su pico tanto
que el queso fue a caer al pie del zorro.
Sin tardar un instante
arrebata la pieza el muy tunante,
y, mientras va escapando, así le advierte:
-Don Cuervo, no os quejéis de vuestra suerte:
¿no sabíais que los aduladores
viven a costa de quien les escucha?
Ya veis que nuestra astucia siempre es mucha...
Si gracias a mi ardid aprendéis eso,
¡bien me he ganado yo este rico queso!
Don Cuervo, avergonzado
de ver que el zorro así le había burlado,
juró allí mismo –aunque ya un poco tarde-
que nunca más habrían de burlarle.
¿A qué viene esto? Bueno, pues se trata de un diagnóstico muy antiguo, aunque el profesor considera que en estos tiempos, y en ciertos países, tiene no igual sino quizá mucha más validez que antes. Esta es una versión al castellano de aquella que escribió en verso La Fontaine. El profesor se entretiene a veces traduciendo estos textos en lenguaje un poco más actualizado que el de Samaniego, el cual tradujo estas fábulas del francés para educar y entretener a sus alumnos; es que él no sabía motivar, por eso se limitaba a educar entreteniendo hasta donde podía. La idea era buena, aunque él no se vanagloriaba de haber inventado nada porque era consciente de que el procedimiento llevaba siglos inventadísimo.
El profe tampoco pretende haber inventado nada nuevo. Él los traduce y los lleva a clase porque, al igual que Samaniego, los encuentra altamente educativos. Por la misma razón, a la vez que para observar los contrastes entre ambas, acostumbra a leer la versión en prosa que incluyó don Juan Manuel en El conde Lucanor.
(Entre nosotros, profes de Lengua Castellana: contiene adverbios de unos cuantos tipos, si lo queréis usar para un repaso; el profesor que en este caso es profesora así lo solía hacer...)
Las nuevas tecnologías han ampliado las posibilidades de aprender hasta límites insospechados para cualquiera hasta hace unos pocos años. Al profesor le brindan oportunidades sin límite de enseñar y de aprender, porque de pronto tiene a su disposición en casa y en el instituto los centenares de bibliotecas y los millones de depósitos de conocimientos que ni el mismo Borges pudo alcanzar a reunir imaginariamente juntos (¡si es que también está Google Earth, y hasta las recetas de cocina!). Los institutos en general siguen poco dotados, pero tampoco hay tanta prisa, a no ser que nos apremie la demagogia. En todo caso, ahora el profesor tiene en su casa, y en el trabajo, el aleph multiplicado: formidable de imaginar hasta para el no Nobel insigne.
De manera asombrosa, hay quien cree que los adolescentes, sin alguien que les forme y les instruya, sin un aprendizaje que se desarrolle en un clima de calma y en etapas sucesivas que les permitan madurar hasta hacerse capaces de discernir y de aprender por sí mismos, ya saben más que el propio profesor: porque en la red está “todo”. Pues claro que está todo. Precisamente.
De manera asombrosa afirman esto personas que creen saber en qué consiste la educación, y de manera asombrosa lo afirman delante de los propios educandos provocándoles un error de percepción de lo más dañino, sin percatarse de que en la red falta, justamente, lo principal. Al profesor, en cambio, no se le olvida que así es, porque todos los días tiene ocasión de recordarlo.
Y porque hace tantos, pero tantos años que suele leer en clase un cuentecillo popular andaluz que recogió por escrito el relamido de don Juan Valera. Perdón por la antigualla: y sirva en mi descargo que aunque don Juan Valera se murió hace ya bastante tiempo, no es culpa mía ni que se muriera ni que se muriera precisamente entonces (¿culpa de algún otro profesor, quizá?). El cuentecillo es este:
LAS GAFAS
Como se acercaba el día de San Isidro, multitud de gente rústica había acudido a Madrid desde las pequeñas poblaciones y aldeas de ambas Castillas, y aun de provincias lejanas.
Llenos de curiosidad circulaban los forasteros por calles y plazas e invadían las tiendas y los almacenes para enterarse de todo, contemplarlo y admirarlo.
Uno de estos rústicos entró por acaso en la tienda de un óptico en el punto de hallarse una señora anciana que quería comprar unas gafas. Tenía muchas docenas extendidas sobre el mostrador; se las iba poniendo sucesivamente, miraba luego en un periódico, y decía:
- Con éstas no leo.
Siete u ocho veces repitió la operación, hasta que al cabo, después de ponerse otras gafas, miró en el periódico, y dijo muy contenta:
- Con éstas leo perfectamente.
Luego las pagó y se las llevó.
Al ver el rústico lo que había hecho la señora, quiso imitarla, y empezó a ponerse gafas y a mirar en el mismo periódico; pero siempre decía:
- Con éstas no leo.
Así se pasó más de media hora; el rústico ensayó tres o cuatro docenas de gafas, y como no lograra leer con ninguna, las desechaba todas, repitiendo siempre:
- No leo con éstas.
El tendero entonces le dijo:
- Pero ¿usted sabe leer?
- Pues si yo supiera leer, ¿para qué había de mercar las gafas?
- ¿Profe, mañana hay huelga?
- Vamos a ver, las huelgas no las hay, las hace alguien. ¿Tú quieres preguntarme si mañana yo voy a hacer huelga? A eso sí te puedo responder. No: porque yo no soy una estudiante. Yo hago huelga, o no, según vea, cuando estamos convocados a hacerla los profesores. Solía hacerlas. He hecho unas cuantas, sí; uhhh, si yo te contara... Pero mañana quienes estáis convocados a hacer huelga sois vosotros.
- ¿Entonces qué hacemos? ¿Hay huelga o no?
- Pues como eres menor de edad, tendrás que hablarlo con tus padres. También tendréis reuniones con los otros cursos ¿no? Tenéis un delegado... Infórmate: os habrá llegado algún escrito con la convocatoria. Léelo... Y está la radio, la tele y los periódicos… déjate aconsejar, o mandar, y luego decides (qué monada de discursito tan correctito te está quedando, quién te ha visto y quién te ve...).
- ¿Pero tú qué dices?
- Yo, sobre estas cosas, hace mucho tiempo que no digo nada. Así estamos todos más tranquilos y no nos complicamos la vida con lo que luego dicen que habéis dicho en casa que yo he dicho en clase, etc., etc., etc..
- (…)
- Pero una cosa vamos a hacer. Ya que estamos con el hay y con el dicen, vamos a repasar las oraciones impersonales.
- ¡Haaala, sintaaaxis!
- A ver, escribimos: Llueve; Es de noche; Hace calor; Hay violencia; Dicen que es verdad; Se percibe que hay violencia. ¿Qué tienen todas de parecido? Que no tienen sujeto, ¿verdad? Que no se atribuye a nadie lo que expresa el verbo, por eso si nos preguntamos quién llueve, quién es, quién hace, quien hay, quién dice, quién percibe… no podemos responder. Vale. Pues cuando os encontréis con oraciones de estas, ya sabéis que el que habla no sabe o no puede deciros quién es el sujeto o, a lo mejor, aunque sabe y puede decirlo, prefiere ocultarlo y disimular. Fijaos bien: Hay huelga significa una cosa que me dan hecha y de la que nadie es responsable; Hago huelga significa que soy responsable yo, que soy el sujeto. ¿A que hay mucha diferencia?
Saber distinguir estas dos cosas es practiquísimo, porque muchas veces con oír un dicen o un se dice, inmediatamente sabemos que no hay que hacer ni caso. En cosas que importan, es fundamental poder identificar al sujeto, poder responder a esa pregunta: ¿Quién lo dice? ¿Quién hace?
¿Hacemos una prueba? Dicen que con que estudies dos días antes del examen, puedes aprobar las matemáticas. Esta frase, por ejemplo, ¿sería fiable si llevara como sujeto Mi profesor de matemáticas? ¿Y con dicen –sin sujeto- o con un sujeto como mis amigas, es igual de fiable? Nooo. Vale. O sea que si yo me fío de Mi amiga dice que con que estudie unos días..., Dicen que con que estudie unos días..., etc. , allá yo, si decido fiarme de lo que no debo.
Y ahora vamos con eso otro que habéis dicho hace un momento: ¡Haaala, sintaaaxis!. ¿Por qué lo habéis dicho? Es un enunciado muy incompleto, una simple exclamación, una frase meramente expresiva; expresa fastidio, rechazo, antipatía, pero no comunica ideas precisas, así que puede interpretarse en más de un sentido... ¿Vosotros qué queríais decir con eso?
- Que es un rollo.
- Que no me gusta.
- Que es muy difícil.
- Que no sirve para nada…
Así sí. Esto ya son oraciones, con su sujeto (la sintaxis) y su predicado que lleva un verbo concordando con ese sujeto (por eso aquí sí podemos responder, no como antes). Estas oraciones ya transmiten ideas claras, aun cuando puedan ser erróneas. Es más, ya que hoy estoy así, parlanchina, os diré que el “¡Haaala, sintaaaxis!, aunque fuese una opinión, y acertada, como vosotros creéis, estaría fuera de lugar. Las opiniones, si no queremos dar mala impresión, solo debemos expresarlas cuando se nos piden, no adelantarnos a hacerlo y, menos aún, con maneras despectivas. Ya sé que a vosotros os parece lo normal, pero no lo es, y las personas educadas, las que suelen causar buena impresión, procuran evitarlo. ¿Que por qué? Pues..., sencillamente, pensad si os gustaría que os lo hicieran a vosotros... Yo lo digo porque ahora que nos vamos conociendo y tenemos más confianza, a lo mejor preferís causarme una impresión buena...
Bien, pues yo creo que el aprender algo de sintaxis -por ejemplo lo que acabamos de explicar sobre las oraciones impersonales- no es difícil; y a cambio puede resultar útil para cualquiera. Si yo fuera vosotros lo estudiaría. En cambio, de cuánta sintaxis debéis estudiar, en vez de emplear el esfuerzo en otras cosas, ya no estoy tan segura. Y, sobre todo, no sé a qué edad deberíais empezar a emprender cada paso. Estoy segura de que de la gramática no sabéis ni lo elemental: tan seguros como lo estáis vosotros. Pero no sé si esto se debe a que os la enseñamos a destiempo o a que no la habéis estudiado nunca, como no habéis estudiado las demás materias…
A mí me encanta, la sintaxis: las matemáticas de la gramática. Tiene una regularidad y una exactitud que no hay en ninguna otra parte de nuestra asignatura y, a la vez, está llena de unos intríngulis que son verdaderos pasatiempos de palabras. Disfrutaba explicándola, cuando explicarla servía para algo. Y, aunque siempre he creído que está mal programada, los alumnos que la estudiaban, pese a todo, la asimilaban aceptablemente, y nos entreteníamos con lo distinto que resulta ser ese pelma de vecino o ser vecino de ese pelma... La sintaxis...
En fin yo, que llevo treinta años enseñando gramática, tengo algunas cosas pasablemente claras; otras, más bien dudosas; y de otras no sé ni qué pensar.
Sin embargo, dicen por ahí: a) que debéis estudiarla entera empezando desde pequeños y no parar hasta que acabéis el Bachillerato; b) que no debéis estudiarla en absoluto porque se trata de una cosa muy antigua, y que los defensores de a) lo que pretenden es prolongar la enseñanza franquista; y c) que debéis estudiarla algo, pero así por encima nada más, sin memorizar lo que explicamos: solo lo justo para que nos entretengamos en hacer unos cuantos ejercicios, perdón, actividades... Eso dicen, pero claro, a mí y a vosotros con esto no nos arreglan nada, porque los que estamos aquí somos vosotros y yo. Vosotros, que no sabéis gramática por un montón de razones diferentes, y yo, que no sé con gran certeza a qué atenerme porque no puedo sistematizar esas razones...
... A ver. Yo creo que opino que sería importante para vuestra formación estudiar unas cuantas nociones de sintaxis, todo lo que nos dé tiempo a aprender, que sé que va a ser poco. Y vosotros opináis que es un rollo, que no os gusta, que es muy difícil y que no sirve para nada. En parte lo comprendo, porque las oraciones impersonales os las encontráis en los libros y en los programas desde una edad que seguramente no es la adecuada para entender lo que hay detrás, y llegáis a los quince sin saber cuáles son pero aborreciéndolas a bulto, desde lejos…: a bulto y desde lejos es una posición estupenda para aborrecer lo que se te ponga, incluso es la más perfecta...
Aunque, bah, sin coba y con franqueza, en todo caso vuestra opinión aquí no valdría para nada, por demasiado inexperta... Hubo una vez en este país un gramático extraordinario, una mente clarísima que le dedicó buena parte de su vida tan solo a eso: a la gramática. Se llamaba Emilio Alarcos. Yo leí cómo decía una vez, en una entrevista, que la sintaxis no debía empezar a estudiarse antes de los catorce años... A mi entender tenía razón... Nadie le hizo ni caso...
... Bueno, pues, según yo, los que ven el franquismo en la sintaxis son gente con criterios la mar de modernos y democráticas pero que andan un tanto despistados al confundir la gramática con un general ísimo ísimo que tuvimos aquí en la prehistoria... ¿Qué? No, no fue Tejero, fue otro mucho más general, y mucho más peligroso.
- ¿Por qué más peligroso?
- Básicamente, porque fue más victorioso. Y también más ... pantanoso.
- Todo en oso.
- Todo en oso.
- Ya sé, ya sé, ¿a que era Franco?
- Ese mismo. No habrá habido apellido que describiera peor al apellidado. Pero volviendo a la sintaxis sólo un par de minutitos: los que dicen que debéis estudiarla toda –ciertas autoridades programadoras que, si es por mí, pueden considerarse modernísimas, ellas sabrán mejor- creo que programan demasiada, que la gradúan muy mal, en fin que en realidad siguen programando por inercia, y, sobre todo..., creo que no quieren enterarse de cómo estáis vosotros. ¿A que no? Porque en vuestro programa de este año -aunque casi la mitad no haréis el Bachillerato- figuran hasta las últimas oraciones subordinadas: y resulta que no sabéis distinguir sujeto y predicado si no es en Juan pasea, porque si nos metemos, simplemente, en Pasea Juan, ya tropezamos...
Pero que yo sepa la moderna ciencia no ha llevado a cabo ningún experimento fiable encaminado a determinar qué parte de la gramática conviene enseñaros a cada edad, y cómo debemos graduar el aprendizaje de aquello que en la gramática os sería de provecho (esto en condiciones “normales” de presión y temperatura, es decir, si se pudiera contar con que vosotros ibais a estar dispuestos a estudiar lo que os explicamos). Pero dado que la ciencia está pensando en otras cosas –en vuestro derecho a la educación, así, en gordo- y dado que ni las condiciones son normales ni la moderna ciencia ni las autoridades en plural piensan ayudarnos emprendiendo el estudio fiable que necesitaríamos, pues yo, aquí, si no es molestia, según pueda y si vosotros os dejáis, a lo mejor puedo haceros ver un poquito qué hay de útil e interesante en unos cuantos aspectos de la sintaxis...
- Zzzzzzz... Grrrrr...
- ¡Eh! ¿Eso... ha sido un ronquido?
- Es que sólo quedo yo despierto, Luisa...
- Ya, ya veo, es que se me ha ido la olla hablando y se ve que he tenido una alucinación y he creído que me escuchabais... Perdona, hijo, es que a veces me siento muy sola, ya sabes... lo habrás oído... qué lástima estamos hechos los profesores... Haz el favor de despertármelos.
- Vale. ¡Eh! Que se ha acabado la clase, que dice que os despertéis!
- ¿Qué? ¿Qué pasa?
- Nada, nada... Que digo que ya me voy, que os vaya bien hasta el jueves, ya me diréis qué tal la huelga...
...Y, en fin, recapitulando: que este año, aquí, hay sintaxis.
(continuará...)